EL NARRADOR (4)

Portada El narrador, marzo 2020, imagen de Iván Tamás en Pixabay
Imagen de Iván Tamás en Pixabay

 

Nicanore pasó por el hogar de Valior y Doria y les pidió que socorriesen cuanto antes a Remedes, a quien él había herido con un puñal de hombre. Apenas restablecido, Remedes prendió fuego a La dulce Doria, también a su cabaña, y caminó hacia el interior, hacia Las Ciénagas y Los Desiertos. Bordeó el cauce del río de Los Valles del Oeste y una mañana, mientras bebía en un remanso de la corriente, vio su rostro reflejado en las aguas, observó las cicatrices en las mejillas, aquellos estigmas que lo marcarían para siempre, y gritó hasta quedar sin voz. Cuando se hubo apagado el eco de su ira, pensó en regresar a la aldea costera para acabar de algún modo con la estirpe de Nicanore. Entonces apareció un hombre ante él. El joven mascaba una raíz como un rumiante y babeaba por las comisuras de los labios, pero no se parecía a Filipo. El hombre, de cabellos albinos, alto y poco musculoso, miraba de forma incierta; las pupilas no ocupaban el centro de sus ojos claros, casi incoloros. Dijo llamarse Almudio. Vivía en Las Ciénagas y no había conocido a los padres. En su pueblo contaban que unas mujeres, al retirarse las aguas que inundaron Las Ciénagas tras una estación en la que diluvió sin cesar, hallaron entre los despojos embarrados una criatura como nacida del lodo. “Era yo”, concluyó Almudio, y en su boca afloró una mueca que acaso delataba una sonrisa. Remedes observó que aquel hombre de cuello alargado y mirada desconcertante sólo conservaba en las encías algunos incisivos torcidos y amarillentos. “¿Qué llevas en esa bolsa?”, le preguntó con la voz aún quebrada. Almudio bajó la vista hasta la talega, sin alzar el saco, y al fin respondió: “Alacranes”. “¿Vivos?”, le preguntó de nuevo Remedes con una súbita intención reflejada en el rostro. “Viven, sí”, contestó Almudio, afirmó también con el gesto, y prosiguió hablando para decir: “Los hechiceros y las brujas necesitan el veneno para curar males, pero los escorpiones tienen que estar vivos. En otro caso no me pagan por ellos. Y es más difícil conservarlos con vida que cazarlos en Los Desiertos. A mí, de pequeño, me picó uno, y hoy vivo de ese veneno que no me mató”. “¿Cuánto pides por ellos?”, le preguntó otra vez Remedes, ya planeados para entonces los pormenores de la venganza. “¿Cuánto estás dispuesto a dar?”, se interesó ahora Almudio mientras el hijo de Valior el pescador desandaba con el pensamiento las leguas que lo separaban de la costa y oía lamentarse a las viejas porque una plaga de alacranes había extinguido con su ponzoña la estirpe de Nicanore el artesano. El hijo de Doria la dulce le mostró a Almudio los doblones que ocupaban el lugar de los testículos perdidos, y enseguida capturó la voluntad del albino bisojo y desdentado de las muecas por sonrisas. De regreso en la aldea pesquera, a Remedes no le parecieron bastantes los escorpiones que asperjó por las cabañas de Nicanore y de los hijos, cuantos Almudio había cazado, mientras los habitantes del pueblo dormían el sueño de una noche estrellada. No emprendió la huida que le reclamaba Almudio hasta que escuchó el quejido de Petria, un quejido que hoy, cuando arrugas y cicatrices se confunden en su piel, le resuena en la cabeza con mayor intensidad que entonces, con una fuerza que lo ensordece y le obliga a taparse los oídos con las manos, como hago yo ahora. Remedes siguió los pasos presurosos de Almudio y con él se encaminó hacia los fértiles campos de Los Valles del Oeste, donde la iniquidad de ambos multiplicaría sin duda los doblones que Remedes guardaba junto a los restos del escroto y los doblones que a Almudio todavía le cabían en la mano. El perrillo que me acompaña se ha quedado dormido entre mis pies. A veces lo acaricio, y en ocasiones le pido que se aleje de mí. Sopla el viento gélido, el viento que traerá la nieve, esa nieve que me desorientará aún más. Sí, muchas madrugadas peligra la continuidad de este peregrinaje mío; mis ganas de vivir, alimentadas por un deseo único, son menores que el peso de mis años, a diferencia de lo que le sucedía a Arquín el sabio, envidioso de la inmortalidad de Tobías y Melina los eternos. Hay infinidad de cosas que no entiendo, cada vez entiendo menos cosas en realidad: Remedes comenzó a odiar en un hogar pacífico y luego el amor, tras perder el odio en medio de la violencia, cambió la naturaleza de sus pasos; Raimon, por el contrario, halló odio en el corazón cuando su espíritu rebosaba amor.

PUEDE LEERSE GRATUITAMENTE LA NOVELA A TRAVÉS DEL SIGUIENTE ENLACE: YUMPU, CASA EOLO, HUESCA.

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