EL NARRADOR (6)

Y LA NOVELA COMPLETA DESPUÉS DEL FRAGMENTO (desde el 19 de mayo de 2020)

Portada El narrador, marzo 2020, imagen de Iván Tamás en Pixabay
Imagen de Iván Tamás en Pixabay

 

Muy pronto comprobó Sara que el benjamín de Arturo no le había mentido: el padre era poderoso en verdad, tan poderoso que su poder no se notaba al manifestarse. Algunas noches se despertaba la doncella en medio de la pesadilla donde aún era perseguida por Rex. Gemía en sueños y por eso, al despertar, siempre hallaba a Arturo ante su lecho dispuesto a tranquilizarla con la presencia y la voz. Crecieron los cabellos de Sara, su belleza morena resplandeció bajo los soles de Los Valles del Oeste, y Arturo creyó que era amor de padre adoptivo lo que sentía por ella al contemplar gráciles movimientos, al escuchar cantos juveniles. Arturo le buscaba pretendientes, y Sara los rechazaba; tampoco ella lo amaba sólo con un amor de hija adoptiva. La doncella, muchas noches, fingía las pesadillas que ya no padecía para que Arturo se acercase al lecho y la abrazase para calmarla. Los hijos de Arturo veían rejuvenecer al padre, se miraban unos a otros y sonreían al saber que la madre ya no estaba triste bajo la tierra y disfrutaba al fin del nacimiento en el mundo de Los Dioses. El apuesto Pol fue engendrado la primera noche que Arturo tomó a Sara. La doncella, esa noche, le recordó al noble caudillo que no era hija suya con un beso apasionado, y así liberó de su mente a la esposa muerta. Fue así como Sara concibió un hijo para el amor y no para el odio. Arturo recontaba los años vividos y se lamentaba de su edad ante la juventud de Sara. “Sólo puedo ofrecerte mi amor de viejo”, le decía, y ella le respondía: “Amo tu vejez”. Sara le anunció una mañana: “Tu vejez ha germinado en mi vientre, serás padre de nuevo”. Y así fue como Arturo se desprendió de la vejez y reconoció a Sara por esposa. Las celebraciones del enlace se prolongaron durante varios días y varias noches; los hijos de Arturo y los habitantes de Los Valles del Oeste se unieron para rendir culto a un hombre poderoso en la bondad. Muchos y muchas vieron llorar a Arturo ante las muestras de afecto que recibió, pero nadie lo vio llorar mientras aguardaba el regreso de los hijos sentado en el poyo de su cabaña con la mirada fija en las rutas del norte. La mujer de Los Bosques del Este fue asistida en el parto por las cuatro esposas de los hijos de Arturo, que en Pol vieron al hijo que ellas nunca tuvieron y como a un hijo lo quisieron siempre: en las frecuentes visitas al hogar del suegro, de Sara, acomodaban en los regazos, con ternura de madres auténticas, a aquella criatura que las hechizaba con las sonrisas y con la luz de la mirada, no menos negros los ojos del infante que el pelo ondulado. Arturo, en ocasiones, tomaba al hijo por nieto, de modo que lo amaba doblemente, al igual que doblemente amaba a Sara, hija a veces, buena esposa siempre. Ignoro por qué la vida está sembrada de trampas, por qué es tan complicada en su sencillez. Ya me han echado de muchos hogares, sí, y yo le pido a este perrillo, mientras nos empapa la lluvia o el frío nos hiela los huesos, que se aleje de mí. Como no se marcha, lo acaricio, y en la caricia halla el pobre animal menos ternura que futuras calamidades, pues con el gesto niego las palabras de advertencia que le dedico. Duerme el infeliz, ya lo ven. A veces gime en sueños, y entonces yo lo despierto, como hace él conmigo cuando también sufro dormido: el perrillo me lame con su áspera lengua, y yo simplemente le toco el lomo con el cayado. Creció Pol, el hijo de Arturo el poderoso y el hijo de los hijos de Arturo, y se convirtió en un veloz jinete que cabalgaba sobre los alazanes que criaba como si hombre y animal formasen un cuerpo único al recorrer las praderas de Los Valles. Los pastores y los campesinos alzaban el brazo para corresponder al saludo del muchacho, y luego permanecían pensativos un instante con la vista posada en el joven que ya se perdía en la distancia; el jinete les recordaba a alguien olvidado en algún rincón de la memoria. Una tarde, Pol atravesó al galope el poblado del anciano que, con el rostro salpicado por el lodo al paso del alazán, confundió la época y exclamó: “Ciertamente, Telesforo hace honor al sobrenombre”. Y en la memoria de todos resucitó entonces el impetuoso progenitor de Bel. Y, entonces, los padres temieron por sus hijos. Los jóvenes de Los Valles del Oeste corroboraron el temor de sus mayores cuando, agrupados y armados, fueron en busca de Pol y le hablaron de este modo: “Los Bárbaros del Norte tienen un Dios único, un Dios al que además humanizan y, por tanto, humillan”. Pol reflexionó un instante tras escuchar la propuesta de que fuese él quien encabezase el ejército que corregiría el error de las gentes de los hielos. Después habló para decir: “Ningún hombre, ninguna mujer, ninguna criatura puede humillar a ningún Dios. Y creo también que ese Dios de Los Bárbaros del Norte debe de ser un buen Dios si, como me aseguráis, comparte las risas y los llantos de quienes lo adoran. Haríamos bien adoptándolo y colocándolo a la misma altura que nuestros Dioses”. Los jóvenes de Los Valles regresaron a sus casas y acusaron de blasfemo al indigno hijo de Arturo el poderoso. Los padres, por el contrario, alabaron la cordura de Pol, idéntica a la de los hermanos, y alabaron igualmente al progenitor, capaz de engendrar un heredero de su doctrina pacifista en el tramo final de la existencia, cuando muchos hombres sólo viven ya para lamentar los achaques que anuncian la vejez. Pol saludó a la muchacha, sin aminorar el trote del alazán, y entonces Bel volvió el rostro hacia el jinete que pasaba. El quinto y último hijo de Arturo el poderoso, deslumbrado por los resplandores de los ojos verdes y de los cabellos dorados de la doncella, salió despedido por los aires al detener bruscamente el caballo. Las flores que Bel había recogido en las orillas de la senda del barranco de los suicidas cayeron al suelo cuando la muchacha se llevó las manos a la boca para acallar un grito. Raimon, desde la espesura, exclamó: “¡Maldición!”, y contempló cómo Bel se acercaba a socorrer al padre redivivo, a Telesforo el impetuoso, de regreso en el mundo visible con la antigua apostura, con la agilidad y la misma voz de antes. A Raimon le dolió el brazo que le faltaba con ese dolor imposible, e intenso, no obstante, de las extremidades perdidas cuando Pol acercó la mano al rostro de Bel para comprobar que no estaba soñando, que aquella mujer que le sonreía era de carne y hueso, que tanta perfección en un cuerpo no era el fruto de una alucinación. Bel posó la mirada en los ojos del hombre y sintió que la caricia del jinete le traspasaba la piel y despertaba algo que hasta entonces había dormido en su interior. “¡Cómo te atreves, maldito!”, exclamó de nuevo Raimon desde el puesto de vigía, y se lastimó la mano al golpear con el puño los pedruscos del suelo. Pol subió a Bel a lomos del alazán y él tomó las riendas del caballo y empezó a caminar. La doncella cumplió la cita con la madre muerta, Pol disfrutó al fin de las delicias de un paseo y Raimon, cuando al fin salió de la espesura, se adelantó al futuro lamentándose en voz baja: “Maldito seas, Telesforo. Me arrebataste el amor de Telma y ahora, después de muerto, apareces entre los vivos, más joven y apuesto que nunca, para impedirme gozar del amor de tu hija”. Hasta el anochecer no se presentaron Bel y Pol ante la cabaña de Raimon, que camufló el rencor con la preocupación del padre que teme por la hija ausente. Bel aceptó los brazos de Pol para bajarse del alazán y luego se acercó a Raimon aún con la frente sudorosa y los cabellos despeinados por el viento, con los ojos más verdes que nunca. Los campesinos y los pastores de Los Valles del Oeste no tendrían una diosa visible a la que adorar: Bel había descubierto que prefería ser una mujer, sentir y oler como la mujer que era. Esa noche apareció Telma en el sueño tardío y quebradizo de Raimon y le habló así: “Cálmate y descansa tranquilo, has cumplido mi encomienda. Has gozado con la belleza de mi hija, disfruta ahora con su felicidad. Eres un hombre bueno, Raimon, y debes defender tu bondad. Ama a Pol, como amas a mi hija, y en ese amor hallarás tu fortuna”. Pol tomó a Bel, y Bel tomó a Pol, durante un día y una noche de un verano nacido en pleno invierno para ellos. Sopló el viento cálido del sur durante todo ese día y durante toda esa noche, y el sol, la luna y las estrellas del estío alumbraron el cielo invernal para que la unión de sus cuerpos fundiera sus almas en un solo espíritu.

El narrador
Imagen de Julia Schwab en Pixabay

 

AHORA LO PROMETIDO AL PRINCIPIO:

 

El narrador de historias fantásticas

 

©José Ángel Ordiz Llaneza

Oviedo, Asturias, 2010

Para Noemí, Iván y Rubén.

 

 

Ustedes me han dado alimento y cobijo en esta fría noche, enemiga de vagabundos y peregrinos, y yo, mientras paladeo el exquisito licor que alivia el peso de mi vejez, les contaré las historias de la hermosa Bel, del apuesto Pol y de la no menos agraciada Rosalinda. La vida y la muerte caminan tomadas de la mano, y nosotros somos mensajeros de ese idilio inevitable. Mis ojos apenas ven de tanto como han visto, y por eso les digo que el amor y el odio son dos caras de un mismo corazón. Le hablo a este perrillo que me acompaña de la bondad y de la maldad, y en ocasiones advierto que ambas se entreveran en mis palabras, nada extraño pues sus ramas se nutren de un tronco común. Busco la tierra donde nací, pero no la encuentro. Las gentes me orientan, y yo me pierdo siempre en algún recodo de los senderos como si estuviese condenado a repetir mi relato, lo único que poseo, por los confines interminables del laberinto de mis pasos. Remedes no era un hombre bueno, Raimon no era un mal hombre. Remedes es hoy una sombra que vaga entre sombras mientras pide perdón a sus padres y a su hermano, también a Los Dioses, en los que nunca creyó, y Raimon es polvo en el viento. Al norte, más allá de Las Montañas, viven Los Bárbaros. Al oeste se extienden Los Valles. Al este cubren la tierra Los Bosques. Y al sur, cuando finalizan Los Desiertos y Las Ciénagas, aparecen las costas de El Mar. El río de Los Valles del Oeste nace en Las Montañas, en las mismas fuentes que el río de Los Bosques del Este, y los dos se unen de nuevo antes de morir en El Mar del Sur. Remedes se citó con la vida un día tormentoso de invierno en una humilde aldea de pescadores lamida por las aguas saladas. Doria, la madre, acomodada en el suelo de su cabaña sobre hojas secas, lo parió ante la expectante mirada de Valior, que guardaba silencio con el ceño contraído por la ofuscación del padre que no comprende por qué su gozo debe soportar la prueba del sufrimiento de la esposa. Una centella rasgó el cielo oscurecido al salir el hijo de la madre, y un trueno sordo y prolongado se confundió con el llanto de Remedes. Su hermano Filipo, entre los brazos de Valior, comenzó a gritar de pronto, temeroso de la tempestad o acaso al descubrir en él, en las facciones sanguinolentas del recién nacido, los rasgos futuros del ser que lo habría de matar. Doria dormía a los retoños con el susurro de su voz melodiosa, les narraba cuentos fantásticos, y luego le ofrecía los pechos desnudos a Valior, que besaba los pezones de la mujer con una mezcla exacta de ternura y ansiedad. Pocos distinguían al joven Filipo del joven Remedes, ambos morenos como el padre, ni altos ni bajos, ambos con los cabellos rizados y la nariz un tanto aguileña. Doria, sin embargo, sólo necesitaba mirarlos a los ojos, negros como los suyos, para saber quién era uno u otro: Filipo le sostenía la mirada, le sonreía al mirarla, y en cambio Remedes agachaba la vista ante ella como si ya se sintiera culpable de los desmanes que iba a cometer. Valior, flanqueado por sus dos únicos descendientes, contaba los peces de la pesca ante Doria y decía a los hijos: “Los Dioses de El Mar son buenos conmigo, me colman las redes para que pueda compraros una barca, la mejor barca que se haya armado nunca en la aldea”. Se iluminaban los ojos del pescador; ya veía el sueño convertido en realidad, ya veía cómo Filipo y Remedes faenaban juntos en la embarcación más bella que había surcado hasta entonces El Mar del Sur. La llamarían La dulce Doria porque su esposa era a diario como la miel en el paladar, como la sombra de un árbol en el oasis de Los Desiertos donde ella había nacido. Los Dioses fueron buenos también con los hijos del pescador cuando se hicieron a la mar en la barca que el padre había soñado para ellos; una barca pintada de blanco, con el nombre a babor y a estribor en letras tan doradas como las ardientes arenas donde se crio Doria, como las playas de El Mar del Sur donde ella y Valior se enamoraron, como los soles de las bonanzas que el matrimonio deseaba para los vástagos. Filipo contemplaba el horizonte marino, tendidas las redes, y atemperaba la voluntad del hermano cuando Remedes le proponía abandonar la pesca, desplegar las velas y averiguar qué había en la distancia. Filipo poseía en la calma una templanza similar a la que Remedes demostraba en la tormenta, cuando las aguas se enfurecían por el soplar repentino del viento. Remedes sostenía firme el timón en la tempestad, Filipo apenas lo acariciaba en la niebla, y Valior contaba los peces ante Doria y luego dividía casi la totalidad de su propia pesca en dos partes iguales y las añadía al pescado correspondiente a los hijos, que deberían formar un hogar cuanto antes para enfrentarse al porvenir con la ayuda de una esposa, el mejor lenitivo para los estragos de humedades y salitres. Filipo descuidó la guardia, no vigiló de reojo al hermano aquella mañana sofocante en el caladero, adormecido por el embrujo de las aguas, encalmadas como las de un lago, y por eso no vio a Remedes con una red en las manos y una mirada fratricida en los ojos. Trató de defenderse del destino que acaso ya conocía desde pequeño, pero sus movimientos le enredaron aún más en la tela de araña que le lanzó el hermano antes de arrojarlo por la borda y dirigirse hacia la costa ensayando los pormenores de la mentira que transformaría el asesinato en accidente; una mentira que le permitiría ser el único propietario de La dulce Doria, el único dueño de los peces que contase el padre; una mentira de la que se valdría para ocupar el lugar de Filipo en el corazón de Petria, la muchacha de largos cabellos castaños y ojos felinos que olía a mujer cuando el pretendiente le recitaba poemas de amor. Permítanme que oculte un instante mi rostro entre las manos. A veces me duele demasiado este canto de viejo que los días han depositado estrofa a estrofa en mi memoria a la vez que han marcado mi cuerpo con cicatrices y arrugas para que la muerte no se olvide de mí al ejercer su oficio, como se olvidó de Tobías y Melina los eternos. Valior cayó de rodillas, alzó los brazos y abrió la boca, por la que no salieron sino los lamentos de Doria. Remedes, aún asombrado por la facilidad con que había matado a Filipo, permaneció erguido e impasible frente al llanto de la madre, frente a la muda desesperación del padre; lejos de apiadarse de los corazones rotos de sus mayores, se culpaba de haber tardado demasiado en consumar el fratricidio, de haber consentido que el hermano, quien masticaba raíces como un rumiante y babeaba por las comisuras de los labios mientras cosía las redes, le tomase la delantera en las preferencias de Petria, la hija menor del anciano Nicanore, el artesano de la piedra y de la madera. La joven Petria, durante varias estaciones, buscó inútilmente los ojos de Filipo en la hosca mirada de Remedes. El único propietario de La dulce Doria se esforzaba en emular al hermano delante de la muchacha, pero una y otra vez advertía el fracaso y, al alejarse de ella, escocido por la brasa del deseo insatisfecho, maldecía a Filipo, que sobrevivía en el interior de Petria como aún alentaba en el pecho de los padres. Remedes oteaba el horizonte en el caladero, pero ahora lo retenía el cuerpo de Petria, sus cabellos ondulados y sus ojos de gata, aunque no oliese a mujer como en vida de Filipo. Escupía a las aguas, al cadáver del hermano, y recogía las redes sin fijarse en la pesca; ya poseía una cabaña, pero le faltaban unos labios femeninos, los labios carnosos de Petria, para humedecer en ellos los suyos. Un día, al subir a La dulce Doria las capturas de la jornada, una mano se aferró a su brazo en tensión; era la mano de Filipo que emergía de las profundidades y tiraba de él hacia las aguas. Luego apareció el resto del cuerpo del hermano, aún envuelto en la red que le había impedido mantenerse a flote, y la calavera le sonrió antes de regresar al fondo marino. Remedes, más tarde, acalló el recuerdo del temor padecido con la violencia de sus actos. Ni siquiera amarró la embarcación al llegar a la costa. Saltó a tierra y se encaminó al encuentro de Petria. Como la muchacha lo rechazó con la misma determinación que él demostró al pretender sus favores, la tomó en brazos, le amordazó la boca con una mano y soportó su resistencia hasta alcanzar el altozano donde Nicanore le había construido la cabaña. Petria, al observar en los ojos del agresor la inmensidad de tanta furia, se quedó al fin inmóvil en el suelo de la vivienda de aquel villano, y por sus mejillas resbalaron lágrimas de impotencia, silenciosas lágrimas que lloraban por ella y por Filipo, mientras Remedes la forzaba, mientras Remedes cabalgaba definitivamente hacia las sombras de la perdición. Cuando la joven, sin pronunciar lamento alguno, salió de la cabaña, Remedes borró a manotazos las huellas de su nueva infamia, las gotas de sangre que coloreaban el suelo de tierra. El hijo de Valior no se hizo a la mar al día siguiente, ni al otro, y La dulce Doria comenzó a deteriorarse en manos del abandono. Remedes temía al hermano muerto, que lo esperaba en las honduras de El Mar del Sur para arrastrarlo consigo o para reírse de él porque no conseguía olvidarse de Petria, a la que deseaba aún más que antes de desgarrarle las entrañas. Nicanore tenía tres hijos y tres hijas, y había enviudado años atrás. Remedes regresaba ebrio la tarde en que abrió la puerta de su cabaña y en el interior distinguió, sentado en una silla y con la cabeza caída sobre el pecho, como si estuviese dormido, al viejo artesano. Lo acompañaban dos de sus hijos. Intentó Remedes huir, pero el tercer hijo de Nicanore, el más fuerte, apareció entonces detrás de él y lo sujetó por el cuello y por un brazo. Nicanore salió del letargo y habló así: “Entra, Remedes, estás en tu casa. Soy amigo de tu padre, ya lo sabes, y me apena verlo faenar para ti mientras tú te dedicas a la pendencia. Veo que sabes también a lo que vengo, y me apena igualmente que Valior sufra cuando te vea herido por la justicia que mi honor me exige. Hasta la muerte de tu hermano, te protegía su bondad. Pereció él, y no tú, pero Los Dioses demuestran la divinidad con actos que no comprendemos, como tú no comprenderás el dolor de Valior”. Nicanore sentía cada palabra del discurso, y por eso había gran tristeza en su voz pausada. El hijo más fuerte de Nicanore mantenía agachada la cabeza de Remedes, le obligaba a permanecer de rodillas ante el padre. Continuó diciendo el artesano: “Mi esposa me regaló a Petria cuando ya creíamos que no podía concebir. Me la regaló para mitigar el vacío que su desaparición dejaría en mi pecho. Y así fue, Remedes, así fue. Así fue y así es: el pelo, los ojos, la voz, la sonrisa, las caricias de mi hija menor, todo en ella me recuerda a mi esposa. Miro a Petria y veo, y siento, a su madre rediviva”. El anciano, tras permitirse una corta pausa, prosiguió hablando para decir: “Tu hermano Filipo recitaba versos de amor a mi Petria, versos tan hermosos como su bondad. Él aseguraba que Los Dioses se los enseñaban mientras dormía, pero yo, al escucharlo, tenía por cierto que era mi hija quien se los inspiraba”. De nuevo guardó silencio Nicanore. Endureció la voz al declarar: “No voy a matarte, Remedes; no te mataré aunque veo todavía cómo se desangra mi Petria y aún oigo tu nombre cuando al fin me confiesa la identidad del autor de su desgracia; la identidad de quien abusó de ella y la condenó a ingerir una peligrosa poción para deshacerse del ser indeseado que comenzaba a germinar en sus entrañas. Petria vivirá, Remedes, está fuera de peligro, y su corazón también se rehará. Es joven, hallará a otro Filipo, a otro hombre que la merezca”. Suspiró Nicanore, alzó la vista. Los hijos sujetaron a Remedes para que el artesano le marcase las mejillas con el filo de un puñal de hueso de tal modo que las cicatrices futuras se correspondiesen con la inicial del nombre de Petria. A continuación, los descendientes de Nicanore descubrieron el sexo de Remedes. El viejo, con menor precisión que antes, le sajó el escroto, y luego tomó el paño que le ofreció el mayor de sus hijos y limpió en él la sangre de las manos. Al salir de la cabaña, el anciano se detuvo un instante en el umbral de la puerta, suplicó: “Que Los Dioses nos perdonen lo que nosotros no podemos perdonar”. Nicanore pasó por el hogar de Valior y Doria y les pidió que socorriesen cuanto antes a Remedes, a quien él había herido con un puñal de hombre. Apenas restablecido, Remedes prendió fuego a La dulce Doria, también a su cabaña, y caminó hacia el interior, hacia Las Ciénagas y Los Desiertos. Bordeó el cauce del río de Los Valles del Oeste y una mañana, mientras bebía en un remanso de la corriente, vio su rostro reflejado en las aguas, observó las cicatrices en las mejillas, aquellos estigmas que lo marcarían para siempre, y gritó hasta quedar sin voz. Cuando se hubo apagado el eco de su ira, pensó en regresar a la aldea costera para acabar de algún modo con la estirpe de Nicanore. Entonces apareció un hombre ante él. El joven mascaba una raíz como un rumiante y babeaba por las comisuras de los labios, pero no se parecía a Filipo. El hombre, de cabellos albinos, alto y poco musculoso, miraba de forma incierta; las pupilas no ocupaban el centro de sus ojos claros, casi incoloros. Dijo llamarse Almudio. Vivía en Las Ciénagas y no había conocido a los padres. En su pueblo contaban que unas mujeres, al retirarse las aguas que inundaron Las Ciénagas tras una estación en la que diluvió sin cesar, hallaron entre los despojos embarrados una criatura como nacida del lodo. “Era yo”, concluyó Almudio, y en su boca afloró una mueca que acaso delataba una sonrisa. Remedes observó que aquel hombre de cuello alargado y mirada desconcertante sólo conservaba en las encías algunos incisivos torcidos y amarillentos. “¿Qué llevas en esa bolsa?”, le preguntó con la voz aún quebrada. Almudio bajó la vista hasta la talega, sin alzar el saco, y al fin respondió: “Alacranes”. “¿Vivos?”, le preguntó de nuevo Remedes con una súbita intención reflejada en el rostro. “Viven, sí”, contestó Almudio, afirmó también con el gesto, y prosiguió hablando para decir: “Los hechiceros y las brujas necesitan el veneno para curar males, pero los escorpiones tienen que estar vivos. En otro caso no me pagan por ellos. Y es más difícil conservarlos con vida que cazarlos en Los Desiertos. A mí, de pequeño, me picó uno, y hoy vivo de ese veneno que no me mató”. “¿Cuánto pides por ellos?”, le preguntó otra vez Remedes, ya planeados para entonces los pormenores de la venganza. “¿Cuánto estás dispuesto a dar?”, se interesó ahora Almudio mientras el hijo de Valior el pescador desandaba con el pensamiento las leguas que lo separaban de la costa y oía lamentarse a las viejas porque una plaga de alacranes había extinguido con su ponzoña la estirpe de Nicanore el artesano. El hijo de Doria la dulce le mostró a Almudio los doblones que ocupaban el lugar de los testículos perdidos, y enseguida capturó la voluntad del albino bisojo y desdentado de las muecas por sonrisas. De regreso en la aldea pesquera, a Remedes no le parecieron bastantes los escorpiones que asperjó por las cabañas de Nicanore y de los hijos, cuantos Almudio había cazado, mientras los habitantes del pueblo dormían el sueño de una noche estrellada. No emprendió la huida que le reclamaba Almudio hasta que escuchó el quejido de Petria, un quejido que hoy, cuando arrugas y cicatrices se confunden en su piel, le resuena en la cabeza con mayor intensidad que entonces, con una fuerza que lo ensordece y le obliga a taparse los oídos con las manos, como hago yo ahora. Remedes siguió los pasos presurosos de Almudio y con él se encaminó hacia los fértiles campos de Los Valles del Oeste, donde la iniquidad de ambos multiplicaría sin duda los doblones que Remedes guardaba junto a los restos del escroto y los doblones que a Almudio todavía le cabían en la mano. El perrillo que me acompaña se ha quedado dormido entre mis pies. A veces lo acaricio, y en ocasiones le pido que se aleje de mí. Sopla el viento gélido, el viento que traerá la nieve, esa nieve que me desorientará aún más. Sí, muchas madrugadas peligra la continuidad de este peregrinaje mío; mis ganas de vivir, alimentadas por un deseo único, son menores que el peso de mis años, a diferencia de lo que le sucedía a Arquín el sabio, envidioso de la inmortalidad de Tobías y Melina los eternos. Hay infinidad de cosas que no entiendo, cada vez entiendo menos cosas en realidad: Remedes comenzó a odiar en un hogar pacífico y luego el amor, tras perder el odio en medio de la violencia, cambió la naturaleza de sus pasos; Raimon, por el contrario, halló odio en el corazón cuando su espíritu rebosaba amor. Telesforo el impetuoso, el mejor amigo de Raimon, era el jinete más audaz de Los Valles del Oeste, y criaba alazanes veloces como centellas. Raimon y Telesforo el impetuoso combatieron contra Los Bárbaros del Norte, pero sólo Telesforo, al frente de los guerreros, cruzó Las Montañas sin apearse del caballo. Son interminables los valles donde nacieron. En ellos las reses se reproducen sin cesar, y la abundancia de las cosechas está asegurada. Hubo un tiempo en el que Los Bárbaros del Norte se armaban en sus tierras asoladas por la maldición del hielo, atravesaban Las Montañas e invadían Los Valles del Oeste impulsados por el hambre. Además de apoderarse del ganado y del grano, cometían tropelías de toda índole. Pero los campesinos de Los Valles del Oeste no tardaron en aprender a defenderse y se unieron para enfrentarse a los invasores. Al finalizar una primavera, regresaron los múltiples vigías desplazados a Las Montañas y no anunciaron por los valles la presencia de Los Bárbaros, y los numerosos vigías del estío llegaron igualmente sin la alarma en la boca. Y lo mismo sucedió con los vigías del año siguiente, y del siguiente, por lo que Arturo el poderoso guardó entonces los aperos, transformados en armas provisionales, sin comprender la nueva actitud de Los Bárbaros del Norte y sin entender tampoco la decepción que observaba en algunos de los rostros de quienes lo habían elegido caudillo de Los Valles del Oeste. La sangre derramada en las contiendas contra Los Bárbaros del Norte era ya una leyenda cuando Raimon y Telesforo cumplieron la edad en que comienza a estimarse la opinión de un hombre. Raimon era muy corpulento, Telesforo era muy ágil. Ambos compitieron por el amor de Telma antes incluso de que la muchacha supiese qué le aceleraba los latidos del corazón al ser cortejada por los dos amigos que renunciaban a la amistad ante ella, por ella. El embrujo de su belleza, de los ojos verdes y los cabellos dorados, de los rasgos y la silueta, residía en la humildad que la protegía contra la tentación de preciarse de su hermosura. Raimon le demostraba a Telma el poder de sus músculos, Telesforo desplegaba en el cortejo simultáneo la gracilidad de sus movimientos, y ella descubrió a cuál de los dos amaba cuando los pretendientes se pelearon como bestias en celo sin que ninguno de ellos cediese en la prolongada lucha; la fortaleza de Raimon era contrarrestada de inmediato por la rapidez de Telesforo. Ambos se lanzaron amenazas de muerte, ensangrentados y exhaustos, al saberse incapaces de vencer, y ambos, derrotados por el cansancio, se rieron de sí mismos al advertir que Telma se había ido durante algún lance de la pugna y que, por tanto, carecía de sentido el enfrentamiento. Bebieron y lavaron las heridas en el río de Los Valles del Oeste, y tendidos sobre la hierba ribereña contemplaron la luna llena sin hallar solución a sus cuitas amorosas. Telma tampoco durmió esa noche. Desvelada, no menos errátil que los enamorados desfallecidos, recorrió aquel cielo nocturno en el que ciertas estrellas, inconformes con la posición, emprendían huidas fugaces por el firmamento. La muchacha aún escuchaba el clamor en el pecho, la voz que había conmocionado su interior al gritar en él: “Mátalo, Telesforo, mátalo”. Vida y muerte, ya me oyen. Amor y odio nos guían. La crueldad existe para que obre la ternura y la maldad es hermana de la bondad. Es muy simple nuestra complicada existencia: de placer y dolor se alimenta cualquier aliento. Los hombres nos equivocamos, como se equivocan las mujeres. Telesforo lo tenía todo, pero no le bastó y por ello abandonó a Telma y a su hija Bel para combatir a Los Bárbaros del Norte en nombre de la divinidad de Los Dioses, de esos Dioses en los que muchas veces resulta difícil creer. Él creía en todos, y su fe derivó en fanatismo, y en su fervor se negó a aceptar que Los Bárbaros del Norte adorasen a un solo Dios; a un Dios al que, además, habían humanizado, tan bondadoso o tan mezquino como podían serlo ellos. Los Dioses que defendió le habrán concedido el perdón que una persona cabal jamás le otorgaría por atravesar Las Montañas sin pensar en la hija recién nacida ni en la esposa. Raimon, que no era un mal hombre, le habló así: “Yo amo a tu mujer, Telesforo, ya lo sabes. Mi amor por ella es tan grande como el tuyo y por eso te pido que te quedes a su lado. Yo lucharé por ti y por mí, este es el juramento que deberás exigirme si falto a mi palabra”. Les digo que no es bueno tenerlo todo. Siempre queremos más y al que todo lo posee no le parecen bastantes las propiedades y persigue quimeras hasta que las quimeras lo persiguen a él. Telesforo desoyó al amigo y en vez de gozar con Telma de la hija concebida armó a sus acólitos y partió hacia las tierras del hielo ante el asombro de Arturo el poderoso, el antiguo caudillo de Los Valles del Oeste, que no hallaba fundamentos reales para aquel ataque, en el que no participó ninguno de sus juiciosos hijos. Siempre a la cabeza del ejército, Telesforo observó desde la montura cómo la vegetación se reducía a matojos y las sendas frondosas se convertían en terrenos escarpados al ascender por Las Montañas. Raimon custodiaba las espaldas del amigo y a veces interrumpía el canto, que engrosaba el canto general de los jóvenes guerreros de Los Valles del Oeste, para rememorar con pesadumbre las lágrimas que Telma, arrodillada ante el marido, había derramado. Aún oía que ella le decía a Telesforo: “Si Los Bárbaros se burlan de Los Dioses, ¿no tienen Los Dioses más poder que los hombres para castigarlos si se sienten ofendidos?”. Raimon, a diferencia de Telesforo, nunca habría dejado sola a Telma, no habría renunciado ni a un instante de su compañía por una empresa que otros podrían afrontar por él. No, él nunca habría consentido que las lágrimas nublasen el verdor de los ojos de Telma, quien le había suplicado desde el desconsuelo, aún de rodillas, que velase por la vida de Telesforo, por la razón de su propia vida. Las gargantas de los guerreros enmudecieron en las alturas de Las Montañas, cuando se bajaron de los caballos para salvar los riscos de las cimas. Impresionados por los precipicios, tomaban aire con ansiedad y apenas recuperaban el aliento. Únicamente Telesforo continuaba a lomos de la montura, sólo él y su caballo parecían capaces de respirar con normalidad en aquellas cumbres que marcaban los límites de lo habitable. Superadas Las Montañas, se internaron por los parajes estériles que conducen hasta Los Bárbaros del Norte, por las llanuras heladas e inmensas de las que nace una niebla fría y espesa. Algunos caballos murieron de hambre y sirvieron de alimento a los hombres de Los Valles del Oeste, que recorrían leguas sin avanzar en ninguna dirección precisa; al final de muchas jornadas dormían en el mismo lugar de la noche anterior, como si aquel Dios de Los Bárbaros les confundiese los sentidos. Iban a ser aniquilados por el clima y la falta de alimento, sin haber combatido contra un enemigo que no lo era, cuando hallaron un poblado. Nadie les opuso resistencia, pero los guerreros de Telesforo mataron igualmente a hombres, mujeres y niños en nombre de Los Dioses y así dieron comienzo a una leyenda de infortunio en aquellas tierras extranjeras; una leyenda que Los Bárbaros del Norte contarían a los hijos con la misma pesadumbre que anteriormente había teñido de tristeza las narraciones con que los hombres de Los Valles del Oeste relataron a los descendientes las invasiones bárbaras. Alzaban las cabezas desmayadas de los moribundos, a los que sujetaban por los luengos cabellos cenicientos y las barbas canosas, y no sólo escuchaban sin piedad alguna quejidos y lamentos en lengua extraña, sino que se deleitaban con ellos. Poseían a las mujeres heridas, a las niñas agónicas de pálida piel, y únicamente cuando habían saciado el deseo carnal se percataban de que copulaban con cadáveres. Incendiaron el pueblo, camuflaron la vergüenza con la fe y avanzaron para completar los desmanes. Pero Los Bárbaros del Norte, como habían hecho antes los campesinos y pastores acaudillados por Arturo el poderoso, aprendieron a defenderse, a unirse ante los ataques de los invasores, y los guerreros de Telesforo, abrumados por la vastedad de tantos territorios yermos, fueron diezmados con el paso de las estaciones. Como Raimon protegía la vida de Telesforo en mayor medida que la suya, perdió el brazo izquierdo al interponerlo sin dudar entre la cabeza del esposo de Telma y el hacha enemiga. Hacia el final de su convalecencia, los hombres de Los Valles del Oeste empezaron a prestar atención a sus palabras, que hablaban del retorno al hogar, y el propio Telesforo asintió con la cabeza una mañana. Durante la retirada, acosados por Los Bárbaros del Norte, los supervivientes trataban de buscar argumentos para justificar tantas muertes y tantas atrocidades. Sólo Telesforo el impetuoso rechazaba con firmeza el arrepentimiento que lo asediaba. Reconocía el fracaso, sí, el poder de aquel Dios único, pues los bárbaros morían sin renunciar a Él aunque fuesen martirizados, pero ahora sabía a qué debía enfrentarse la próxima vez que regresara con más guerreros y con una estrategia mejor planeada. Sus hombres, cuando él los arengaba, agachaban la cabeza y se contaban las cicatrices y las heridas que aún no habían cicatrizado y sólo anhelaban descubrir entre la niebla la dirección correcta hacia Las Montañas. Raimon observaba a los supervivientes y le dolía doblemente la retirada al pensar que habían invadido aquellos territorios para imponer creencias: además de incumplir el objetivo, muchos de los guerreros de Los Valles del Oeste, en medio de tanto desamparo, habían perdido la fe en sus propios Dioses. Telesforo alzó el brazo y acompañó el gesto con un grito jubiloso cuando divisó Las Montañas. Los otros siguieron el ejemplo y, como todos los alazanes habían perecido para entonces, corrieron hacia aquellas manchas oscuras, que rompían en la distancia el palor alucinante de la niebla, y fueron desprendiéndose de las armas para correr más deprisa. Entonces Raimon, siempre detrás de Telesforo, protector de su retaguardia, vio con espanto que el amigo era alcanzado por una flecha proveniente de la niebla; una flecha que le partió en dos el corazón, una flecha acaso disparada certeramente por el Dios de Los Bárbaros del Norte para que los habitantes de Los Valles del Oeste contaran a los hijos el himno completo de su grandeza divina. Raimon cargó con Telesforo, siguió la ruta de las armas sin dueños y comenzó la ascensión de Las Montañas. Enorme era su fortaleza incluso mutilado y desnutrido, pero no era menos colosal la dificultad de aquella ascensión con un cadáver a cuestas. Una tormenta de nieve le obligó a depositar el cuerpo de Telesforo sobre un talud. Cuando hubo recuperado las fuerzas y el viento sopló con menor intensidad, acopló de nuevo a la espalda el cadáver del amigo, rígido como un leño, y se dispuso a continuar la marcha. Entonces resbaló y trató de sujetar el cuerpo de Telesforo con el brazo que le faltaba y por eso el fallecido padre de Bel se escurrió sobre una pendiente hasta caer por un precipicio, condenado a dormir el último sueño en una sima de Las Montañas. Arturo el poderoso, que había visto partir a un ejército de jóvenes guerreros, agachó la cabeza con tristeza al observar el regreso de una partida exigua de tullidos y harapientos. Los supervivientes vestían pieles, traían largos los cabellos, prematuramente canosos, y crecidas las barbas blancas. Los campesinos y los pastores de Los Valles del Oeste les salían al paso y les preguntaban por tantos como habían perecido. Ellos no respondían. Raimon, dado ya por muerto, apareció en Los Valles del Oeste cuando los vencidos comenzaban a recuperar la cordura y, con ella, toda la amargura de la derrota. Telma dejó de sollozar y fue a su encuentro con una esperanza súbita en los ojos y con la pequeña Bel en los brazos. Raimon le detalló con gran duelo el final de Telesforo, y también le propuso ser el nuevo padre de su hija. Telma no recurrió a las lágrimas, dominada de pronto por el deseo de reunirse con el amado: si no podía ser en vida, como ella hubiese querido, sería más allá de la muerte, como Los Dioses habían dispuesto. Dejó a Bel a los pies de Raimon al tiempo que le decía al guerrero derrotado: “Cuida de ella, puesto que no has sabido cuidar de mi esposo”. Telma, sin más palabras ni lamentos, se alejó como una gacela perseguida por los lobos. Raimon vio que se encaminaba hacia el barranco de los suicidas. Cayó entonces de rodillas y de sus ojos brotaron las silenciosas lágrimas que Telma no había llorado. El guerrero abrió los párpados al sentir que algo le acariciaba el rostro: las manos de Bel perseguían las lágrimas que él derramaba y las aplastaban contra la piel descolorida de su tez antes de que se perdieran en el bosque ceniciento de sus barbas. Raimon contempló a Bel cuando se retiró de sus pupilas el velo de la desdicha y estuvo seguro de no haber visto jamás una criatura tan hermosa; unos ojos tan verdes, una piel tan tersa, unos cabellos tan rubios. Este relato es lo único que poseo, ya lo saben, ya lo he dicho, y al contarlo advierto que encoge el ánimo de quienes me escuchan. Ustedes me han dado alimento y cobijo en esta noche enemiga y pueden hacerme callar con facilidad. Mis palabras son palabras de viejo, y no sé cantar mi canto de otro modo. Busco la tierra donde nací, y me acompaña este perrillo que acaso ignora que mis pasos recorren un camino de muerte. A veces lo acaricio, y en ocasiones le pido que se aleje de mí. He conocido mujeres muy bellas y hombres muy apuestos, pero generalmente no se correspondían sus encantos físicos con esos atributos espirituales en los que beben las virtudes. Raimon contemplaba a Bel y la veía cada día más hermosa; la belleza interior de la muchacha, al igual que en la madre, reforzaba la perfección de su cuerpo y sus facciones. Temía incluso tocar la piel o acariciar los cabellos o sentir en su rostro el aliento de la joven; de su auténtica hija en las memorias confundidas por los años, en los falsos recuerdos de campesinos y pastores, para quienes Telesforo era olvido y por eso asociaban a Telma únicamente con él, con el Raimon que había salvado a Bel del destino que la madre, en su locura, había elegido para las dos. La muchacha le decía: “He soñado con mi madre y me ha pedido que me acerque al barranco de los suicidas”. Raimon se dejaba acariciar, cerraba los ojos para sentir con mayor intensidad la ternura de aquellas manos que recorrían su rostro como la vez primera, cuando acallaron su llanto de hombre derrotado en la guerra y en el amor. Y no impedía que la hermosa Bel caminase por la senda que tantos pasos desesperados habían recorrido para huir de la vida. Seguía a la muchacha sin permitir que ella descubriese la vigilancia protectora. La joven recogía flores del camino y luego las dejaba caer al barranco de los suicidas. Por un momento, ante aquella lluvia de amor, cesaba el aire, procedente del abismo, que arrastraba los sollozos interminables de tantas almas desgraciadas. Raimon se acostaba muy temprano cuando Bel regresaba del barranco de los suicidas; Telma aparecía en su sueño, le besaba los labios y le daba las gracias por haberle consentido ver a la hija. La doble hermosura de Bel se convirtió poco a poco en una leyenda para los habitantes de Los Valles del Oeste. Como le sucedía a Raimon, los hombres no se atrevían a tocarla ni le sostenían la mirada más allá de un instante. Acaso temían perder el amor que sentían por las esposas, al igual que Raimon temía enamorarse de aquella hija que no era suya pero que le exigía los deberes de un padre verdadero. Arturo el poderoso esperó el regreso de los hijos sentado en el poyo de su cabaña hasta que una tarde su cabeza descansó al fin sobre su pecho. Nadie para entonces sabía la cuenta exacta de los años que había vivido. Tuvo cuatro hijos, cuatro varones, con la primera esposa. Los cuatro se casaron el mismo año en orden inverso al que habían nacido, y los cuatro llevaron a las mujeres ante la tumba de la madre, que había fallecido sin conocer a ninguna de las nueras. Los cuatro hijos de Arturo el poderoso oyeron el ruego de la difunta, y para satisfacer la petición se reunieron al final de los trabajos de una jornada. “Madre está triste”, habló el primogénito. “Por padre”, habló el segundo. “Porque se ha quedado solo”, afirmó el tercero. “Y nosotros debemos remediar esa soledad para que madre no esté triste”, concluyó el benjamín. La soledad consume a los hombres muy deprisa, como consume a las mujeres, y los hijos de Arturo recorrieron Los Valles del Oeste en busca de una compañera para el padre. La esposa de Arturo no deseaba la fidelidad con que el marido honraba su memoria mientras envejecía prematuramente, no deseaba que él se reuniese cuanto antes con ella bajo la tierra. Conocía la valía de Arturo, la ayuda que prestaba a quienes le pedían consejos o bienes materiales, y por eso cabalgaba con los hijos asida a sus pensamientos. Le susurraba al primogénito: “Recuerda que tu padre todavía me quiere”. Hablaba con su segundo hijo para advertirle: “Esta mujer no conquistará el corazón donde yo aún vivo”. Al tercero le recriminaba: “No me busques a mí en otras, como hacías antes de enamorarte”. Y consolaba al benjamín: “No desesperes, hijo mío. Aunque eres más joven que tus hermanos, te aseguro que tienes tantas posibilidades como ellos de encontrar a la que acariciará a tu padre con las caricias que yo no puedo regalarle”. Y precisamente fue el benjamín de Arturo el poderoso quien halló a la muchacha morena que sería la segunda esposa del noble caudillo de Los Valles del Oeste y la madre de su quinto y último hijo, la madre de Pol. Para ello, el cuarto hijo de Arturo hubo de perderse una noche y continuar extraviado durante días. Su flecha de cazador, errado el disparo, atravesó la espesura de Los Bosques del Este. El hambriento hijo de Arturo oyó un quejido que provenía de la floresta y no comprendió de inmediato que había herido a alguien. Siguió la dirección de la flecha y en lo más umbrío de un paraje frondoso descubrió el cuerpo inerte de un muchacho caído sobre los helechos. La flecha lo había alcanzado en un hombro. El hijo menor de Arturo, cuyo nombre no recuerdo por más empeño que ponga en ello, lo mismo que me sucede con los nombres de sus tres hermanos y con el nombre de la primera esposa del caudillo de Los Valles del Oeste, comprobó que el corazón de aquel hombre aún latía y se dispuso a socorrerlo. Pensó en arrancarle la flecha mientras estuviese inconsciente para no causarle más sufrimientos de los que ya le había originado. Le rasgó las ropas y entonces aparecieron ante su vista los pechos de una mujer. Extrañado por el descubrimiento, observó aquel rostro exánime y la ausencia de barba desmintió también lo que indicaban a primera vista aquellos cabellos negros, casi rapados, y aquella vestimenta de hombre. Las manos ensangrentadas del hijo menor de Arturo habían extraído ya la flecha cuando la joven recobró el conocimiento. El eco del dolor, que aún no se había apagado en el interior del cuerpo femenino, hizo gritar a la muchacha. La sujetó el benjamín de Arturo y le habló así: “Cálmate, mujer, que soy un hombre de bien, o eso procuro. No quise herirte, pero el hambre que tengo y la fatiga que me domina traicionaron mi pulso. Te conduciré donde me pidas, y no temas por tu vida, que yo la protegeré de cualquier peligro que pueda haber en estos bosques”. Y cuando la mujer se tranquilizó, prosiguió hablando el benjamín de Arturo para decirle: “Antes te haré una pregunta si me lo permites, a la que me responderás sólo si la pregunta y la respuesta no te ofenden. ¿Por qué deseas hacerte pasar por un hombre cuando eres una mujer tan bella?”. La joven cubrió la desnudez de los pechos y contestó: “Huyo de Rex el poderoso”. El hijo de Arturo se palpó el mentón con los dedos aún manchados de sangre y habló así: “¿El poderoso, dices? A mi padre también se le conoce por ese sobrenombre. Se lo pusieron por defender Los Valles del Oeste, cuando nos invadieron Los Bárbaros del Norte, y por ganar batallas para otros en las guerras de lo cotidiano. ¿Puedo saber qué hizo ese Rex del que huyes para pretender la fama de mi padre?”. La mujer, mientras el hijo menor de Arturo le tapaba la herida con una cataplasma improvisada, contestó: “Tiene cincuenta hijos, todos varones, y es el dueño de la violencia”. Asintió el hombre, se palpó el mentón otra vez. “¿Puedo saber ahora por qué huyes de él?”, se interesó el hijo de Arturo cuyo nombre sigo sin recordar pues el lamentable aspecto de mi cuerpo es el reflejo fiel de algunas partes de mi memoria. La mujer, tras un instante de duda en el que pareció poco dispuesta a contestar, respondió: “Porque quiere mi cuerpo para engendrar más hijos, que le odiarían como le odian los que ya engendró en los cuerpos de otras mujeres que también le odian”. En esta ocasión fue el hombre quien guardó silencio antes de hablar así: “Pues yo te digo, mujer, que ese Rex es indigno de compartir el apodo con mi padre Arturo. Me dirás tu nombre y a cambio yo, si consigo orientarme finalmente, te conduciré a mi tierra para que confirmes la verdad de lo que sentencio”. En la huida halló Sara, que así se llamaba la mujer, su destino. El hijo menor de Arturo la subió a lomos de la montura y él empezó a caminar con las riendas del caballo en el puño mientras le preguntaba a la madre si aquellas manos femeninas eran las manos con que ella acariciaría desde la tumba al esposo. Pero la voz de la madre se había extinguido en su mente y en su corazón. El hijo menor de Arturo no comprendió que el silencio que escuchaba era una afirmación; los muertos sólo callan cuando están en paz con los vivos, cuando los actos de los vivos les permiten descansar en los lechos de tierra, en el regazo de Los Dioses. Huyó Sara y encontró su destino, ya lo dije. Otros buscan su destino y hallan la perdición. En ocasiones es certera la flecha en el yerro, y a veces se equivoca la flecha que se clava en el centro de la diana perseguida. La vida cobija tantos misterios como la muerte, y Arquín el sabio deseaba la eternidad de Tobías y Melina pues sus días de mortal no eran bastantes para satisfacer su curiosidad, infinitas las ignorancias que acarrea el excesivo saber. Llegó el benjamín de Arturo al hogar del padre, le mostró a la muchacha que había hallado al perderse en Los Bosques del Este, le habló de la indefensión de Sara y le pidió cobijo para ella: la joven no podría vivir bajo el mismo techo que su esposa; un hombre entre dos mujeres hermosas estaba condenado a romper la dicha del amor, frágil como los últimos hielos de las primaveras. “Dices bien, hijo”, le respondió Arturo, y continuó hablando así: “Sobra espacio en mi cabaña, y no será ahora cuando se cierre mi puerta ante quien necesite hospitalidad”. Arturo tendió la mano a la doncella, habló para decirle: “Pasa, mujer, y acomódate donde gustes. No te molestaré por las noches ni durante el día, te doy mi palabra delante de mi benjamín, que recorre últimamente los confines de esta tierra como si no amase a la esposa que lo ha bendecido con su amor”. Arturo, tras acusar con la mirada al hijo, le pidió: “Di a tus hermanos que cesen la búsqueda que han emprendido. Tienen en sus casas cuanto necesitan y yo nada necesito. Les das mi mensaje y luego te lo aplicas a ti”. Muy pronto comprobó Sara que el benjamín de Arturo no le había mentido: el padre era poderoso en verdad, tan poderoso que su poder no se notaba al manifestarse. Algunas noches se despertaba la doncella en medio de la pesadilla donde aún era perseguida por Rex. Gemía en sueños y por eso, al despertar, siempre hallaba a Arturo ante su lecho dispuesto a tranquilizarla con la presencia y la voz. Crecieron los cabellos de Sara, su belleza morena resplandeció bajo los soles de Los Valles del Oeste, y Arturo creyó que era amor de padre adoptivo lo que sentía por ella al contemplar gráciles movimientos, al escuchar cantos juveniles. Arturo le buscaba pretendientes, y Sara los rechazaba; tampoco ella lo amaba sólo con un amor de hija adoptiva. La doncella, muchas noches, fingía las pesadillas que ya no padecía para que Arturo se acercase al lecho y la abrazase para calmarla. Los hijos de Arturo veían rejuvenecer al padre, se miraban unos a otros y sonreían al saber que la madre ya no estaba triste bajo la tierra y disfrutaba al fin del nacimiento en el mundo de Los Dioses. El apuesto Pol fue engendrado la primera noche que Arturo tomó a Sara. La doncella, esa noche, le recordó al noble caudillo que no era hija suya con un beso apasionado, y así liberó de su mente a la esposa muerta. Fue así como Sara concibió un hijo para el amor y no para el odio. Arturo recontaba los años vividos y se lamentaba de su edad ante la juventud de Sara. “Sólo puedo ofrecerte mi amor de viejo”, le decía, y ella le respondía: “Amo tu vejez”. Sara le anunció una mañana: “Tu vejez ha germinado en mi vientre, serás padre de nuevo”. Y así fue como Arturo se desprendió de la vejez y reconoció a Sara por esposa. Las celebraciones del enlace se prolongaron durante varios días y varias noches; los hijos de Arturo y los habitantes de Los Valles del Oeste se unieron para rendir culto a un hombre poderoso en la bondad. Muchos y muchas vieron llorar a Arturo ante las muestras de afecto que recibió, pero nadie lo vio llorar mientras aguardaba el regreso de los hijos sentado en el poyo de su cabaña con la mirada fija en las rutas del norte. La mujer de Los Bosques del Este fue asistida en el parto por las cuatro esposas de los hijos de Arturo, que en Pol vieron al hijo que ellas nunca tuvieron y como a un hijo lo quisieron siempre: en las frecuentes visitas al hogar del suegro, de Sara, acomodaban en los regazos, con ternura de madres auténticas, a aquella criatura que las hechizaba con las sonrisas y con la luz de la mirada, no menos negros los ojos del infante que el pelo ondulado. Arturo, en ocasiones, tomaba al hijo por nieto, de modo que lo amaba doblemente, al igual que doblemente amaba a Sara, hija a veces, buena esposa siempre. Ignoro por qué la vida está sembrada de trampas, por qué es tan complicada en su sencillez. Ya me han echado de muchos hogares, sí, y yo le pido a este perrillo, mientras nos empapa la lluvia o el frío nos hiela los huesos, que se aleje de mí. Como no se marcha, lo acaricio, y en la caricia halla el pobre animal menos ternura que futuras calamidades, pues con el gesto niego las palabras de advertencia que le dedico. Duerme el infeliz, ya lo ven. A veces gime en sueños, y entonces yo lo despierto, como hace él conmigo cuando también sufro dormido: el perrillo me lame con su áspera lengua, y yo simplemente le toco el lomo con el cayado. Creció Pol, el hijo de Arturo el poderoso y el hijo de los hijos de Arturo, y se convirtió en un veloz jinete que cabalgaba sobre los alazanes que criaba como si hombre y animal formasen un cuerpo único al recorrer las praderas de Los Valles. Los pastores y los campesinos alzaban el brazo para corresponder al saludo del muchacho, y luego permanecían pensativos un instante con la vista posada en el joven que ya se perdía en la distancia; el jinete les recordaba a alguien olvidado en algún rincón de la memoria. Una tarde, Pol atravesó al galope el poblado del anciano que, con el rostro salpicado por el lodo al paso del alazán, confundió la época y exclamó: “Ciertamente, Telesforo hace honor al sobrenombre”. Y en la memoria de todos resucitó entonces el impetuoso progenitor de Bel. Y, entonces, los padres temieron por sus hijos. Los jóvenes de Los Valles del Oeste corroboraron el temor de sus mayores cuando, agrupados y armados, fueron en busca de Pol y le hablaron de este modo: “Los Bárbaros del Norte tienen un Dios único, un Dios al que además humanizan y, por tanto, humillan”. Pol reflexionó un instante tras escuchar la propuesta de que fuese él quien encabezase el ejército que corregiría el error de las gentes de los hielos. Después habló para decir: “Ningún hombre, ninguna mujer, ninguna criatura puede humillar a ningún Dios. Y creo también que ese Dios de Los Bárbaros del Norte debe ser un buen Dios si, como me aseguráis, comparte las risas y los llantos de quienes lo adoran. Haríamos bien adoptándolo y colocándolo a la misma altura que nuestros Dioses”. Los jóvenes de Los Valles regresaron a sus casas y acusaron de blasfemo al indigno hijo de Arturo el poderoso. Los padres, por el contrario, alabaron la cordura de Pol, idéntica a la de los hermanos, y alabaron igualmente al progenitor, capaz de engendrar un heredero de su doctrina pacifista en el tramo final de la existencia, cuando muchos hombres sólo viven ya para lamentar los achaques que anuncian la vejez. Pol saludó a la muchacha, sin aminorar el trote del alazán, y entonces Bel volvió el rostro hacia el jinete que pasaba. El quinto y último hijo de Arturo el poderoso, deslumbrado por los resplandores de los ojos verdes y de los cabellos dorados de la doncella, salió despedido por los aires al detener bruscamente el caballo. Las flores que Bel había recogido en las orillas de la senda del barranco de los suicidas cayeron al suelo cuando la muchacha se llevó las manos a la boca para acallar un grito. Raimon, desde la espesura, exclamó: “¡Maldición!”, y contempló cómo Bel se acercaba a socorrer al padre redivivo, a Telesforo el impetuoso, de regreso en el mundo visible con la antigua apostura, con la agilidad y la misma voz de antes. A Raimon le dolió el brazo que le faltaba con ese dolor imposible, e intenso, no obstante, de las extremidades perdidas cuando Pol acercó la mano al rostro de Bel para comprobar que no estaba soñando, que aquella mujer que le sonreía era de carne y hueso, que tanta perfección en un cuerpo no era el fruto de una alucinación. Bel posó la mirada en los ojos del hombre y sintió que la caricia del jinete le traspasaba la piel y despertaba algo que hasta entonces había dormido en su interior. “¡Cómo te atreves, maldito!”, exclamó de nuevo Raimon desde el puesto de vigía, y se lastimó la mano al golpear con el puño los pedruscos del suelo. Pol subió a Bel a lomos del alazán y él tomó las riendas del caballo y empezó a caminar. La doncella cumplió la cita con la madre muerta, Pol disfrutó al fin de las delicias de un paseo y Raimon, cuando al fin salió de la espesura, se adelantó al futuro lamentándose en voz baja: “Maldito seas, Telesforo. Me arrebataste el amor de Telma y ahora, después de muerto, apareces entre los vivos, más joven y más apuesto que nunca, para impedirme gozar del amor de tu hija”. Hasta el anochecer no se presentaron Bel y Pol ante la cabaña de Raimon, que camufló el rencor con la preocupación del padre que teme por la hija ausente. Bel aceptó los brazos de Pol para bajarse del alazán y luego se acercó a Raimon aún con la frente sudorosa y los cabellos despeinados por el viento, con los ojos más verdes que nunca. Los campesinos y los pastores de Los Valles del Oeste no tendrían una diosa visible a la que adorar: Bel había descubierto que prefería ser una mujer, sentir y oler como la mujer que era. Esa noche apareció Telma en el sueño tardío y quebradizo de Raimon y le habló así: “Cálmate y descansa tranquilo, has cumplido mi encomienda. Has gozado con la belleza de mi hija, disfruta ahora con su felicidad. Eres un hombre bueno, Raimon, y debes defender tu bondad. Ama a Pol, como amas a mi hija, y en ese amor hallarás tu fortuna”. Pol tomó a Bel, y Bel tomó a Pol, durante un día y una noche de un verano nacido en pleno invierno para ellos. Sopló el viento cálido del sur durante todo ese día y durante toda esa noche, y el sol, la luna y las estrellas del estío alumbraron el cielo invernal para que la unión de sus cuerpos fundiera sus almas en un solo espíritu. El quinto y último hijo de Arturo entró en la cabaña de Raimon y le habló respetuosamente: “Señor, quiero a su hija por esposa, y ella me quiere a mí por esposo. Así se lo anuncié también a mi padre, y él visitará su casa cuando usted disponga. Sé que es muy grande el cariño que usted siente por Bel, que incluso vela por ella escondido tras los arbustos de los caminos. Pero no tema, señor; yo la protegeré con idéntico celo pues su vida es ya mi vida y sólo seré feliz si ella es feliz conmigo. Y si las estaciones venideras desmienten mis palabras, si mis actos futuros niegan mi verdad actual, arránqueme el corazón sin miedo a Los Dioses, pues entonces mi corazón será indigno de latir y usted matará a un hombre que no merece seguir viviendo”. Raimon, con el gesto adusto, pensó en las palabras de Telma y apenas asintió con la cabeza. En cuanto Pol se marchó, Bel le dio las gracias al padre adoptivo por consentir el matrimonio y luego se interesó por el motivo de su notoria pesadumbre. Raimon no respondió, alzó la vista y observó las marcas que los dientes de Pol habían dejado en el cuello de la mujer que había renunciado a ser una diosa por el amor de una réplica del padre verdadero. De pronto, la mano del mutilado se transformó en zarpa y sus dedos desgarraron las ropas de Bel. Ella no se cubrió los pechos ni el sexo cuando él la hubo desnudado; no ofreció resistencia, tal era su desconcierto, cuando sintió la cabeza y las babas del mutilado entre los muslos. Tampoco comprendió a continuación el llanto repentino del hombre arrodillado ante ella, incapaz de seguir mancillándola pese al hervor del deseo en la sangre, pese al incendio de la pasión en el que ardía todo él. Éste es mi relato y no sé contarlo de otro modo. La noche se muestra inclemente, y el día no será más benévolo conmigo ni con este perrillo que duerme a mis pies. Quizá saldríamos ganando ustedes y yo con el silencio que me tienta a paladear, callado, este licor, a seguir cuanto antes el ejemplo del perrillo que me acompaña, pero sólo deben meterse en deudas quienes pueden pagarlas y yo soy un menesteroso medio ciego, extraviado, que mañana no tendré nada, ni siquiera el ánimo suficiente para reproducir esta narración con la que intento corresponder a su hospitalidad. Cabalgaban los amantes en el mismo alazán para dejar atrás a Raimon, para amarse antes de que el mutilado les diese alcance y se apostara entre la maleza creyendo pasar inadvertido. “Tu padre no entiende todavía que su misión ha terminado, que ahora te protejo yo de cualquier mal con tanta voluntad como la suya”, le decía el amado a la amada, sonriente a veces, otras con el ceño arrugado. “Temo por él”, le respondía ella, y luego trataba de explicarle que Raimon tenía a su peor enemigo en el interior del alma, en esos lugares, mente, corazón, donde florecen o se agostan los sentimientos. Una tarde llegaron los amantes huidizos a una pradera cuya pendiente finalizaba en la orilla del río de Los Valles del Oeste. La muchacha se acercó a las aguas límpidas y frías que bajaban de Las Montañas. Pol, con la vista fija ella, oyó a sus espaldas el sonido de ramas partidas. Pensó que Raimon cada vez los perseguía con mayor ahínco, y por eso no volvió la cabeza ni se puso en guardia a tiempo. Le sonrió a Bel cuando ella lo miró, y sólo se percató del peligro que podían correr al observar el sobresalto plasmado en el rostro de su futura esposa, quien gritó: “¡Cuidado, Pol, cuidado!”. Giró Pol sobre sí mismo, retrocedió con la agilidad de un guerrero curtido en muchas batallas, y la rapidez de sus movimientos impidió que lo hiriese el puñal del hombre de las mejillas marcadas por algún pasado, como también impidió que lo hiriese el puñal del hombre de cabellos albinos y pupilas descolocadas. Los afilados puñales de hueso rasgaron el aire varias veces, sin lograr el objetivo homicida, y durante la lucha de intenciones contrapuestas fue creciendo el ardor de Pol en igual medida en que fue disminuyendo la combatividad de los agresores. Pol armó las manos con un leño que Los Dioses mismos parecieron situar a su alcance y entonces se mudaron las tornas, agresor el agredido. Pero como la desgracia mantiene siempre abiertas las múltiples vías de acceso al infortunio humano, Bel corrió en ayuda de Pol sin saber que obtendría justamente lo opuesto. El hombre medio desdentado se escudó tras ella, la sujetó por los cabellos, y Pol prestó más atención al agresor de la amada que al segundo contrincante, de modo que el hombre de las mejillas marcadas consiguió hundir el hueso afilado del puñal en su costado a la vez que el escuálido albino desgarbado, cegado por las pupilas de Bel, caía al suelo aferrado a ella y, en manos de la fatalidad, su puñal se hundía en el cuerpo de la diosa que había renunciado a serlo. Pol no gritó de dolor debido al sufrimiento de la herida, sino al descubrir a Bel tendida en la hierba con el puñal de Almudio clavado en el corazón. Blandió el leño y descargó la furia sobre Remedes. Éste recibió el golpe en la espalda, tras girarse y agachar la cabeza, y luego, seguidor de los pasos de Almudio, emprendió la fuga río arriba. El nuevo grito de Pol quebró otra vez el silencio de la tarde soleada, y el lamento de su voz se unió a la queja de Raimon, que llegaba a destiempo al puesto de vigía precisamente cuando esa vigilancia hubiese justificado el propósito que lo había guiado durante tantas jornadas. El padre adoptivo de Bel se arrodilló ante la hija, y Pol sólo comprendería el significado real de las palabras con que el mutilado había manifestado su aflicción muchas estaciones más tarde. Raimon acercó la mano temblorosa al pecho de Bel, y luego se la llevó a los ojos para ver los cinco dedos ensangrentados a través del llanto que lo cegaba igual que cuando Telma despreció su amor y se encaminó al barranco de los suicidas antes de que la retuviese el poder de la vida. “La han matado, la han matado”, repetía Raimon en su desconsuelo. Pol negaba con el gesto, desencajadas las facciones, víctima ahora de la mordaza de esa impotencia atroz que no consiente siquiera un mínimo desahogo. Sobre la hierba ribereña caía la sangre que manaba de su costado. Vio el puñal abandonado del agresor, lo tomó en la mano. El quinto y último hijo de Arturo el poderoso levantó el brazo armado por la ira para atentar contra sí mismo, para completar la tarea que Remedes no había finalizado, pero entonces el amor por Bel se transformó súbitamente en odio por aquellos dos hombres salidos de la nada que le habían arrebatado lo más valioso que alguien puede tener. No miró hacia atrás al alejarse en el caballo, al seguir los pasos de aquellas dos sombras que nublaron en un instante el cielo de su existencia. Pero Pol no perseguía: huía de tanto como había perdido, huía de la pesadilla que había suplantado a una realidad tan hermosa que acaso era demasiado bella para que un hombre la viviese. Pensaba en las caricias y en los besos que ya no recibiría de la amada, a la que tampoco podría ya besar ni acariciar, en la voz que ya no oiría, en las risas que ya no lo harían reír a él, y cada pensamiento alimentaba su deseo de venganza. Ignoro incluso lo que sé porque mis pasos han recorrido demasiados caminos y cuanto aprendí en las idas era mentira en las venidas. La bondad y la maldad se entreveran en mis palabras, al relatar los hechos que protagonizaron los personajes que aún me habitan, y a veces me duelen como nunca me han dolido algunos pasajes de este canto. Entonces advierto que hay cicatrices que cubren las heridas sin curarlas para que, en vez de cerrarse, se agranden hacia dentro, hacia lo más profundo de nuestro ser. Escasas son mis propiedades, ya lo ven, pero cuánto me hacen sufrir al recontarlas; no menos, sin embargo, del dolor que corresponde, en justicia, al desorden de mis actos. Nuestras existencias complementan los destinos ajenos, al igual que los días de otros condicionan nuestras vidas, pero recuerden que mis sentencias son el fruto de la osadía que proporciona la ignorancia; la prudencia de una mínima sabiduría eliminaría de mis labios estos alegatos que entorpecen mi narración en mayor medida que la refuerzan. Remedes y Almudio corrieron río arriba, por las rutas del norte, y Pol, en su huida imposible, los persiguió con la misma premura mientras presionaba el costado con la mano para cubrir la herida por la que fluía el hilo de sangre con que la muerte devanaba la madeja de su existencia. En ocasiones se acortaban las distancias entre el perseguidor y los perseguidos, y Remedes, que marcaba el paso a Almudio, maldecía entonces y buscaba lugares por los que no pudiese pasar aquel jinete que les seguía el rastro aun durante la noche, cuando no hay trochas, cuando deben adivinarse los caminos. Mascaba raíces Almudio, Remedes miraba hacia atrás y Pol cabalgaba a lomos de la desesperación. Llegó el alba, como llegó el nuevo atardecer, y el quebranto se manifestó en los perseguidos con idéntica violencia que en el perseguidor moribundo. Alcanzaron las primeras estribaciones de Las Montañas cuando el transcurrir del tiempo había dejado de tener sentido para los tres hombres que sólo en el futuro podrían hallar reposo; el infortunio, labrado en un instante, aspiraba a acompañarlos de por vida. En la noche de Las Montañas del Norte perdió el perseguidor las huellas de los perseguidos, y la luz de la mañana descubrió a un Pol agónico sobre el alazán: el caballo, detenido en la orilla de una trocha, piafaba, bufaba y volvía hacia él la cabeza de cuando en cuando. Incapaz de moverse, Pol abrió los párpados para reconocer el lugar donde habría de morir. Entonces distinguió una extraña figura, acaso humana, que se acercaba a él, alguien sin cuello, con dos cabezas. El jorobado se paró ante el jinete y pronunció unas palabras que el hijo de Arturo no entendió, como tampoco reconoció su propia voz al hablar para decir: “Soy Pol, y busco a quienes me han matado”. Eso dijo antes de caer del caballo sin sangre en las venas. El jorobado lo cargó a la espalda y se dirigió a la cabaña de Tobías y Melina los eternos, a los que servía. Tobías le pidió al sirviente que tendiese al hombre en el lecho más próximo al fogón. “Late su corazón, su corazón muerto”, sentenció el viejo Tobías, y miró a la esposa. Melina asintió con el gesto cuando sus sentidos corroboraron el dictamen del esposo. “Es muy joven”, repuso la anciana, y prosiguió diciendo: “Aún puede vivir otra vida si el olvido se muestra clemente con él”. El viejo miró a Pol, que parecía sufrir incluso en su inconsciencia, y luego contempló a Melina con el único ojo que le quedaba antes de hablar así: “Tú has decidido, mujer, que sea como has dicho”. Tobías alzó ahora el rostro hasta la faz monstruosa del sirviente, le pidió al jorobado: “Lleva dos perlas y tres piezas de oro a Nerea la bruja para que acuda a mi llamada, y de los tesoros con que nos obsequia Arquín el sabio elige también la piedra preciosa más grande que haya para que no falte ningún ingrediente en la poción de la hechicera, pues debe devolver la vida a un hombre que no desea vivir. Repite ante ella este juicio nuestro, mi buen criado, y para que no pierdas por el camino alguna perla o alguna pieza de oro, ni tampoco extravíes la piedra preciosa, toma como propio el objeto plateado que desees para la mujer que socorra la necesidad de tu sexo”. Obedeció con presteza el jorobado, llegó a Los Bosques del Este sin detenerse a descansar ni un instante y llamó a la puerta de Nerea cuando la noche bebía las últimas luces del día. Mucho hubo de insistir en su llamada el criado de Tobías y Melina los eternos, pero no más que otras veces en las que se le encomendó la misión de comprar los remedios de la bruja. La cabaña de Nerea, al igual que la vivienda de Arquín en Las Montañas, había sido construida ante la entrada de una gruta y, como en la casa del sabio, una puerta comunicaba con los múltiples pasadizos de la caverna: Arquín recopilaba conocimientos en su laberinto subterráneo, y Nerea, en el suyo, se citaba con los duendes del averno, que la ayudaban a preparar las pócimas. Si la curiosidad de Arquín lo había arrastrado a una locura desesperada con el transcurso de los años, los poderes de Nerea también habían deteriorado la mente de la bruja: la hechicera, como el sabio, sólo mostraba ya escasos momentos de lucidez. El servidor de Tobías y Melina los eternos dejó de aporrear la puerta al oír el sonido que provenía del interior de la cabaña, el ruido que hacían los cacharros que Nerea derribaba a su paso. Oyó luego el criado, cuyo nombre tampoco recuerdo ahora, la voz atiplada de la bruja: “Sé que eres tú, jorobado. Cualquier día romperás mi puerta con tus golpes. Tres advertencias te haré: la primera, que huelo peor que nunca; la segunda, que no me hables en tu lengua bárbara; y la tercera no la recuerdo, pero seguro que tú la recordarás. Advertido quedas”. Al fin apareció Nerea ante el jorobado con los luengos cabellos blancos cubriéndole la cara y el cuerpo; tan largos eran que le llegaban hasta los mismos pies y muy bien podrían servirle como vestimenta. “Dame lo que traes y yo sabré lo que desean tus amos”, se jactó la bruja. El jorobado le mostró las perlas, el oro y la piedra preciosa. “Vida, eso quieren”, adivinó la bruja, y continuó razonando con su voz atiplada en extremo: “Quieren vida, pero ellos son eternos, así que pasa y dime qué corazón se niega a latir”. El jorobado rehusó el ofrecimiento de la bruja con un rápido movimiento de las dos cabezas. Se extrañó la hechicera, le preguntó: “¿Por qué rechazas mi hospitalidad, jorobado? ¿Desconoces acaso que debes ser respetuoso cuando pides un favor?”. El criado de Tobías y Melina los eternos no ignoraba lo que la bruja ponía en duda, pero sabía cuál era la tercera advertencia que Nerea no recordaba, por lo que le habló así: “No me ofende tu olor, bruja, ya ves que no me tapo la nariz, y hablo en tu lengua, ya me oyes; pero no entraré en tu casa porque me ofreces algo que no se basa en tu voluntad, sino en tus olvidos”. Rio la bruja con la aguda voz antes de afirmar: “Eres tan feo como mis duendes, bárbaro, pero tienes buena memoria. ¿Qué escondes en tu mano?”. El jorobado abrió el puño y mostró tímidamente un anillo de plata. La anciana tocó el anillo tallado con sus dedos alargados y luego habló así: “Arquín es un artista, y un ignorante pues no aprecia su don ni acepta sus limitaciones de mortal. Y tú has elegido mal, jorobado. La mujer que yazga contigo esta noche, mientras yo preparo el bebedizo, te colmará de caricias, pero la próxima vez te pedirá un precio más alto por su cuerpo y entonces no hallarás entre los tesoros de tus amos una joya mejor para satisfacerla. El arte de Arquín la deslumbrará, y en su delirio se creerá más bella de lo que es y a ti te verá aún más monstruoso de lo que eres. Toma el sendero de la izquierda, jorobado, y a la mujer que te espera despierta exígele diez noches de amor, la de hoy y nueve más, a cambio de esa plata tallada que vale el doble. Gózala hasta el alba si te lo consiente tu apetito, pero no consumas todas las fuerzas. Mañana habrás de cargar conmigo en tus espaldas para subirme a Las Montañas, donde tus amos velan el sueño de alguien que no quiere despertar”. Calló la bruja, asintió el criado. El jorobado, que ya había iniciado el camino por el sendero de la derecha, cambió la orientación de los pasos para tomar el de la izquierda. Nerea había cerrado la puerta cuando el servidor de Tobías y Melina los eternos pasó de nuevo por delante de su cabaña. Oyó que la bruja le decía desde el interior: “Acepta consejos, bárbaro, pero no siempre te guíes por ellos. Párate un momento, que no recuerdo lo que debo preguntarte. Dos perlas, tres piezas de oro y una piedra preciosa, sí. Tobías y Melina se refugiaron en Las Montañas para no presenciar la muerte de más seres queridos, pero tampoco allí la eternidad les permite reposar ni un instante. En fin, jorobado, dime lo que no recuerdo”. El criado respondió: “No es una hembra, es un varón, y busca a quienes lo han matado”. El jorobado ya se disponía a alejarse cuando oyó decir a la anciana: “Hallará a quienes busca, y entonces morirá de nuevo. Tobías y Melina me piden vida para él, y vida le daré, pero sólo vivirá realmente cuando haya muerto por segunda vez”. Se reprodujo el estruendo de cacharros derribados al paso de la bruja y el ruido le indicó al jorobado que Nerea ya se encaminaba hacia algún pasadizo de la gruta habitada también por duendes del averno. La noche fue breve para el servidor de Tobías y Melina los eternos, abrazado a la mujer despierta que le ofreció las entrañas a cambio del anillo. Por la mañana, medio cegada por la luz del nuevo día, la bruja se fijó en él y lo vio pensativo y triste. Más tarde, ya acomodada en la espalda chepuda, le recriminó la lentitud de sus pasos con estas palabras: “Camina, jorobado, camina más deprisa. Has obrado bien, no te lamentes. La mujer te ha engañado, pero sólo porque tú te has dejado engañar. Nueve noches más junto a ella habrían significado tu perdición. Habrías acabado dependiendo de sus pechos y de su boca, de esos pechos y de esa boca que te ha ofrecido sin reparo a cambio de las otras nueve noches de sexo que le habías pedido. Arquín es un artista estúpido, tus amos son eternos y tan estúpidos como él y tú eres tan feo como mis duendes, pero la plata tallada con que el sabio ignorante compra a Tobías y Melina los trozos que se desprenden de sus cuerpos inmortales te ha permitido gozar de una hermosa mujer a la que también tú engañaste. Antes de sesenta soles y otras tantas lunas se presentará ante mi cabaña para deshacerse del hijo que hoy has engendrado en ella. Entonces yo le pediré la joya de Arquín y te la entregaré justo cuando amanezca dentro de un año. Te la devolveré, jorobado, porque no te ofende mi hedor y me recuerdas lo que olvido. Camina mientras pienso en las palabras del conjuro que debo pronunciar una vez que quien no desea vivir haya bebido la pócima que llevas en tu faltriquera; no recuerdo ya ninguna de ellas con tanta luz como nos alumbra, con tanta claridad como ciega mis viejos ojos”. No tardaron en llegar a Las Montañas ni más ni menos que lo que debían tardar. Se acortan las leguas al bajar, se alargan al subir. El hombre llanea cuando se lo permite el destino, pero a veces confunde la llanura con la monotonía. La mujer también sube y baja pendientes y se aburre en los llanos prolongados y sólo advierte después, al bajar o subir de nuevo, que llamó tedio a lo mejor de su vida. Afuera sopla el viento gélido y el frío que galopa en el aire nocturno refuerza la ventura de los que poseemos cerca de nosotros las ascuas de un fogón. Era alegre la embriaguez de Visen, el padre de Pit el enano y Pisón el gigante, el padre de Rosalinda, pero también en sus cantos, a veces, hacía estragos la tristeza; esa melancolía acaso necesaria para apreciar en su grado justo la felicidad, pues sólo en el invierno se agradece por completo el calor de los fogones. Y también sucede a veces que incluso el canto más festivo suena triste en los oídos de quien lo escucha porque ese hombre o esa mujer no oye sino lo que siente. Nerea no era mala, pero tampoco era buena: era buena en su maldad, como mala era en su bondad. Remedes no era un buen hombre, Raimon no era un hombre malo. Este relato, este canto de viejo, es mi única propiedad, y en ocasiones, ya lo he dicho, me duele demasiado. En mi vejez ignoro incluso lo que sabía en mi juventud de tanto como he visto y oído. La existencia me ha enseñado cuanto desconozco y cada día se agranda mi desconocimiento. El jorobado sujetaba con los brazos las piernecillas de la anciana. La bruja, subida a su espalda, se aferraba con las manos huesudas a la chepa mientras trataba de recordar el indispensable ingrediente oral de la pócima, el conjuro para el bebedizo de Pol. Durante varias leguas lloró el sirviente de Tobías y Melina por el hijo que no tendría, y al fin lo consoló Nerea diciéndole: “No llores, jorobado. Tu vástago morirá sin haber nacido, y por ello será más afortunado que tú y que la madre, pues la vida hiere y la muerte sólo mata, como muy bien deberían saber tus eternos amos”. Tardaron en llegar a Las Montañas lo que tenían que tardar, ni más ni menos, y el aire de los montes había secado las lágrimas del jorobado y había arrancado a la bruja muchos de los larguísimos cabellos cuando el esposo de Melina les abrió la puerta de su cabaña. “Te lo advertí, Tobías”, lo acusó Nerea con el largo dedo de bruja. El anciano asintió con el gesto. “Te lo advertí, Melina”, acusó la hechicera a la esposa de Tobías, ya en el interior de la cabaña, y también la señaló con el dedo. Asintió Melina con la cabeza y luego posó la vista en el rostro descolorido de Pol. La bruja tomó asiento junto al lecho del joven, y continuó hablando para decir ahora: “Os lo advertí a los dos: la muerte borra las huellas de la vida y, por muy lejos que vayáis, ambas os seguirán para acosarse en vuestra presencia”. Observó a los ancianos, rio y después habló así: “Te han salido dientes nuevos, Melina, aunque has perdido un brazo y una oreja. Te falta un ojo y medio pie, Tobías, aunque has recuperado la nariz”. Esto dijo la bruja antes de quedarse dormida de pronto con el hediondo bebedizo en el regazo. El jorobado, tras zarandearla repetidamente, consiguió despertarla. Entonces Nerea, medio dormida aún, confundió la pócima con su desayuno y se la llevó a los labios, y el sirviente de Tobías y Melina los eternos hubo de impedir que la bebiera. El criado alzó la cabeza de Pol y después le abrió la boca y se la mantuvo abierta hasta que Pol tragó aquel líquido turbio y fétido como el agua podrida. Pronunció la bruja el hechizo, que sólo recordó al practicarlo, y el amén lo puso Pol con un eructo prolongado y sonoro; menos audible y largo, no obstante, que el grito de protesta que salió de su garganta al recobrar el conocimiento y saberse entre los vivos, un grito que hizo volver la cabeza hacia atrás al jorobado, que ya descendía de Las Montañas con la bruja a la espalda. Pol tuvo que ampararse de nuevo en el odio para defenderse del amor. Le habló Tobías, como le habló Melina, y el hijo de Arturo y de los hijos de Arturo no comprendió cómo era posible que le hablaran con el pensamiento, pues las bocas de los viejos permanecían cerradas al hablar, y tampoco entendió que él mismo les respondiera sin pronunciar palabra alguna. Así le habló Tobías sin hablar: “Escúchame, Pol. Soy Tobías y desconozco qué maldición me ha convertido en eterno para ver morir a mis ascendientes y a mis descendientes todos”. Pol, sin responder con la voz, le contestó: “No quiero escucharte”. Melina, sin decir nada, le dijo: “Soy Melina, Pol, y comparto la maldición de mi esposo. También he visto morir a los seres que más amaba y, como Tobías, te ruego que nos escuches aunque no quieras hacerlo”. Pol se lamentó sin oír la propia queja: “Dos hombres han matado a Bel, que era mi vida, y ustedes no me han dejado morir cuando ya había conquistado la muerte. ¿Cómo podré vivir sin ella?”. Tobías explicó su intervención sin decir lo que dijo, que fue: “Tu corazón latía, Melina y yo lo comprobamos, tu corazón deseaba vivir a pesar de estar muerto. Te dimos vida para que averigües qué se esconde en ese futuro tuyo que nos pidió lo que tu presente rechaza”. Arquín el sabio buscaba el alma humana, el espíritu que rige los actos de un hombre o de una mujer, el origen de los pensamientos y de los anhelos, la fuente interior de la que manan las preguntas que ningún ser humano sabe responder. Las bestias nacen, se reproducen y mueren sin preguntarse por qué gozan o sufren. Gozan mientras dura el placer, sufren mientras dura el dolor y se alimentan cuando tienen hambre. Arquín analizaba el cuerpo humano y observaba que en nada se diferenciaba de los cuerpos de algunas bestias. Pero el instinto no era suficiente, como en las bestias, para explicar nuestras conductas ni para explicar que pretendiésemos explicaciones. Remedes y Almudio, con las abarcas rotas, con los pies ensangrentados, oyeron que alguien repetía: “Soy un cerdo, pero no soy un cerdo”. Descubrieron al sabio en lo alto de una peña. El anciano sólo reparó en ellos al cabo de un rato, cuando bajó la mirada del cielo. No hubo saludos entre Arquín y los perseguidos, no se cruzaron palabra alguna. Remedes siguió en silencio al viejo cuando éste empezó a caminar y Almudio siguió a Remedes. El sabio no cerró la puerta de su cabaña, y Remedes y Almudio entraron en la vivienda tras él. En el interior vieron los perseguidos una mesa y una silla. El fogón no estaba encendido, pero sobre un anafe hervía el líquido violáceo contenido en una extraña vasija transparente. La cabaña no estaba dividida en cuartos ni disponía de lechos. Como la fatiga pudo más en ellos que el hambre, Remedes eligió una esquina y se dejó caer sobre el suelo de tierra; Almudio, a su lado, hizo lo mismo. Arquín había desaparecido cuando Remedes y Almudio lo buscaron con los ojos escocidos por la excesiva vigilia poco antes de ser capturados por el sueño. En la pesadilla que ambos compartieron al despertar, Arquín abrió una puerta y les indicó con un gesto que lo acompañaran. Entonces observaron que el sabio les había cubierto las úlceras de los pies con un seboso ungüento, y al incorporarse y avanzar hacia él no sintieron las dentelladas del dolor, sino las del hambre. El viejo era más alto aún que Almudio, y del mentón le colgaban barbas de chivo. Vestía una túnica con manchas coloreadas y, como ellos, caminaba descalzo por los pasadizos de la gruta cuya entrada camuflaba la cabaña, al igual que sucedía con la cabaña y la gruta de Nerea la bruja, como ya les he narrado. Accedieron a una estancia muy amplia, iluminada por la luz de una tea de llama azulada, más intensa que el resplandor ambarino emitido por la antorcha que portaba Arquín. Sobre una alargada repisa natural había bayas frescas y frutos secos, cuajos de leche de cabra y carne salada de buey. De todo comieron los hambrientos mientras el sabio repetía: “Son cerdos, pero no son cerdos”. Apuró Remedes una jarra de vino, también bebió Almudio, y poco después oyeron un alarido procedente de algún lugar de la gruta que pronto derivó en lamento y luego en un llanto finalmente absorbido por el silencio. “¿Qué quieres de nosotros?”, preguntó Remedes al viejo. “Menos de lo que podría exigiros”, respondió el anciano sin moverse del centro de la estancia. “¿Y cuánto es eso?”, le preguntó Almudio. “Más de lo que estáis dispuestos a dar”, contestó Arquín. “Podemos matarte”, lo amenazó Remedes. “Podéis, en efecto. Sois dos contra uno, dos jóvenes contra un viejo. Pero moriríais al matarme pues no encontraríais la salida de esta gruta”, repuso el sabio, y a continuación apuntó con la antorcha hacia Remedes y le dijo: “Sé lo que estás pensando, hijo de El Mar del Sur. Hemos torcido dos veces a la izquierda, sí, pero de este laberinto no se sale por donde se entra. Compruébalo si lo deseas. Tuerce dos veces a la derecha y habrás perdido el tiempo y tal vez la vida; en el mejor de los casos, te hallarás de nuevo ante mí. Nadie hasta ahora ha entrado aquí y de aquí ha salido con vida sin mi permiso. Nicanore el artesano te ha marcado las mejillas con la inicial del nombre de la hija que más quiere, ya lo he visto mientras dormías, y también te ha castrado. Te he curado los pies para que continúes huyendo. No seré yo quien contraríe la voluntad del ilustre artesano de la piedra y de la madera si tú obedeces la mía. Conozco la tierra donde naciste, también conozco Los Desiertos y Las Ciénagas, donde creció tu compañero de huida, experto en alacranes y seguramente tan desconcertante y venenoso como ellos. Conozco Los Valles del Oeste, Los Bosques del Este, los territorios helados donde viven Los Bárbaros del Norte y otras regiones de las que vosotros no habéis oído ni hablar. Pero ya soy muy viejo y todo lo que conozco morirá conmigo sin remedio. Tobías y Melina, sin embargo, son eternos, pero sólo entienden de corazones, eso es cuanto han aprendido, cuanto han querido aprender, en su eternidad”. Arquín hablaba con voz grave, desafiante en ocasiones, a veces lastimera. En ocasiones sonreía al hablar, y a veces brotaban lágrimas de sus ojos azules. Remedes y Almudio guardaban silencio y, a intervalos casi regulares, se miraban entre sí; pretendían el amparo del otro al advertir el peligro que corrían, los dos en manos de la demencia del sabio. Arquín se movía por la estancia rocosa, blandía la antorcha a modo de espada cuando agredía a su propio destino y se mesaba las barbas de chivo, canosas como la rizada cabellera, cuando se percataba de que el destino lo derrotaría muy pronto aunque le hiciese frente sin desmayo. El viejo prosiguió el discurso diciendo: “He analizado los órganos que mudan ese Tobías eterno y esa Melina tan eterna como el marido, pero son órganos de mortales, en todo idénticos a los de hombres y mujeres corrientes. Necesito tiempo, ese tiempo que les sobra a esos dos inmortales como a mí me sobran las perlas de El Mar del Sur o el oro y la plata y las piedras preciosas de Las Montañas. Yo les doy lo que me sobra a cambio de sus desechos, pero ellos no valoran mis tesoros como debieran y yo tampoco hallo valor alguno en los desperdicios de sus cuerpos, esos cuerpos únicos que se regeneran para lacerarme en mi vejez. No me asusta la muerte. Incluso deseo saber qué se esconde tras ella. Pero será mi último conocimiento”. Se detuvo Arquín en medio de la estancia, inmovilizado por una súbita inspiración que le agrandó el tamaño de los ojos. Vociferó: “¡Dioses! Acaso muerto aprenderé cuanto desconozco vivo”. Como dejó caer la tea para llevarse las manos a las sienes, las llamas de la antorcha le incendiaron la túnica, y entonces los perseguidos se abalanzaron sobre él para apagar el fuego que ya lo envolvía; sus vidas dependían de la vida de aquel sabio enloquecido. “¿Tienes perlas, oro y piedras preciosas?”, le preguntó Remedes al viejo chamuscado. “Sí, pero me falta lo único que necesito”, respondió el anciano, y prosiguió hablando para decir: “Tengo doblones como los que escondéis en vuestros sexos, más doblones de los que seríais capaces de contar en lo que os quedase de vida en el supuesto de que llegarais a viejos. Pero el tiempo no puede comprarse y a mí me niega lo que despilfarra con esa pareja de cretinos que reniegan de la eternidad; esa eternidad que yo ansío tanto como vosotros codiciáis ya mis riquezas. Vosotros matáis por lo que yo tengo, y yo mataría por lo que no poseo”. “¿Qué podemos hacer por ti?”, le preguntó Remedes. “Menos de lo que sois capaces, que es más de lo que vosotros mismos creéis. Y esa desconfianza en vosotros mismos os impedirá conseguir lo que deseáis, puesto que ninguno de los dos se ha arriesgado a salir de mi laberinto por donde ha entrado”, sentenció el viejo. El sabio enarboló de nuevo la antorcha y pidió a los perseguidos que lo siguieran. Nerea la bruja aseguró a Tobías y Melina que la muerte sigue las huellas de la vida para borrarlas, y yo les dije a ustedes que la vida y la muerte caminan tomadas de la mano. Ignoro si ambas se acosan o si, por el contrario, ambas se entienden. Lo cierto es que afuera ulula el viento que mañana, si no antes, me azotará la cara con su silbo invernal y poco importa que ella tuviese razón o que la verdad esté en mis palabras. Los padres no deberían sobrevivir a los hijos; los padres tienen hijos para vivir en ellos después de muertos. A veces no es así. Y en ocasiones está bien que así no sea porque los padres que engendraron hijos y las madres que los parieron no desean vivir en los descendientes cuando éstos se convierten en villanos incluso para los propios progenitores. El hombre hace planes, como hace planes la mujer, pero la vida ya los ha hecho antes para ellos. Los consejos no deben tomarse siempre, como le advirtió Nerea al jorobado, pero es conveniente escucharlos cuando son gratuitos porque quien los escucha, aunque luego no los acepte, puede ganarse el aprecio de quien pretende compensar los errores pasados al darlos de balde. He perdido el hilo del relato y por eso hablo de lo primero que se me ocurre. Espero que este licor exquisito no impida que mi memoria regrese al lugar en que se ha extraviado. Arquín sabía que uno de los pilares de la creatividad humana lo constituye la atracción sexual entre hombres y mujeres, pero se resistía a pensar que esa base fuese la única. Muchas eran las dudas del sabio, pues mucho era lo que sabía. Muchas son mis dudas, pues mucho es lo que desconozco. Arquín anhelaba ver cuanto aún no había visto y por eso codiciaba el futuro. Yo, tan alejado de ese afán como Los Dioses de ese hombre o esa mujer que necesita creer en Ellos y que, sin embargo, no puede creer, no deseo ver más de lo que ya han visto mis ojos y por eso el porvenir del que ya no dispongo no significa una pérdida para mí, sino un consuelo. “¿Qué podemos hacer por ti?”, le preguntó Remedes a Arquín con el pensamiento puesto en los tesoros del viejo sabio. Pero esto ya lo he contado. Permítanme que me calle un instante para que mi recuerdo se oriente. Entre el temor y el respeto, entre el miedo y la codicia, los perseguidos siguieron al sabio por los pasadizos que comunicaban unas estancias con otras en aquella caverna, por las tripas vacías de la montaña en cuya falda estaba situada la cabaña de Arquín. El viejo los condujo hasta otra estancia iluminada por una tea que también ardía con una intensa llama azulada. En ella observaron los perseguidos extraños recipientes transparentes, similares a la vasija que habían visto sobre el anafe de la cabaña. Contenían un líquido amarillento, y Remedes y Almudio descubrieron con espanto que en la turbidez del líquido se mantenían sumergidos órganos humanos. “No todos son humanos”, les detalló Arquín, y continuó hablando así: “Pero todos ellos podrían serlo; el ojo de muchos animales es el ojo del hombre, y lo mismo sucede con el corazón o con cualquier otra víscera”. Remedes arrugó el ceño, y Almudio acaso sonrió, hasta que el sabio les pidió que se acercasen a una mesa que había en el centro de la estancia. Apartó el viejo la tela que cubría la mesa, y los perseguidos retrocedieron un paso al ver que el liviano tejido tapaba el cadáver destripado de un hombre. “¿Servís a la muerte y os asustáis ante un simple muerto?”, se burló de ellos Arquín. Remedes defendió su cuestionada valentía al exclamar: “No nos asusta el cadáver, sino lo que has hecho tú con él”. Dijo entonces Arquín: “Busco el alma, pues somos cerdos pero no somos cerdos. Fijaos bien en que la he buscado en cada rincón de este cuerpo, en las entrañas, en el pecho, en el sexo, en la cabeza”. El anciano tomó en la mano el cerebro del cadáver y lo acercó a los perseguidos antes de proseguir lamentándose de este modo: “Esto es la fuente de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos. Aquí debería estar, por tanto, el alma de este hombre que murió en mi presencia cuando yo lo decidí. Lo trepané en vida, en vida le abrí el cuerpo también, y ahora, que está muerto, su composición es, básicamente, la misma. Es él y, sin embargo, ya no es nada”. El sabio encajó de nuevo el cerebro en el cráneo del cadáver, se limpió las manos con los restos de la túnica quemada y contempló a los perseguidos con una mirada abatida por el fracaso. Entonces llegó hasta ellos otro alarido que, como el anterior, pronto descendió a la calidad de llanto y luego se diluyó en aquel silencio abrumador de la caverna. La queja de mujer sacó al viejo Arquín de su aletargada pesadumbre. El anciano enarboló la antorcha y anunció: “Se acerca la hora. Seguidme si queréis vivir, y obedecedme en todo y dadme las gracias pues no os exijo que uno de vosotros me entregue al otro para que busque en él su alma miserable”. “Jamás haríamos eso”, le contestó, desafiante, Remedes, y Almudio confirmó: “Jamás”. Acaso sonrió Arquín, o tal vez no delató exactamente una sonrisa la mueca que se plasmó en sus labios antes de hablar así: “No os engañéis. Vuestra complicidad os une tanto como os separa y por ello vuestra alianza no valdría ni la mitad de las monedas que yo ofreciese al vencedor por la vida del vencido. Camináis juntos, al mismo paso, pero sólo el andar os une, y por eso os alcanzará inevitablemente vuestro perseguidor, más o menos diestro en labores de persecución”. Remedes y Almudio siguieron al sabio por los pasadizos interminables del laberinto de la gruta. El hijo de Valior el pescador y Doria la dulce precedía al desgarbado cazador de alacranes y contaba el número de veces que torcían a la izquierda, siempre a la izquierda, para tener alguna referencia si la locura o la muerte del sabio le obligaban a desandar lo andado; la locura que se había apoderado de la sabiduría del viejo o la muerte que él mismo le daría si localizaba sus tesoros. La tercera estancia en que entraron era más pequeña que las dos anteriores; el suelo estaba cubierto de pieles, la luz de una antorcha la iluminaba tenuemente y un aroma agradable flotaba en el ambiente caldeado. Había una mujer tendida en un lecho. Era joven, de grandes y hermosos ojos claros, de cabellos rizados y pelirrojos. Arquín posó la mano sobre la frente de la muchacha, y luego le acarició la mejilla con la ternura que le permitía la crueldad. A continuación, apartó el sabio la manta que arropaba a la joven. Los perseguidos contemplaron entonces el vientre abultado de la muchacha, desnuda y sudorosa, que ya padecía los dolores del parto inminente. “¿Es tu esposa?”, preguntó Remedes al sabio con un interés menos expectante que asombrado. Arquín tardó en responder. Antes dio de beber a la joven un líquido de coloración idéntica al que hervía en el anafe de la cabaña al llegar a ella los perseguidos. Cuando el anciano se encaró con Remedes, le habló así: “En mí no hay lugar para el amor, hijo de El Mar del Sur, pero esta mujer posee para mí tanto valor como si fuese mi esposa. Ella alimentará mi sabiduría, así que tú y ese cazador de escorpiones, que siempre está detrás de ti y que mira por encima de tu cabeza, la colocaréis con delicadeza y premura en una parihuela y la trasladaréis hasta donde yo os indique. Ella será libre y rica cuando haya parido, y vosotros seguiréis huyendo cuando me ayudéis a sacarle del vientre la criatura que ha concebido sin semen de hombre”. El viejo les pidió que no respirasen el aliento de la joven; podrían quedarse dormidos en mitad de un pasadizo como ella dormía ahora, como ellos habían dormido durante tres días en el interior de su cabaña. “¿Hemos dormido tres días?”, se inquietó Remedes. “Y tres noches”, ratificó Arquín el desasosiego del perseguido. Después, con aflicción en la voz, habló así: “Habéis dormido hasta que necesité vuestras fuerzas; las mías ya se han consumido como leños en el fuego de mis días y me han dejado en poder de esta vejez de la que reniego y a la que me aferro por igual”. Remedes perdió la cuenta de los recodos que libraron dentro del laberinto de Arquín, el sudor perló la frente de Almudio, como si avanzase por las arenas ardientes de Los Desiertos en busca de alacranes, y el sabio aún les indicaba con la antorcha erguida el camino que debía recorrer la parihuela cargada con la mujer preñada por algún monstruo surgido de la demencia de otro monstruo. El viejo habló durante el retorcido trayecto sobre los posibles orígenes de la creatividad humana, sobre la capacidad destructiva, sobre el valor de la inteligencia, sobre Los Dioses. También habló sobre el alma que justificaba esa creación y esa destrucción y esa contradictoria inteligencia y esa necesidad de creer en Dioses. Habló Arquín y en sus palabras había toda la razón que faltaba en sus hechos, toda la sensibilidad, toda la piedad. Nerea la bruja era mala en su bondad y era buena en su maldad, y Arquín el sabio podía acariciar con ternura a una mujer antes o después de maltratarla. Las guerras se alimentan de la paz y la paz se alcanza guerreando, pero no me pidan que comprenda lo que digo cuando narro lo que he visto, que mucho ha sido; mucho menos, sin embargo, que lo que no he visto. La centella, hermana menor del rayo, mata al árbol para que una de las ramas muertas haga justicia y esa justicia disculpe a la muerte, pero tal vez Almudio no era más culpable que el alacrán que lo picó de niño y no lo mató con la ponzoña del veneno, ni más culpable tampoco que el sabio prisionero de su propia sabiduría, tirana como la ignorancia pero, sí, más cruel. Arquín y los perseguidos alcanzaron la protección de otra estancia rocosa, atiborrada de objetos raros. El anciano les ordenó entonces a los sirvientes que colocaran a la mujer sobre una especie de mesa deforme que había en la estancia circular. El viejo separó las piernas de la muchacha, a la que había rasurado el vello púbico, y le palpó los ya dilatados labios del sexo, por los que fluía un humor entintado de sangre. Remedes obedeció la nueva exigencia del sabio y se situó a la cabecera de la mesa y sujetó a la mujer, aún inconsciente, por los brazos. Arquín, tras ordenar a Almudio que se colocara a los pies de la joven y le sujetara igualmente las pantorrillas con las manos, acercó a la nariz de la mujer el líquido fétido contenido en una de las vasijas transparentes. Cuando la parturienta recobró el conocimiento, Arquín se inclinó sobre ella y le suplicó que intentase parir con normalidad el hijo que no sería su hijo, sino la materia de un estudio. Alegó Arquín que, de otro modo, si se veía obligado a abrirle el vientre, el parto artificial no constituiría la prolongación de un éxito, sino el comienzo de un fracaso. Parió la mujer al fin, cuando las teas amenazaban con extinguirse, y la contracción del rostro de la joven exhausta pasó entonces a la cara de Almudio y Remedes, tal era el espantoso aspecto de la criatura recién nacida. Arquín la tomó en el regazo y retrocedió ante los perseguidos como temeroso de que le arrebataran aquel engendro. Repetía el anciano: “¡Vive! ¡Vive!”. El sabio, más tarde, miró a la mujer, que aún jadeaba, y exclamó de nuevo: “¡Y ella también vive!”. Se calmó el anciano, observó a los perseguidos; les habló así: “Y vosotros viviréis si salís ahora mismo de aquí y torcéis siempre a la izquierda”. “¡Antes habrás de pagarnos, viejo loco!”, bramó Remedes, envalentonado al notar la debilidad que la emoción propició en el sabio. Se restableció Arquín, habló para decir: “Os pago más de lo que os debo con permitiros vivir, así que no tentéis a vuestra suerte”. El viejo arrojó algo al suelo. De la roca del piso empezó a salir humo blanquecino. Los perseguidos temieron que aquellos vapores los durmiesen con el sueño de la muerte y, entre maldiciones, emprendieron la huida. Remedes y Almudio tantearon con los brazos extendidos las paredes rocosas y de ese modo avanzaron penosamente por el oscuro laberinto del sabio. Oyeron el rumor de una corriente de agua antes de percibir la tenue claridad que comenzó a diluir las tinieblas que los rodeaban. Torcieron nuevamente a la izquierda y corrieron por el angosto pasadizo que los separaba de la libertad. Cerca de la salida, hallaron un hatillo con abarcas nuevas, una perla y un escorpión de oro. Remedes guardó la perla, y Almudio se quedó con el alacrán dorado. Una cascada formaba una cortina líquida que ocultaba la salida de la caverna. El agua de la corriente caía desde gran altura, y se estrellaba con fuerza contra las rocas y luego formaba el cauce de un riachuelo. Calzaron los pies y agradecieron el agua que los empapó cuando salieron al exterior, donde finalizó la pesadilla que habían padecido. En el riachuelo bebía el alazán de Pol. El jinete, pese a descubrir la presencia de quienes lo habían matado, no se apresuró; cuanto antes causara la muerte de los asesinos, cuanto antes le faltara a quién odiar, antes moriría sin morir como había muerto sin morir con el fallecimiento de la amada, de la hermosa Bel. Pol estaba más dispuesto a morir que a matar, y perseguía a los agresores de su dicha no para alcanzarlos, sino para ser alcanzado por ellos. Sin embargo, Remedes y Almudio vieron en su mirada derrotada la amenaza que no había en los ojos y treparon por las rocas hacia las cumbres nevadas de Las Montañas hasta que les sangraron las manos como antes les habían sangrado los pies. Los perseguidos volvían la vista atrás en los ventisqueros, en las cañadas, en las trochas que bordeaban precipicios sin fondo, y siempre distinguían a igual distancia de ellos, una distancia ni grande ni pequeña, la silueta del joven a caballo que los perseguía. Pol, lo mismo que Telesforo el impetuoso, atravesó Las Montañas sin bajarse en ningún instante del alazán. En la niebla que indicaba el inicio de las tierras heladas de Los Bárbaros del Norte perdió la pista del hombre de mejillas marcadas y del hombre de cabellos albinos. Desorientado, cabalgó por el páramo nebuloso y, transcurrido el segundo día de su extravío, cuando el hambre le recordaba que sus carnes vivían aunque su espíritu hubiese muerto, oyó el sonido de una flauta. Tardó algún tiempo en localizar al flautista. El músico era muy joven a pesar de los cabellos blancos y de las barbas cenicientas; vestía pieles y estaba sentado junto a un fuego con las piernas flexionadas y cruzadas ante sí. El flautista, sin dejar de tocar, miró a Pol, y éste vio en los ojos del joven el mismo llanto silencioso que él lloraba. El perseguidor se apeó del alazán y guardó silencio para no contaminar la armonía de aquella música que lo entristecía y lo deleitaba a la vez. Sólo recurrió a las palabras cuando el bárbaro separó el instrumento de los labios. “¿Hablas, por ventura, mi lengua?”, preguntó Pol. “La hablo”, respondió el joven artista. “¿Has visto pasar a dos rufianes por aquí?”, preguntó Pol de nuevo. “A nadie he visto en muchas jornadas, noble o ruin, pero no te fíes de mis ojos porque sólo quieren a mi amada”, respondió el muchacho. “Eres afortunado; de tus palabras deduzco que ella vive, mientras que yo sólo puedo amar a un recuerdo”, se lamentó Pol. “Ella vive, sí, pero la han alejado tanto de mí que pongo en duda que mi desgracia sea menor que la tuya”, correspondió el joven bárbaro con la queja al lamento de Pol. “Soy Pol, y busco a quienes me han matado con la peor de las muertes”, se presentó el hijo de Arturo el poderoso. “Soy Orlando, y entiendo lo que dices porque yo también estoy muerto aunque respire”, se identificó el muchacho. “Tocas muy bien la flauta”, aseguró Pol. “Y tú aún montas mejor a caballo”, afirmó Orlando. El flautista ofreció alimento a Pol. Éste, agradecido, lo aceptó de inmediato. También sacó Orlando de la talega pieles curtidas para que Pol las vistiese, ya que sus ropas de extranjero no eran apropiadas para la severidad de aquel clima. Pol le habló a Orlando de la hermosura de Bel: de sus cabellos, más dorados que la luz solar; de sus ojos, más verdes que las hierbas frescas de Los Valles del Oeste; de su voz, tan agradable como la melodía que acababa de escuchar; de su alma, tan pura que había merecido, a juicio de los habitantes de Los Valles del Oeste, los honores destinados a Los Dioses. Orlando le habló a Pol de la belleza de Nirvania: de sus cabellos, más claros que el blancor de la niebla; de sus ojos, más grandes que la luna llena; de su voz, que había enseñado cada nota a su flauta; de su alma, tan generosa que los pobladores de los hielos la habían elegido princesa de aquel reino. “Y por eso la perdí”, se afligió el flautista, quien relató su historia al extranjero con palabras impregnadas de una tristeza que ustedes tendrán que imaginarse mientras yo, con la fidelidad que siempre procuro, reproduzco lo que dijo, que fue esto: “Nirvania y yo nacimos el mismo día, durante la estación de los soles, en una aldea por la que pasan los hombres de las nieves cuando van a cazar y por la que vuelven a pasar cuando regresan cargados con la caza. La amistad que unía a nuestros padres nos permitió jugar juntos los juegos de la infancia y aprender después, en la adolescencia, las mismas enseñanzas con que nos iba obsequiando la vida. Para entonces mi espíritu ya pertenecía a Nirvania y yo veía el mundo a través de sus ojos, y no sabía respirar otro aire que ella no respirase también, y ningún perfume me resultaba más fragante que las esencias que emanaban de su cuerpo. Aprendí a tocar la flauta porque a ella le gustaba su sonido. Reía Nirvania y yo reía, y yo guardaba silencio si ella callaba. La ayudaba a curar animales heridos y, como ella, pedía a los hombres de las nieves que no fuesen impíos al matar, durante la caza, aunque sólo le hiciesen caso a ella y se burlasen de mí. Un día me besó y la besé, pero respeté su virginidad sin saber que aquella renuncia labraría mi desventura presente. Por entonces, los hombres de las nieves cantaban por todo el reino, en sus largas idas y venidas, las excelencias de la belleza de Nirvania, de mi prometida ya. Mi madre, con el pensamiento en un futuro posible, me habló demasiado tarde del pasado para recordarme la tradición de nuestra patria, una tradición que me inquietó con un desasosiego sólo comparable al amor que sentía por Nirvania. Corrí a su encuentro, bien sabe nuestro Dios que me apresuré como nunca, pero mi desgracia fue aún más veloz que el ritmo de mis pasos y se me adelantó. Cuando llegué a su cabaña, dos soldados reales custodiaban la puerta y me impidieron la entrada. Yo les grité que Nirvania era mía porque yo era suyo. Sus padres les aseguraron lo mismo, y también Nirvania les repitió lo que yo había gritado. Pero Nirvania era virgen, y sus cabellos eran más claros que la niebla, y sus ojos eran más grandes que la más grande de las lunas llenas, y su voz cantaba al hablar, y su alma reconfortaba los espíritus pues era cálida como el brasero llameante de un hogar en el que hallan amparo los cuerpos ateridos, por lo que sería la nueva princesa del reino, digna únicamente de un príncipe. Aquella misma noche desafié a la guardia y repté por el suelo nocturno como una serpiente hasta llegar a la ventana del cuarto donde la tenían recluida antes de trasladarla al palacio del lago. La guardia había sellado la ventana con dos tablones fijados en cruz. Nirvania atendió el reclamo de mi voz susurrante con la urgencia debida y rápidamente depositó en mi mano un puñal y me pidió que le desfigurase el rostro si no me importaba amarla con cicatrices en la cara como la amaba sin ellas. Entonces dudé, sí, pero nuestro Dios bien sabe que mi vacilación no cuestionaba mi futuro amor por Nirvania, que aun desbordaría, si ello era posible, las dimensiones de mi amor presente pues contemplaría esas cicatrices y recordaría al verlas, al besarlas, que había renunciado a su belleza para entregarse a mí. Si dudé fue porque no pensé sólo en ella o en mí, si dudé fue porque la imaginé princesa de un reino necesitado de princesas como ella. Mi duda se prolongó hasta que nos descubrieron. El paladín del rey, que adivinó en Nirvania la intención de desfigurarse a sí misma, atajó su decisión con la promesa de perdonar mi osadía, a la que correspondía la pena capital, si ella no atentaba contra su hermosura. Dio su palabra el paladín a cambio de la palabra de Nirvania, y ambos la cumplieron y me condenaron a vivir la misma muerte que tú vives, extranjero”. Asintió Pol con la cabeza y, en su pesadumbre, halló estas palabras: “Mueres con mi misma vida, es cierto. Yo sólo puedo decirte que busco a los rufianes que mataron a Bel, en la que yo alentaba, y que ni siquiera sé por qué procuraron nuestro mal. Tú me hablas de un reino, de una princesa únicamente digna de un príncipe. Me has contado las cualidades que debe poseer una princesa, pero ignoro los valores que se le exigen a un príncipe. Si una mujer como la bella Nirvania es merecedora de tan altos honores en este reino de tradiciones inclementes para mí, un extranjero ignorante de vuestras costumbres, ¿acaso un hombre como tú, que piensa en los demás antes que en sí mismo, no reúne méritos suficientes para que también lo elijan príncipe?”. Orlando suspiró largamente antes de hablar así: “Espero que los consejeros del rey, y el propio rey, compartan tu opinión si encuentro al valedor que arriesgue la vida por mí, un riesgo dos veces mayor que el peligro al que yo me exponga”. El flautista explicó a Pol las costumbres que, en materia regia, imperaban en su patria desde tiempos ancestrales. Cuando Dios dotaba a una mujer con las gracias de Nirvania, esa mujer, necesariamente virgen, era proclamada por los hombres como princesa del reino. El alborozo se generalizaba; los creyentes sabían entonces que su fe había obtenido la recompensa de un regalo divino. Los enviados reales recorrían la patria en todas las direcciones de los vientos y, junto con el anuncio de la buena nueva, declaraban abierto el plazo para la presentación de candidaturas a príncipe. En épocas pasadas, de gran prosperidad, habían servido al pueblo muchos reyes y muchas reinas a la vez, pero desde hacía varias décadas escaseaban los príncipes y las princesas y se habían vivido tiempos difíciles; tiempos en los que la enfermedad y el hambre se habían abatido sobre sus compatriotas con tal virulencia que algunos habían atravesado Las Montañas enloquecidos; tiempos en los que Los Bárbaros del Sur, una partida de fanáticos, habían asolado tierras y segado vidas en el reino. El flautista prosiguió contando que la princesa era conducida al palacio que se levantaba en una isla protegida por las aguas de un lago muy extenso, unas aguas plagadas de remolinos capaces de tragar embarcaciones enteras. Allí vivía hasta que los consejeros del rey, y luego el propio rey, seleccionaban los candidatos a príncipe. El candidato elegido debía contar con un valedor que condujese su barca hasta la isla. Después, cumplida la misión, el valedor tenía que regresar, con lo que exponía dos veces la vida al peligro de los remolinos, cuya situación precisa sólo conocían el rey y algunos súbditos de confianza. Al candidato se le concedía un tiempo limitado para conquistar el corazón de la princesa. Si transcurrido el plazo no lo conseguía, era conducido por los soldados ante el rey para ser nombrado consejero o paladín real, y el candidato que hubiese quedado en segundo lugar intentaba entonces triunfar donde el primero había fracasado. Narro lo que vi y lo que oí. Suelen mentir los recuerdos, a veces con saña, otras con benevolencia, mienten más cuanto más viejos, pero no olviden que mi memoria pretende ser fiel a la realidad de los pasados que les narro, que no les pago con los embustes de la voluntad. Pol se admiraba con las explicaciones de Orlando hasta donde le permitía su tristeza, hermana gemela de la aflicción que embargaba al flautista. El muchacho continuó hablando y dijo que, entre los vástagos engendrados por los príncipes, se convertía en rey o en reina el varón o la hembra que mejor comprendiese, tras recorrer el reino, las necesidades del pueblo. Los príncipes y el resto de sus hijos se quedaban a vivir para siempre en la isla y pasaban a ser servidores de nuevas princesas y príncipes. Los hijos del rey o de la reina no heredaban la corona ni obtenían favores que no ganaran con el propio esfuerzo. Sólo en una ocasión la hija de una reina había sido proclamada princesa, justamente la madre del rey que menos tiempo había servido al pueblo a lo largo de la historia. Se calló Orlando, y Pol, tras meditar un rato, le preguntó esto: “¿Podría ser yo tu valedor?”. El flautista reconoció su propio mirar en la mirada de Pol y al fin respondió: “La tradición nacida de la voluntad de nuestro Dios no impide que lo seas; las fronteras de nuestra patria no las delimitó Él, sino los hombres”. El apuesto Pol habló entonces para decir: “Cuenta conmigo, yo seré tu valedor. Si tú tienes el valor, yo tengo el desconsuelo para impulsar los remos de esa barca que te lleve hasta Nirvania”. Orlando repuso de inmediato: “Nada puedo ofrecerte a cambio, y debes saber también que, como la mitad de los candidatos perecen en las trampas de los remolinos, sólo sobreviven la cuarta parte de los valedores”. A continuación, razonó Pol del siguiente modo: “Convendrás conmigo en que nada pierdo si me ahogo en esas aguas traicioneras; soy esclavo de la vida y la vida demuestra menos compasión con los esclavos que la muerte, por lo que tus cálculos sólo a ti deben importarte. Me aseguras que no puedes ofrecerme nada, pero te equivocas: me pagarás cumplidamente si besas a Nirvania dos veces cada vez, la primera con tu beso y la segunda con el beso que yo no depositaré en los labios de Bel”. A Pol se le quebró la voz y lloró como sólo un hombre valeroso puede hacerlo, como nunca había llorado y como nunca más habría de llorar. Orlando el flautista extendió el brazo y unió la mano a la de Pol antes de decir: “Que así sea. Me pides como recompensa que duplique mi placer si yo recupero la felicidad que nos arrebataron a ambos, me pides que sea feliz por ti y por mí. Procuraré no pagarte menos de lo que mereces. Para que Nirvania me ayude a saldar la deuda, si en algún momento decrece la pasión con que la amo, le contaré la promesa que te debo, como también le contaré que mi valedor habría podido ser mi más duro rival”. Fue largo el camino que recorrieron hasta el poblado donde vivía el rey. Durante el viaje, pasaron muchas noches al raso; era infrecuente que el término de sus jornadas, cuya duración marcaba el nacimiento y la agonía de la luz diurna, coincidiese con la localización de alguna aldea. Orlando protegía a los caballos del frío nocturno con mantas de piel, y luego armaba su pequeña tienda de palos y cuero, en la que se cobijaba con Pol hasta la llegada del alba. En los poblados les preguntaban por su destino, y los aldeanos se mostraban extremadamente hospitalarios con ellos, y Orlando tocaba la flauta para los generosos anfitriones con el prodigio de su arte. A Pol le costaba gran esfuerzo visual distinguir a unos bárbaros de otros, ya fuesen hombres, mujeres o niños; además de vestir las mismas pieles, los cabellos de los varones y de las hembras eran igual de largos, lacios y cenicientos. Los chiquillos se acercaban a él y le acariciaban los suyos, muy oscuros y ondulados, recuerden, también las barbas negras, y mucho se admiraban cuando fijaban la mirada en sus ojos del color de las noches sin luna. A veces, el flautista le advertía a Pol: “Perderás las huellas de quienes persigues”. Pol le respondía con pesadumbre: “Tengo el resto de mi vida, de mi muerte, para hallarlas”. Recorrieron valles y estepas, atravesaron bosques de árboles gigantescos y bebieron agua en riachuelos donde abundan peces plateados y dorados. Cuando la tierra temblaba, Orlando buscaba la protección de algún altozano riscoso desde el que Pol, asombrado, veía cómo se desbandaban manadas de bóvidos de especie desconocida para él. Un día, al ocaso, resultó que se encontraron en el mismo lugar por el que habían pasado tres jornadas antes. Al saberse burlado por los propios caminos de su patria, Orlando desconfió como nunca de sus aptitudes para ser príncipe. En la confusión de los sentidos creyó ver el rechazo divino, y sólo abandonó la infundada creencia al localizar, en su doble extravío, un mojón que señalizaba la dirección que debían seguir para llegar al poblado real. Entraron de anochecida en la población, situada en lo alto de un cerro. Orlando preguntó por la vivienda del rey y, siempre con Pol a su lado, llegó ante ella a la vez que otro candidato, al que acompañaba todo un cortejo de pajes. Declararon las intenciones a la guardia y los dos candidatos a príncipe, junto con los valedores, fueron conducidos a las dependencias que habitarían hasta ser reconocidos por los consejeros reales. Como tuvieron que aguardar varios días en sus estancias, los dos candidatos trabaron amistad entre sí, y también con quienes los atendían, que resultaron ser jueces de incógnito que observaban, durante el trato diario, el comportamiento de aspirantes y valedores. Una mañana los reclamó el rey. Los recibió en una pequeña sala, en la que sólo había cuatro sillas dispuestas en semicírculo. El rey, de pie, les rogó que tomaran asiento, los candidatos en las dos sillas centrales y los valedores en las posiciones extremas. El rey ya no era joven. Habló muy despacio, y por eso Pol, que aún no dominaba bien aquella lengua extranjera, no tuvo dificultad en entenderlo.  Paseaba el reflexivo rey al hablar, y a veces se detenía ante el aludido por sus palabras y posaba la mano en el hombro del candidato o del valedor. Comenzó diciendo: “Mis consejeros me han informado que cometeré un error al decidir sea cual sea mi decisión, pues ninguno de vosotros dos merece ser elegido en segundo lugar. Los dos habéis venido de muy lejos, y de la misma región que la princesa Nirvania. Tú, cazador de las nieves, sabes matar animales sin causarles dolor; y tú, flautista, sabes aliviar el dolor de los animales heridos por quienes no atinan a matarlos con limpieza. Tú, flautista, amas ya a Nirvania; tú, cazador de las nieves, deseas amarla”. Hizo el rey una pausa y luego dijo: “Sois afortunados al contar con valedores que tal vez den la vida por vosotros. Tú, cazador de las nieves, has entregado cuanto poseías a este hombre, que a su vez ha repartido tu riqueza entre los suyos pues sólo cuenta con una posibilidad entre cuatro de disfrutar de los bienes que te pertenecieron; y tú, flautista, has hallado en tu camino a este perseguidor que ama con tu mismo amor y por eso quiere para ti lo que él no puede tener”. Tras otra pausa, prosiguió hablando el rey para decir: “Habéis de saber que ya me he equivocado, pues ya he decidido. Ya he decidido a pesar de que aún me duele como el primer día la muerte de mi único hijo, fallecido poco antes de que llegarais vosotros. La princesa también está triste, pero en nuestros sacrificios hallaremos nuestras recompensas si nuestras lágrimas presentes engendran sonrisas futuras en este pueblo al que servimos. Tú, flautista, eres el causante de la tristeza de Nirvania. Cuentas, sí, con la ventaja de poseer el amor de la princesa, y por eso el cazador de las nieves será el primero, y acaso el único, en cruzar las aguas del lago. Te dirás, flautista, que el cazador de las nieves perderá el tiempo, y tal vez la vida, en el intento de ocupar tu puesto en el corazón de Nirvania. Pero la princesa no ignora que tú estás aquí, y que serás el próximo en desafiar el poder de los remolinos si rechaza mi elección. Temerá por tu vida y entonces hará todo lo posible para protegerla del peligro y por eso deseará enamorarse de tu rival, y el querer amar es el primer paso hacia el amor, un paso que empequeñece los defectos y agranda las virtudes de la persona cortejada hasta límites incluso inconvenientes en ciertos casos. Te dirás, flautista, que la lógica no ha guiado mi decisión al elegir en primer lugar al cazador de las nieves. Sus méritos, sin embargo, son tantos como los tuyos. Si yo te hubiera elegido a ti, él no tendría más oportunidad que la concedida por las aguas del lago misterioso. Sin duda habría sido más fácil para mí la elección contraria, pero, en un principio, hay que desconfiar de la facilidad. Las esperanzas del cazador de las nieves morirían al sobrevivir tú, mientras que si él sobrevive tus esperanzas no morirán en ese mismo instante; el amor con que te ama Nirvania puede superar el temor que siente por tu vida. Tú, cazador de las nieves, parte cuando desees para afrontar la difícil empresa; y tú, flautista, serás uno de mis consejeros si tu rival triunfa donde fracasaría con mayor probabilidad sin tu ayuda, sin esa ventaja tuya tan engañosa pues es tu desventaja más grande”. Partieron el cazador de las nieves y su valedor, y esa noche Orlando tocó la flauta para el rey, quien mucho sufría en verdad por el hijo perdido. Yo, ya lo he dicho, ignoro incluso lo que sé. Pese a ello, opino y juzgo a veces, así que no tengan en cuenta más allá de lo que estimen justo mis opiniones y mis juicios de peregrino. También les aseguro que en muchas ocasiones no sé si lo que digo se corresponde con lo que realmente pienso porque los sentimientos entorpecen la razón. Un paladín anunció que el cazador de las nieves había salvado los remolinos, que ya vivía en la isla del lago. Su valedor, en cambio, había perecido en las aguas al regresar en la barca. Había perecido pero no merecía duelo alguno: había intentado sobornar a quienes sabían la situación exacta de los lugares donde bebía la muerte. La espera de Orlando forzó la permanencia de su valedor en la aldea real. Las estaciones se sucedieron con idéntica lentitud en los ánimos de ambos. Llegó el día más largo del año cuando tenía que llegar, tardío para unos, raudo para otros. Ese amanecer trajo consigo al derrotado cazador de las nieves. Le deseó al flautista la misma suerte que a él lo había acompañado en la travesía de las aguas del lago y después le dijo: “Las estaciones que pasé al lado de Nirvania valen más que cuanto tenía y no me arrepiento de ser pobre en posesiones porque soy rico en mi interior. Dios está en ella, y, amándola, he aprendido verdaderamente a amar a nuestro Dios con un amor que me colma de felicidad aun en mi fracaso. En este mundo no gozaré más de la belleza excepcional de Nirvania, es cierto, pero mi fe me permite ver otro mundo en el que las excepciones que aquí admiramos sólo constituyen el preludio de lo que a todos nos aguarda en él. Me hablaste de los dones de Nirvania, flautista, y en modo alguno exagerabas. Ella teme por tu vida, sí, pero, como el rey aventuró también, su amor por ti es mayor que su miedo y no le ha consentido engañarse a sí misma ni tampoco le permitió engañarme a mí al llegar la hora del pronunciamiento. Me aceptó como esposo para proteger tu vida, flautista, y por un instante mi egoísmo no quiso fijarse en las lágrimas escondidas tras sus ojos y pudo más que mi honor. Fui príncipe por un instante, y, porque la amo, me culparé siempre de haberla obligado a pronunciarse, me culparé siempre de ese instante en el que fui príncipe. Durante ese instante negué mi amor por ella, y únicamente me queda el consuelo de haber rectificado mi conducta a tiempo de evitar un error más grave”. Así habló el cazador de las nieves, el nuevo paladín del rey de Los Bárbaros del Norte. El amor lo había conducido a la fe, y en esa fe había hallado la paz de su espíritu enamorado. Yo repito que ignoro incluso lo que sé porque ese mismo amor y esa misma fe del cazador de las nieves habitó en el pecho de Telesforo el impetuoso y éste, en cambio, no halló sino el camino de la guerra. Muchos murieron en ella, ya lo saben, y la mayoría de los supervivientes de su ejército deseaban la muerte para no ver ante sí los rostros inocentes de quienes habían matado, los rostros atormentados de hombres, mujeres y niños que salían de las tumbas y atravesaban Las Montañas para poblar las pesadillas de sus sueños como poblaban la realidad de sus vigilias. El apuesto Pol, el valedor de Orlando, acarició a su caballo y suplicó a la guardia real que, si él perecía, cuidasen del noble y veloz alazán. El flautista y Pol fueron trasladados hasta las orillas del lago, distante varias leguas de la colina donde se asentaba la regia población. La niebla impidió que el aspirante a príncipe y el valedor, el perseguidor de Remedes y Almudio, estimasen las dimensiones del lago de aguas engañosamente tranquilas. Orlando entregó la talega a un soldado con el ruego de que se la diese al valedor si el extranjero debía seguir viviendo. A continuación, subió a la sencilla barca que le ofrecieron y, como no era experto en el arte de navegar y su pensamiento se encontraba en el punto de llegada y no en el lugar de partida, casi la hizo zozobrar. Pol no demostró mayor pericia al seguirlo, y se percató de que remar no es tan fácil como parece cuando asió los remos y pretendió impulsar la embarcación hacia la lejana isla perdida en la niebla. Sólo enderezó el rumbo al tomar los consejos que los soldados le voceaban desde la orilla. Orlando se aferraba a la flauta, como si el instrumento fuese la propia mano de Nirvania, mientras Pol remaba, o eso intentaba, en medio de aquella atmósfera cegadora que los envolvía, en medio de aquel silencio espeso que únicamente rompían, de cuando en cuando, rugidos acuáticos que a veces oían distantes y muy cercanos en otras ocasiones. Habían partido al alba, y cumplido estaría el mediodía cuando empezaron a temer que hubieran dejado la isla atrás sin haberla descubierto. “¡Allí, allí!”, exclamó el flautista al divisar una huella oscura en el manto impoluto de la niebla. La decepción de Orlando, y la de Pol, no fue mayor que el asombro de los soldados que los habían despedido al hallarse de nuevo frente a frente: la barca había regresado con el esperado valedor, y con el inesperado candidato a príncipe, al mismo lugar del que había partido. Los torpes navegantes aceptaron alimento, pero se negaron a aplazar la travesía hasta el día siguiente y buscaron mejor tino en cuanto Pol recobró las fuerzas. El sol lucía en la isla al llegar a ella los navegantes. Orlando, antes de bajarse de la barca, posó la mano en el hombro del valedor, y entonces Pol le dijo: “Dos veces, recuerda”. El flautista asintió con la cabeza y le respondió: “Sólo saldaré mi deuda contigo el último día de mi vida o el último día de la vida de Nirvania, más limitadas nuestras vidas que nuestro amor. Si entre ella y yo el amor es tan fecundo como sincero, el primero de nuestros varones llevará tu nombre, y la primera de nuestras hembras se llamará Bel, y todos mis hijos conocerán la desgracia que se cebó en vosotros, el infortunio que permitió la unión de sus progenitores. Todos ellos sabrán por qué los labios de sus padres se unen dos veces al besarse”. Exquisito este licor que ustedes me han ofrecido, delicioso en verdad. Como les iba narrando, Orlando alcanzó la isla de la amada sin más contratiempos que los debidos a la impericia de Pol como remero. Éste también llegó con el atardecer a la orilla desde la que reanudaría la persecución que en realidad era una huida de sí mismo. Pasó la noche en el poblado real con la intención de partir al amanecer. Cuando la luz del alba acudió a despertarlo, vio ante sí al rey de Los Bárbaros del Norte. El rey contempló la piedra que sostenía en la palma abierta de la mano, luego habló así: “Esto que ves, esto que voy a darte, no es lo que parece, no es una piedra cualquiera, sino el fragmento de una estrella. Sé que vosotros, Los Bárbaros del Sur, tenéis muchos Dioses, como tú sabes que nosotros, Los Bárbaros del Norte, tenemos un solo Dios. Pero tus Dioses y mi Dios son idénticos en su esencia pues los hombres y las mujeres de un lado y otro de Las Montañas no somos distintos ni en los gozos ni en los sufrimientos. La noche en que falleció mi hijo, miré las estrellas que lucían en el cielo y mi pesar se llenó de esas preguntas que nos hacemos a veces, de esas preguntas que carecen de respuesta y que confirman la existencia de tus Dioses y de mi Dios desde el momento mismo en que somos capaces de plantearlas. Entonces observé que una estrella se desprendía del firmamento y venía hacia mí envuelta en el fuego que la iluminaba. Cayó cerca de aquí. Tembló la tierra y yo hube de abandonar mis cuitas para tranquilizar a mi pueblo con un sosiego que yo tampoco tenía. Cuando llegamos al lugar del impacto, la estrella era ya una simple roca entre las demás rocas, un misterio que había descendido desde las alturas celestes para transformarse en un misterio aún mayor. Pedimos respuestas a las preguntas que nos hacemos en nuestras aflicciones, pero tal vez tus Dioses y mi Dios no nos contesten para que nuestras vidas no pierdan el encanto que en el fondo alberga el ignorar de dónde venimos, hacia dónde vamos, qué somos en realidad. Acepta, pues, este regalo que te doy y juzga tú mismo el valor de esta piedra que respondió a mis preguntas con otra pregunta”. Pol agradeció el desconcertante presente del rey y volvió a prestarle atención cuando añadió: “Los dos hombres que buscas aún están en el reino al que sirvo. Ignoro si me equivoco al darte razones de ese paradero. Todos perseguimos algo, y nuestra vida tiene el sentido que depositemos en nuestros anhelos. ¿Qué sentido tendrá tu vida cuando alcances lo que pretendes si sólo te guía un propósito condenado a extinguirse en el instante en que lo satisfagas?”. Pol le respondió: “Mi vida no tiene ya ningún sentido. Esos hombres a quienes persigo han arruinado mi futuro, y únicamente procuraré arruinar los suyos para que la violencia de sus actos no cause en otros hombres o en otras mujeres la desgracia que yo padezco”. Escuchó el rey con gran seriedad las palabras de Pol, y se despidió de él hablando así: “Entonces cabalga hacia el oeste y al cabo de muchas jornadas llegarás a la región de Los Hielos Azules, donde nació mi padre”. Pol colocó la talega de Orlando en la montura, acarició al caballo y salió al trote del poblado real para dar fin a su historia en las leyendas de Los Bárbaros del Norte. Siento las mejillas encendidas por el licor que paladeo y por la leña ardiente que en el fogón crepita con chasquidos poderosos. La vida me acaricia ahora con una mano que mañana me golpeará. Seguiré con mi canto si ustedes lo desean. Remedes y Almudio también se perdieron en la niebla cuando bajaron de Las Montañas. Su extravío no les causó sino alborozo; su propia desorientación había despistado a su perseguidor y al fin podían dar descanso a los cuerpos fatigados. Hallaron unos arbustos cargados de frutos rojizos. Como el hambre dulcifica los sabores, no les supieron demasiado amargos. Poco después de comerlos, los vientres se les llenaron de gases. Al principio, entre risas y bromas, los expulsaron con prolongados eructos y fortísimas ventosidades. Más tarde, cuando la diversión de la novedad se convirtió en una preocupante molestia, advirtieron que se les inflaban las barrigas a pesar de los eructos, no menos interminables que las ventosidades. Penosamente avanzaron por aquel territorio de climatología hostil hasta que, entre lo abultados que tenían los vientres y lo heladas que tenían las extremidades, creyeron llegada su última hora. Despertaron del sueño y, antes de mirarse el uno al otro, observaron que estaban en una tumba abovedada en cuyo centro ardía la llama de un pábilo. Yacían sobre cálidas pieles, y sus cuerpos desnudos habían sido cubiertos por un grasiento afeite que olía como el ungüento que Arquín el sabio les había aplicado en los pies. Almudio, entre regüeldo y regüeldo, le preguntó a Remedes: “¿Estamos muertos?”. Remedes también eructó y pedorreó varias veces antes de contestar: “Muertos y enterrados”. “Pues yo tengo hambre”, repuso Almudio. “Y yo tengo sed”, se asombró Remedes. Entonces oyeron una voz atronadora: “Tenéis hambre y sed, idiotas, porque no estáis muertos ni enterrados”. Se incorporaron y vieron detrás de sus cabezas al hombre que les había hablado; eran muy largas sus barbas canosas, también sus cabellos cenicientos, vestía pieles como las que les servían de lecho y estaba sentado en el suelo en un extremo de aquella extraña tumba. “Pronto beberéis y comeréis”, les anunció el hombre, y luego les dijo: “Venís del otro lado de Las Montañas, según me indica vuestro lenguaje. Yo también soy uno de Los Bárbaros del Sur, como nos llama esta gente a la que nosotros llamamos Los Bárbaros del Norte. Soy un antiguo guerrero de Telesforo el impetuoso. ¿Habéis oído hablar de él?”. Remedes y Almudio negaron a la vez con el gesto. “¿No procedéis de Los Valles del Oeste?”, preguntó ahora el hombre. De nuevo negaron con la cabeza Almudio y Remedes. “¿De dónde sois entonces?”, se interesó aquel hombre robusto que intimidaba con la mirada, con la gravedad de la voz. Los perseguidos dudaron antes de responder, le contestaron finalmente. “El Mar del Sur y Las Ciénagas quedan lejos de Los Valles del Oeste”, estimó el hombre, quien prosiguió diciendo: “Y más lejos aún de Las Montañas. ¿Huís?”. Como los perseguidos no respondieron, el hombre transformó la pregunta en afirmación: “Huís”. Después habló así: “Y mucho teméis a vuestros perseguidores si habéis desafiado a la propia muerte en vuestra huida”. “Sólo es uno el que nos persigue”, aclaró Almudio, y luego observó que Remedes reprobaba la declaración con el gesto. “¿Sólo uno?”, se extrañó el hombre, y aventuró seguidamente: “Grande será vuestra culpa para que ese perseguidor crea ser más de lo que es y para que vosotros creáis ser menos de lo que sois. Pero vuestra culpa, por grande que sea, no será mayor que la mía, así que de nada os acusaré yo”. Los perseguidos quisieron saber dónde estaban sus ropas y sus pertenencias, y también en qué lugar se encontraban ellos. El hombre respondió a la segunda pregunta que le hicieron, les habló de la región de Los Hielos Azules, un mar helado sobre el que vivían unos tolerantes bárbaros que combatían el frío con el propio frío pues construían las viviendas con bloques de hielo. Remedes y Almudio comprobaron que las paredes de la casa eran puro hielo, como puro hielo era el suelo que cubrían las pieles. Un boquete angosto constituía la única entrada de la vivienda circular, y un simple cuero curtido, que hacía las veces de puerta, tapaba la abertura por la que los perseguidos asomaron las cabezas apenas un instante; no vieron sino la oscuridad de la noche y en cambio el frío les azotó los rostros con un látigo helado. “Pronto amanecerá”, anunció el hombre sin moverse del sitio que ocupaba. Remedes le reclamó ropas, pertenencias. El hombre señaló una repisa con el brazo, habló: “Ahí están vuestras monedas”. Remedes y Almudio recuperaron las bolsas que contenían sus tesoros y constataron con alivio que nada faltaba. El hombre observó el afán de los perseguidos, exclamó: “Sois mezquinos al desconfiar de quienes os han salvado la vida. Sois mezquinos y necios. No comprendéis que vuestras vidas aún están en manos de los que habéis insultado con semejante desconfianza. Además, vuestras posesiones carecen de valor en esta tierra, no valdrían ni para comprar las pieles que os regalarán cuando amanezca ni los alimentos que os ofrecerán en abundancia”. El hombre rio de pronto, y los perseguidos vieron que se fijaba en sus vientres, abultados como el de las mujeres poco antes del alumbramiento. Cuando terminó de reír, habló para decirles: “Habéis comido el amargo fruto carmesí de los pequeños árboles del gran páramo, y os ha gustado pues habéis repetido el bocado muchas veces a juzgar por el tamaño de vuestras barrigas. Os diré que las gentes de esta región lo recolectan por este tiempo, y para ello los hombres y las mujeres se desplazan hasta las nieblas del páramo, cerca ya de Las Montañas. Allí os encontraron a vosotros, dormidos con el sueño de los congelados. Un hombre y una mujer interrumpieron las labores de recolección para atenderos. Os quitaron los harapos que malamente os abrigaban y frotaron vuestros cuerpos con el unto de la vida durante mucho tiempo. Al fin consiguieron que la muerte saliera de vosotros, y entonces pidieron a sus tres hijos mayores que dispusieran los trineos para traeros al poblado en el que estáis. Cuando todos regresen, cocerán el fruto carmesí en peroles. Debe cocer varios días y varias noches para que al comerlo no produzca los males que padecéis vosotros y para que se conserve sin pudrirse durante varias estaciones. En cuanto al tamaño fabuloso de vuestras barrigas, os diré que sólo comenzará a disminuir al cabo de muchas jornadas, así que habéis de cargar con ellas hasta que llegue esa lejana fecha”. Protestó Remedes al decir: “Apenas podemos movernos”. El hombre rio otra vez, aseguró: “Aquí estaréis bien”. Almudio razonó así: “Pero nos persiguen, no podremos huir”. Y el hombre les respondió: “Podréis huir si realmente necesitáis huir. Mañana os molestarán menos que hoy esas barrigas, y menos pasado mañana. Os acostumbraréis a caminar con ellas, e incluso a correr, como yo me acostumbré a vivir sin piernas”. Los perseguidos observaron al hombre y vieron que no estaba sentado sobre las pieles que cubrían el suelo, según habían creído hasta entonces, sino que se mantenía lo erguido que podía estar en su carencia. “¿Te cortaron las piernas estos bárbaros?”, se interesó un Remedes inquieto. “Sí”, contestó el hombre sin detallar los pormenores de la desgracia para burlarse de aquellos dos perseguidos que valoraban más las posesiones que los actos. “Y harán lo mismo con vosotros”, les anunció con una seriedad que no delató su diversión interna. Remedes y Almudio miraron hacia el cuero, hacia el boquete de salida, y luego se miraron el uno al otro y se vieron desnudos e indefensos. “¿Nos salvaron la vida para cortarnos las piernas?”, preguntó y se quejó Remedes a un tiempo. El hombre dijo: “Y harán lo mismo con vosotros si algún día vuestras piernas se hielan como se helaron las mías”. Los perseguidos tomaron aire aliviados. El hombre agregó enseguida: “Los guerreros de Los Valles del Oeste, encabezados por Telesforo el impetuoso, atravesamos Las Montañas con la intención de imponer nuestros Dioses a Los Bárbaros del Norte. Matamos en nombre de nuestra fe, torturamos y cometimos todo tipo de atrocidades, que negaban nuestras creencias en realidad, hasta que estas gentes se unieron al fin y fueron acabando con nosotros ayudados por su clima y por su Dios, que es único pero muy poderoso en sus corazones porque para ellos representa lo mejor de ellos mismos y más que un Dios es un hombre perfecto y una mujer sin defectos, y es un niño y un viejo a la vez, y es lo que estos bárbaros quieren que sea. Ya nos batíamos en retirada, desorientados en nuestra huida como vosotros dos en la vuestra, cuando el hielo se abrió bajo mis pies y me hundí en él hasta la cintura. Pedí socorro a los míos, pero nadie se detuvo, nadie me tendió la mano para sacar mis piernas de aquel frío que me quemaba la carne y los huesos. Invoqué a mis Dioses y mis Dioses no me hablaron sino para recordarme los crímenes que había cometido en su nombre, los crímenes de los que también Ellos eran culpables puesto que me habían concedido el ser a través de mis progenitores. Solo ante la muerte que merecía, llamé al Dios de Los Bárbaros, al Dios que combatía, y a Él me encomendé, seguidor repentino del ejemplo de mis enemigos, que pronunciaban su nombre antes de morir. Ese Dios único se apiadó de mí por medio de la piedad de sus hijos y éstos, mientras yo creía que venían a matarme antes de que el hielo se les adelantara, liberaron mi cuerpo de aquella trampa que me sujetaba por las caderas. Los Bárbaros del Norte son muy expertos en luchar contra el frío, como demostraron en vuestros cuerpos congelados, pero nada pudieron hacer por salvarme las piernas. Me preguntaron en su lengua, que yo conocía ya, si deseaba vivir sin piernas, y mi respuesta la tenéis ante vosotros. Ahora camino con las manos y soy esclavo de mi pasado pero libre entre estas buenas gentes de Los Hielos Azules que muy pronto os alimentarán y os vestirán sin preguntaros de dónde venís o hacia dónde os dirigís”. La mano de la vida obra igual que la mano del hombre, y la mano de la mujer en nada se diferencia de la mano masculina ni de la mano existencial puesto que acaricia y también golpea. Gregor el vagabundo, víctima los agraciados atributos físicos de una mujer desalmada, en los cantos de juglar errante recordaba a la causante de su desventura con el nombre de Perfidia cuando la rima lo requería y con el nombre de Perdición si la armonía de los versos lo reclamaba. Jamás pronunció el nombre verdadero de la pérfida mujer que lo perdió, pero sí repitió el nombre de Bel en el cantar que dedicó a Rosalinda, la hija predilecta de Los Bosques del Este, la hermana de Pit el enano y Pisón el gigante, quienes nunca talaban un árbol sin plantar otro en el mismo lugar. Llegó el alba y con la pálida luz del día apareció en la vivienda de hielo que ocupaban los perseguidos una muchacha cargada con pieles. La joven no se rio de las panzas de los extranjeros, sino de los esfuerzos que éstos hacían para taparse los sexos con una mano mientras con la otra aferraban las bolsas con los tesoros que sólo para ellos poseían valor en aquellas tierras. La muchacha tenía los cabellos recogidos en una trenza, y los perseguidos se fijaron también en sus grandes ojos azules. La joven llamó al hombre sin piernas por el nombre de Simbal, y se interesó por los nombres de los bárbaros. Simbal tradujo sus palabras y los perseguidos dijeron cómo se llamaban. Sus nombres les sonaron raros en boca de la joven, llamada Natalí, cuando ésta los repitió antes de salir por el estrecho boquete de la vivienda sin variar los medidos movimientos que había hecho al entrar. Simbal habló entonces para decirles: “Vestíos si os ofende vuestra desnudez, pues enseguida vendrán más mujeres con alimentos”. Ellos comenzaron a vestirse con premura. Como la precipitación agravó la inexperiencia en colocarse aquellos hábitos extraños, no atinaron a cubrirse debidamente el cuerpo con las pieles y pusieron sobre los hombros las destinadas a las piernas, lo que causó gran regocijo en las dos mujeres que les trajeron comida y bebida. Las mujeres, copias envejecidas de Natalí ante los ojos de los perseguidos, llegaron acompañadas por dos chiquillos de cabellos tan albinos como los de Almudio. Los niños fijaron los ojos claros en los extranjeros con un dedo metido en la boca y con una indudable expresión de imbecilidad en la cara. Comió Almudio, bebió Remedes, mientras las mujeres hablaban en su lengua bárbara con Simbal. La comida despertó la sed de Almudio, y la bebida abrió el apetito de Remedes, de modo que se intercambiaron el agua y la carne. Observaron que Simbal reclamaba la atención de los chiquillos. Los niños no se movieron de donde estaban ni torcieron hacia él las cabezas a pesar del sonoro reclamo. Las madres tuvieron que acercarlos hasta el hombre sin piernas. Poco después, Remedes se atragantó con el bocado y Almudio no padeció menor ahogo en la garganta cuando vieron que Simbal abofeteaba con fuerza a los pequeños. Los chiquillos cayeron al suelo, derribados por los golpes, y luego se pusieron de pie y se tantearon con las manos las mejillas doloridas sin variar la expresión del rostro ni recurrir al llanto. Simbal se encogió de hombros, y las madres lloraron ante los hijos con tristeza de plañideras hasta que los niños comenzaron a reírse de ellas, de sus llantos. Simbal explicó su comportamiento a los perseguidos cuando las mujeres y los chiquillos salieron de la vivienda. Les habló de la calamidad que últimamente sufrían los pobladores de Los Hielos Azules: sus hijos no sabían llorar. Los niños nacían sin llanto, crecían sin lágrimas y era tal su bondad que ni siquiera se defendían de las alimañas hambrientas o de los abusos de los mayores. Las enfermedades se manifestaban en ellos por los síntomas y no por sus quejas, no exigían alimento y en todos los hombres y en todas las mujeres reconocían a sus padres y a sus madres. “No son buenos, son idiotas”, sentenció Remedes. El hombre sin piernas negó con el gesto, luego con la palabra: “No. Son muy inteligentes. Sienten curiosidad por todo, en todo se fijan y sus ojos ven más allá de lo que unos ojos normales pueden ver. Sólo hablan cuando se les pregunta algo, y entonces hablan como personas mayores, cabalmente y con las frases justas. Entre ellos se comunican sin hablar, únicamente necesitan mirarse a los ojos, y a veces se juntan todos y forman un corro silencioso tomados de las manos. Los brujos niegan que sean hijos de sus padres y los llaman Los Hijos de Dios y los veneran y cuidan de ellos y hasta les solicitan consejos y les consultan asuntos relativos a la magia. El rey de estos bárbaros, que es el rey de todos Los Bárbaros del Norte, es el hijo de un príncipe nacido aquí, en Los Hielos Azules. Muchos aseguran que el padre del rey se comportaba de niño como estas bondadosas criaturas que no saben llorar”. Remedes preguntó al cabo: “¿Dónde está entonces la calamidad a la que antes te has referido?”. Simbal respondió: “Los padres desean reconocerse en los descendientes, y que éstos los amen más que a nadie, como ellos a esos descendientes. Quieren enseñarles cuanto aprendan, premiar y castigar comportamientos como ellos fueron premiados y castigados por sus mayores. Desean tener hijos normales que aumenten la fortaleza de la familia para escudarse en ellos cuando alcancen la vejez, para ver en ellos la razón de su existencia. Pero, de este modo, sus hijos perecerán sin oponer resistencia o se los llevarán los paladines reales para convertirlos en príncipes o en princesas”. Calló Simbal al percatarse de que los perseguidos se habían dormido. Espero que no les suceda a ustedes lo mismo con mi relato, con esta historia que les cuento para agradecerles su hospitalidad en mi nombre y en nombre de este perrillo que me acompaña en mi caminar de peregrino medio ciego y viejo sin medianías. Busco la tierra donde nací porque en ella quiero morir con la muerte que ya le corresponde a mi vejez, pero me pierdo en las encrucijadas una vez y otra como si no deseara llegar en realidad a mi destino. No se extrañen por ello, como se asombraron los soldados del lago de Los Bárbaros del Norte cuando vieron regresar al esperado Pol con el inesperado Orlando, si algún día llama a su puerta un anciano con un perrillo y en ellos nos descubren a nosotros; no sería la primera vez que retrocedo mientras creo avanzar. Pronto advirtieron Remedes y Almudio el peligro que corrían en aquella vivienda: sólo había una angosta vía de escape por la que podía entrar el perseguidor sin más que apartar el cuero que hacía de puerta. Simbal les prometió que las gentes de la aldea levantarían para ellos una construcción de hielo en las afueras del poblado, una casa que contaría, si lo deseaban así, con un boquete de entrada y con otro de salida en la pared opuesta. Cuando se desplazaron a la nueva morada, acordaron no dormir a la vez; uno velaría el reposo del otro para no ser sorprendidos por el perseguidor en mitad del sueño de ambos. Las mujeres les traían a los hijos pequeños para que los golpearan y ellas pudieran enseñarlos a llorar. Al principio se divertían mucho Remedes y Almudio al contemplar cómo se tambaleaban o caían los chiquillos con las bofetadas que les propinaban, pero pronto se cansaron de aquella práctica porque sólo lloraban las madres. Simbal caminaba con las manos calzadas con pieles como si fuesen pies, y su habilidad para desplazarse de un lugar a otro en poco desmerecía la destreza con que tiempo atrás, cuando tenía piernas, había corrido. Una mañana les trajo noticias del perseguidor: se hallaba muy lejos de allí, en el poblado real. “Es el valedor de un candidato a príncipe, y quizá perezca en las aguas mortales que custodian la isla donde habita la princesa”, les detalló, y luego, al comprender que no entendían lo que les anunciaba, les explicó la tradición de Los Bárbaros del Norte, que llamaban príncipe y princesa a quienes nunca serían rey y reina. Ellos le preguntaron cuántos valedores habían sobrevivido a lo largo del tiempo. “Uno de cada cuatro”, respondió Simbal, y a Remedes y Almudio les parecieron demasiados. También les había hablado Simbal de las costumbres sexuales de los habitantes de Los Hielos Azules. Les había comentado: “Piensan que un hombre sin mujer es tan peligroso como una mujer sin hombre. El hombre se siente orgulloso si otro le pide a su esposa para pasar la noche, y más si sabe que la gozará tanto como él. La mujer también se siente honrada si otra yace con su marido y en él encuentra el placer que ella ya conoce”. Tras el pasmo, preguntaron los perseguidos si ellos tenían derecho a solicitar el consuelo de una mujer. “Lo tenéis. Pero habéis de saber que todo hombre puede negarse a compartir la esposa con un hombre que no sea de su aprecio o del aprecio de la esposa, así como toda mujer puede negarse a compartir el marido con una mujer que no sea digna de su consideración o de la consideración del marido”. Remedes se adelantó a Almudio y pidió: “Yo quiero a Natalí”. “Y yo también la quiero a ella”, suplicó Almudio. Simbal sonrió antes de hablar así: “Natalí es virgen todavía, y el primero en yacer con ella será quien la ame y por ella sea amado porque sólo el hombre que la bese con el corazón antes que con los labios logrará romper el velo de su inocencia sin hacerla sufrir más de lo que la hará gozar”. Remedes y Almudio comenzaron a pasear las infladas barrigas por el poblado. Durante esas andanzas desgarbadas, premiosas, fueron descubriendo que, a diferencia de lo que habían creído al principio, las mujeres bárbaras no eran todas iguales; en todas buscaban a Natalí, y en ninguna la hallaban. Para entonces ya habían regresado los recolectores del fruto carmesí. Lo cocían en multitud de peroles. Alguna baya explotaba de vez en cuando y ascendía en el aire varios palmos, lo que divertía mucho a los chiquillos que sabían llorar y también a los hermanos menores, cuya bondad era simple estulticia para Remedes y Almudio a pesar de lo que Simbal les había contado. Las buenas gentes de Los Hielos Azules ofrecían el fruto cocido a los perseguidos, y éstos temían probarlo aunque les asegurasen que ya era dulce y provechoso. Remedes y Almudio abofeteaban con saña a cuantos niños se interponían en sus caminatas estériles. A veces confundían a los pequeños con alguno de los hermanos mayores, que sí sabían llorar y defenderse, y debían sujetarse las panzas con las manos para echar a correr, para alejarse antes de ser alcanzados por los trozos de hielo que les arrojaban los golpeados con gran habilidad y puntería. Remedes, en la vivienda, se palpaba el vientre y se lamentaba ante Almudio hablando así: “Si nosotros sabemos de él, también él puede saber de nosotros”. Almudio comprobaba el inalterado volumen de la barriga y miraba hacia la entrada y luego hacia la salida de la vivienda temeroso de que, en cualquier instante, apareciese el perseguidor ante ellos. Trabaron amistad con un aprendiz de brujo, bastante torpe en opinión de Simbal. El aprendiz se interesó vivamente por lo que les había sucedido con el sabio Arquín, de quien había oído hablar por boca de su padre. Arquín había visitado las tierras de Los Hielos Azules muchos años atrás, cuando el padre del aprendiz aún practicaba la magia que el hijo había heredado. El aprendiz de brujo aventuró que no perecerían en tierras extrañas, sino en el lugar donde habían nacido, pero Remedes y Almudio dudaron de sus predicciones al decirles Simbal que el inepto aprendiz siempre se había confundido en la interpretación de los destinos de cuantos hombres y mujeres habían recurrido a él con la esperanza de que fuese un digno heredero de los dones visionarios del padre. Algo despertó a Remedes una noche, y entonces vio que Almudio incumplía el acuerdo al que habían llegado; el cómplice dormía un sueño profundo, del que sólo salió cuando él lo pateó por segunda vez. Se insultaron, se golpearon, y en medio de la pelea estaban cuando empezaron a eructar y ventosear como después de haber comido el fruto carmesí. Sofocados por la tufarada de los gases que expulsaban, observaron que los vientres se les desinflaban al fin, y se abrazaron y se felicitaron mutuamente. Al planificar la marcha que emprenderían al día siguiente, les pareció inaudito que hubieran soportado el paso de tanto tiempo en aquellas tierras miserables habitadas por gentes que no apreciaban el valor de las monedas que escondían en los calzones. Los pobladores de Los Hielos Azules, tras indicarles la dirección que debían seguir para alcanzar Las Montañas, les dieron abundantes provisiones, y los perseguidos partieron de inmediato. Por eso Natalí, que dormía plácidamente en su vivienda de prometida, se sorprendió tanto cuando Remedes y Almudio, de regreso en la aldea, la despertaron en plena noche. Sonrió la inocente joven, a pesar de su desconcierto, y aún tuvo tiempo de pronunciar con dulzura los nombres de los extranjeros antes de que éstos la golpearan hasta que perdió el sentido. Almudio cargó a sus espaldas a Natalí y Remedes tomó la delantera para guiar al cómplice albino en la oscuridad. De madrugada consideraron los raptores que ya se habían alejado bastante de la aldea para no ser alcanzados y se dispusieron a forzar a Natalí, quien había recuperado el conocimiento y en vano trataba de defenderse. Entonces oyeron el galopar de un caballo y al fondo del páramo reconocieron el alazán del perseguidor. Remedes y Almudio maldijeron al unísono su mala fortuna, como si merecieran mejor suerte, y huyeron, tal fue el pavor de ambos, sin las provisiones que les habían dado las gentes de Los Hielos Azules. Pol se apeó de la montura y tranquilizó a Natalí. Le dijo en su lengua cómo se llamaba y cuál era su propósito. Vistió a la mujer con parte de las pieles que le servían a él de abrigo y se prestó para acompañarla al poblado. Mientras caminaban, la joven Natalí sintió curiosidad por el caballo de Pol, que los seguía con docilidad sin que el amo tuviese que sujetarlo por las riendas. Pol le habló de Los Bárbaros del Sur y le suplicó que no juzgase a los habitantes de su patria por el comportamiento de aquellos dos hombres que no eran hombres, sino servidores del mal. Natalí le contestó que sus actos confirmaban la veracidad de sus palabras, y después le habló de su prometido y más tarde le preguntó: “¿Tienes mujer?”. Pol se llevó la mano al pecho y dijo: “Sí, la tengo. Está en mi corazón aunque esos dos hombres que no son hombres la hayan matado. Ella vive en mi corazón aunque también yo haya muerto al morir ella”. Vida y muerte, ya me oyen. Pueden hacerme callar si lo desean. Me han echado de muchas casas, de muchos hogares cálidos, y conmigo han expulsado al perrillo que acaricio en ocasiones y al que otras veces pido que se aleje de mí. Remedes y Almudio corrieron por el páramo nebuloso de las tierras bárbaras y después atravesaron Las Montañas sin contratiempos a pesar de las tormentas de nieve que les cegaron los ojos y los obligaron a buscar la protección de taludes y grietas en las rocas, taludes y grietas donde permanecieron refugiados mientras soplaron los vientos liberados por las tempestades periódicas. Llegaron a las fuentes donde nacen los ríos de Los Valles del Oeste y de Los Bosques del Este. Allí, estimaron que su perseguidor se movería con facilidad por los valles en que había nacido, mientras que por la región de los bosques sería un extraño como ellos. Pol no tuvo la misma fortuna que los perseguidos al cruzar Las Montañas. Casi en la cima del paso que las coronaba, en una quiebra donde también se habían amparado Remedes y Almudio durante una tormenta anterior, fue arrastrado por un alud. Habría perecido en el fondo de un barranco si el alazán, igualmente alcanzado por el desprendimiento, no hubiera retirado con las patas y el hocico la mucha nieve que lo cubría. Volvió en sí, salió de la tumba de nieve y al finalizar el día halló una caverna para guarecerse con el alazán durante la noche. A la mañana siguiente, mientras aún buscaba una vía que le permitiese salir del barranco, mientras las piernas se le enterraban en la nieve hasta las rodillas, mientras tiraba de las riendas de la montura para que el valeroso y fiel caballo no se quedara atascado cuando también las patas se le hundían en la nieve, vio un brazo extendido. El brazo sobresalía de una pared de hielo. Miró hacia donde apuntaba el índice de aquella mano congelada y entonces descubrió una senda rocosa sin excesiva pendiente por la que llegaría de nuevo al paso de Las Montañas. Se acercó a la pared de hielo y trató de localizar el rostro de aquel hombre muerto al que daba las gracias y para el que pedía la clemencia de Los Dioses si no había fallecido en paz con la vida. Observó las facciones del hombre y tardó algunos instantes en reconocer en ellas los rasgos del hermano mayor. Pol cayó de rodillas, y fueron tantos los lamentos de su corazón, y tan dolorosos, que no logró hacerlos salir de la boca. Oyó decir al viento: “Aléjate de aquí cuanto antes, hermano, que se avecina otra tormenta”, y en el viento escuchó la voz del segundo hijo de Arturo el poderoso. Pol oyó después al tercer hijo de su padre, que igualmente habló a través de la voz del viento para decirle: “Vete, Pol, no nos obligues a morir otra vez con tu muerte”. Y el viento se calmó cuando el cuarto hijo de Arturo le hubo susurrado: “Creíamos haber muerto en vano, pero ahora vemos que nuestra muerte ha servido para salvar tu vida, que era lo que pretendíamos. Cumple lo que mis hermanos te han pedido para que así sea”. El hijo de Sara acarició aquella pared de hielo, la helada tumba de los hermanos. Como no se decidía a alejarse, una ráfaga de viento habló con la voz de su hermano mayor y le suplicó que continuase el camino con premura. Pol llegó a las fuentes de las que manan las primeras aguas de los ríos de Los Valles del Oeste y de Los Bosques del Este con los ojos aún tomados por las lágrimas de un llanto tan airado que le impedía sollozar. No le resultó difícil seguir las huellas de quienes perseguía porque éstos iban dejando tras sí las pieles que no necesitaban. Cuento lo que he visto, o lo que me han contado a mí, y recuerden que, de mentir, no miento yo, sino la saña o la benevolencia de la desmemoria. También les digo, desde la osadía de la ignorancia, no lo olviden, que la fe y el miedo no distan entre sí más que la superstición y la inseguridad. Sara, que halló su destino al huir, cerró los ojos de Arturo el poderoso y regresó a Los Bosques del Este. Un día, tiempo después, caminaba por una senda umbría y hubo de apartarse para dejar paso a un jinete montado en un alazán. Entonces creyó ver cómo pasaba ante ella el fantasma del hijo, al que ya había visto, con los ojos del deseo, otras veces en otros lugares. Pol, que cabalgaba hacia el futuro para reencontrarse con el pasado, ni siquiera reparó en que una mujer se orillaba con rapidez para no interrumpir su carrera. El primogénito de Arturo el poderoso se presentó en la cabaña de Raimon y le preguntó por el hermano; varias jornadas habían transcurrido y nada sabían de él. Raimon, con palabras muy sentidas, le habló de la desgracia acaecida en un instante, de cómo Pol, al contemplar horrorizado a Bel sin vida, más herido en el alma que en el cuerpo, salió en persecución de los hombres que los habían atacado, seguramente dos bárbaros porque habían huido río arriba, hacia Las Montañas. Los cuatro hijos de Arturo se mostraron de acuerdo en socorrer al hermano menor, y Arturo los bendijo antes de que partieran a lomos de los alazanes que Pol les había regalado. Los cuatro hijos de Arturo, cuyos nombres aún no recuerdo, prometieron a Sara que no regresarían sin el hermano, sin el hijo que las esposas no habían concebido. En la pradera lindante con el río de Los Valles del Oeste, a la que Pol y Bel acudieron para amarse, hallaron los hijos de Arturo manchas de sangre sobre la hierba: la sangre de Bel y la sangre de Pol. En una rama o en una roca encontraban las huellas sangrientas que Pol había dejado a su paso mientras cabalgaba en persecución de sus agresores sin que le importase que la muerte devanase al mismo tiempo la madeja de su vida. Llegaron a Las Montañas y, al detenerse para saciar la sed, oyeron una voz cavernosa que repetía: “Está aquí, pero no está aquí”. Luego vieron a un hombre, muy viejo y muy alto, que se golpeaba la cabeza con la mano una y otra vez al hablar con las mismas palabras. El anciano, de pie sobre una peña, vestía una túnica sucia, chamuscada, y contra el pecho sujetaba una criatura horrenda con pezuñas en lugar de manos y pies y con el cuerpo cubierto de vello negro, una pequeña criatura desnuda cuyo rostro sí era humano. Los cuatro hermanos se miraron unos a otros, y el primogénito de Arturo hubo de disimular el espanto para preguntar al viejo: “¿Has visto pasar por aquí, buen hombre, a dos alimañas perseguidas por un jinete?”. Arquín bajó la vista hacia los extraños, habló así: “¿Cómo es posible que esté aquí pero que no esté aquí?”. Al hablar se golpeó de nuevo la cabeza con la mano libre, y después de una pausa prosiguió diciendo: “Busco el alma, y el alma se esconde de mí. ¿Acaso no existe? Pero, si no existe, todo se complicaría aún más, todo carecería de sentido. Me queda poco tiempo de vida, y conmigo morirá cuanto he aprendido; no siento tanto perder la vida, a pesar de que ansío el futuro, como que se pierda lo que sé”. Los hijos de Arturo se disponían a continuar el camino, convencidos de la locura de aquel hombre, cuando el sabio habló nuevamente para decir: “Al jinete no lo he visto, pero la serpiente de El Mar del Sur y el alacrán de Las Ciénagas estuvieron en mi cabaña y luego se fueron. Cuatro jinetes sois vosotros, cinco si cuento al que os precede, pero yo os aseguro que sólo uno de vosotros se bastaría para acabar con esa serpiente y con ese alacrán”. El primogénito de Arturo le preguntó a Arquín: “¿No son, pues, dos bestias del otro lado de Las Montañas?”. Y Arquín contestó: “No, pero hacia el norte habrán huido; vosotros venís del sur y no los habéis hallado”. “Ciertamente”, convino el hijo mayor del antiguo caudillo de Los Valles del Oeste, aturdido por la lucidez que demostró el demente al responder. “¿Es tu hijo?”, le preguntó al sabio a la vez que apuntaba con el dedo hacia la monstruosa criatura. “No es mi hijo, pero es mi hijo”, contestó Arquín, y entonces los cuatro hermanos se despidieron con premura del viejo loco y se alejaron. Al poco tiempo, el hijo mayor de Arturo, que encabezaba como siempre el cuarteto, alzó el brazo para indicar a los hermanos que se detuviesen: un hombre se había escondido entre unos arbustos al percatarse de su presencia, por lo que ese hombre huidizo algo temía y acaso su miedo tuviese que ver con el afán que los había conducido hasta aquellos parajes de Las Montañas. “Seas quien seas, sal de ahí”, pidió el primogénito de Arturo al hombre agazapado entre la maleza. “Antes de que nosotros te hagamos salir”, prosiguió diciendo el segundo hijo. “Buscamos a dos alimañas que no merecen vivir”, aclaró el tercero, y el cuarto habló a continuación para advertirle: “Y date por muerto si eres una de ellas, si algo tienes que ver con los males de nuestro hermano”. El servidor de Tobías y Melina los eternos salió del inservible escondrijo. Los hijos de Arturo observaron que mantenía las manos tras la espalda, como si sostuviese con ellas la joroba. El criado les preguntó: “¿Es Pol, el hombre que busca a quienes lo han matado, hermano vuestro?”. “Así se llama”, respondió el primogénito de Arturo, y luego hizo que su alazán avanzase un paso. Retrocedió dos pasos el jorobado, se apresuró a decir: “Habéis de saber que vive, pero contra su voluntad. Así lo quisieron mis eternos amos. Nerea la bruja le dio la vida que él no deseaba aunque debe morir otra vez antes de vivir realmente”. “Hablas en nuestra lengua, pero si hablaras en una lengua desconocida no entendería peor lo que dices”, se asombró con el mismo pasmo que los hermanos el hijo mayor de Arturo. El jorobado habló así: “Yo tampoco entiendo lo que digo porque sólo repito lo que oí, pero las cosas serán como tengan que ser aunque no las entendamos”. El primogénito de Arturo el poderoso le preguntó al jorobado: “¿Sois todos tan raros por aquí como tú o como el viejo chiflado al que hemos visto hace un rato con una criatura rarísima en los brazos?”. El jorobado se encogió de hombros, o quizá agachó ligeramente las dos cabezas. “¿Qué nos escondes detrás de tu cuerpo?”, preguntó de nuevo el hijo mayor de Arturo al jorobado después de fijarse en que éste aún mantenía los brazos tras la espalda. El fiel criado de Tobías y Melina mostró a los jinetes lo que tenía en las manos. “¡Por todos Los Dioses!”, vociferó el hijo mayor de Arturo, y luego, al comprobar en los ojos de los hermanos que los ojos no le engañaban, pareció combatir la incredulidad con la exclamación: “¡Si es una pierna!”. Los hijos de Arturo sacaron las armas a la vez. El jorobado soltó la pierna, bajó las dos cabezas, se tapó el rostro con los antebrazos, gritó: “¡Mis amos son eternos y no mueren aunque les falten los miembros porque les crecen enseguida, Arquín el sabio nos da parte de sus tesoros por esos miembros secos aunque mis amos nada le piden, yo sólo traigo y llevo como criado que soy, tengo un hijo que no nacerá y no tengo nada más, soy un bárbaro en tierra extraña y no conozco a las alimañas que buscáis, vuestro hermano cayó ante mí y yo cargué con él y lo llevé a la cabaña de mis amos, Tobías no caminará hasta la próxima estación pero entonces tendrá una pierna nueva!”. Como el jorobado gritaba y gritaba con los ojos cerrados, se dio por muerto al sentir que una espada se posaba sobre su cabeza verdadera. “Cálmate, buen hombre”, oyó que le decía la voz del primogénito de Arturo. Entonces abrió los ojos y vio que no iba a morir. Recogió del suelo la pierna caduca de Tobías y siguió el camino cuando hubo orientado a los hermanos de Pol hacia el paso que atravesaba Las Montañas, donde, probablemente, fueron alcanzados por un alud y luego arrastrados por la muerte hasta el fondo del barranco en el que Pol los descubrió. Sus esposas regresaron a los hogares de los padres tras el fallecimiento de Arturo, Sara tomó una de las sendas que conducen a Los Bosques del Este y el olvido comenzó a apoderarse de la historia del caudillo de Los Valles del Oeste con tanto ahínco que, cuando el destino condujo a Pol ante la casa de sus progenitores, sólo un anciano pastor recordó a sus padres, un pastor muy viejo y muy parecido en todo al que le habló de Raimon. Afuera, presas en el viento, ululan de frío almas perdidas. Transcurre la noche y yo paladeo este licor que alivia el peso de mis días, que muchos han sido pese al desorden de mis actos. Crepita la leña al arder en el fogón, y yo proseguiré mi relato antes de que el sueño nos embargue a todos; el sueño que nos limita: indefensos, somos sin ser en realidad mientras dormimos, el sentimiento y el intelecto suspendidos en esa especie de muerte menor. Rex el poderoso llegó a contar más hijos que años, y las madres de sus hijos lo odiaban tanto como los descendientes que había tenido con ellas. Sara huyó de él y al huir halló su destino. Setenta y cinco hijos había matado Rex el poderoso con las propias manos cuando raptó a Rosalinda, quien se bañaba todos los días en el río de Los Bosques del Este. La agraciada Rosalinda era hija de Visen y Andrea, pero también era hija de la tierra, del viento, del sol, del agua, de las plantas y de los animales. Pol era hijo de Arturo y Sara, pero también era hijo de los hermanos y de las cuñadas porque en él había amor suficiente para honrar a más de un padre y a más de una madre. Remedes y Almudio se detuvieron a beber en el río de Los Bosques del Este, y al levantar la cabeza de las aguas creyeron haber ingerido alguna pócima alucinante. Vieron ante sí a la mujer más bella que nunca habían visto; una mujer desnuda, de grandes ojos grises, de largos cabellos negros y ondulados que brillaban bajo el sol, de rasgos delicados y, a la vez, sensuales. Mientras Rosalinda comenzaba a vestirse, Remedes miró a Almudio, Almudio miró a Remedes y ambos se pusieron de acuerdo sin pronunciar palabra alguna pues el mal no precisa de ellas e incluso las rechaza al manifestarse. Avanzó Remedes, seguido por Almudio, hacia Rosalinda. La hija predilecta de Los Bosques del Este no intentó huir de ellos, sino que posó la mirada en los ojos lascivos de Remedes. Entonces éste se paró de pronto porque sintió un dolor repentino en el pecho, como si algo se hubiese roto en su interior. Almudio, en su apresurado avance, tropezó con Remedes, súbitamente detenido, y los dos cayeron al suelo. Rio Rosalinda, y esa risa hizo trinar a los pájaros de gozo; los árboles también agitaron las ramas y las aguas cantarinas elevaron el tono de su canto. Almudio le reprochó a Remedes la torpeza, y el hijo de Valior el pescador, de Doria la dulce, se incorporó sin comprender qué le había sucedido. “¿De dónde venís?”, les preguntó Rosalinda con una voz que acariciaba los oídos al hablar. Los perseguidos no respondieron. El sol se nubló cuando Rosalinda perdió la sonrisa. Almudio le desgarró las ropas mientras Remedes la sujetaba por los brazos y por el cabello mojado. La derribaron sobre la hojarasca que cubría la ribera del río. Remedes, tendido sobre la víctima, creyó notar que la joven ofrecía resistencia, creyó notar que las piernas femeninas se enredaban entre las suyas y que los brazos le oprimían la garganta, pero entonces comenzó a gritar Almudio las quejas que debían corresponder a la muchacha. Remedes trató de levantar la cabeza para observar qué le ocurría al cómplice, y en ese instante se percató de que no forcejeaba con una mujer, sino con una serpiente gigantesca. Perdió el aliento cuando la serpiente se arrolló a su cuello, cuando la serpiente, que ya inmovilizaba a otra serpiente, lo tumbó de espaldas para que viese con la última mirada al lobo que le mostraba los colmillos ensangrentados tras haber mordido el sexo de Almudio, también al águila que ya se le posaba en el rostro para arrancarle los ojos, insatisfecha con el ojo del cazador de alacranes que le colgaba del pico. “¡No, dejadlos!”, ordenó Rosalinda a sus tres guardianes sin que el vigor del mandato disminuyese el encanto de su voz. Reptó la serpiente hacia la espesura del bosque, el lobo siguió a la serpiente y el águila desplegó las alas y desapareció en el cielo. Almudio, con una mano en la cara y la otra en el sexo, trataba de contener la sangre que le manaba de las heridas y sollozaba tumbado sobre la hojarasca ribereña. Remedes tampoco atinó a incorporarse. Desde el miedo, vio que la mujer se dirigía presurosa hacia el interior del bosque, y después vio que reaparecía entre las matas y se acercaba a ellos con hierbas y musgo pardo en las manos. Rosalinda tomó dos trozos de tela del vestido desgarrado, los humedeció en las aguas del río, caminó hacia Almudio. “No temas”, tranquilizó al agresor albino cuando éste se apartó de ella. Rosalinda le aplicó las hierbas curativas y el musgo pardo a las heridas y a continuación cubrió las mixturas con las telas mojadas y pidió al herido que las mantuviese así durante siete días con sus siete noches. “Disculpadme si os turbó mi desnudez”, rogó la hermosa Rosalinda a los perseguidos, y luego les preguntó nuevamente de dónde venían. “De Las Montañas”, contestó Remedes con una voz atiplada que no reconoció como suya. “¿Qué hacéis por aquí?”, se interesó Rosalinda. “Nos persiguen”, respondió Remedes. “¿De qué sois culpables?”, preguntó entonces Rosalinda. “Matamos a quien no teníamos que matar, y vive quien tenía que estar muerto”, contestó Remedes antes de advertir el brillo de los ojos del lobo guardián en la espesura del sotobosque. Almudio se sobrepuso al dolor e intervino para mentir con estas palabras: “Nos persiguen diez hombres a caballo desde hace incontables estaciones”. Remedes, como Almudio, pretendió deslumbrar a la joven y aumentó el embuste al afirmar: “Antes eran veinte, pero la mitad han perecido ya en sus enfrentamientos con nosotros”. Remedes procuró no recular cuando la mujer se acercó a él. “Están marcadas tus mejillas”, dijo la muchacha, y su voz sonó tan agradable y femenina en los oídos de Remedes que éste tardó algunos instantes en seguir mintiendo, pues hubo de tomar aliento varias veces antes de hablar así: “Yo mismo marqué en ellas la inicial del nombre de mi amada cuando el veneno de un alacrán me arrebató su vida y su amor”. Rio Almudio desde el suelo, y sólo cesó de reír cuando el dolor de las heridas le recordó su lamentable estado. “¿Por qué hiciste eso?”, se asombró Rosalinda. Remedes envidió otra vez la destreza poética del hermano, de Filipo, recuerden, hasta que la inspiración del embustero depositó en su boca las palabras que yo reproduciré ahora para ustedes sin omitir ninguna si digo: “Para que todas las mujeres conozcan que mi corazón yace bajo la tierra aunque yo camine sobre ella”. Las carcajadas de Almudio interrumpieron otra vez la letanía de las quejas de Remedes, quien lo miró con rencor mientras temía que Rosalinda le preguntase de qué se reía su compañero. El hijo de Valior el pescador y Doria la dulce, el hermano de quien, infante, acaso reconoció en él al ser que lo habría de matar, se adelantó a la posible pregunta de la muchacha con otra pregunta: “¿Podrías indicarnos el camino que conduce a Los Desiertos y a Las Ciénagas? Allí nació mi compañero de infortunio, y allí quiero llevarlo antes de que pierda el juicio por completo, pues ya ves que confunde la risa con el llanto”. “Os acompañaré hasta la colina desde la que deberéis seguir la dirección del sol poniente”, propuso Rosalinda. Ella y Remedes levantaron a Almudio del suelo. El albino desdentado, tras muchos lamentos, empezó a caminar con las piernas separadas, con una mano sobre el ojo que le faltaba y con la otra sobre el sexo que le ardía. Remedes miraba hacia atrás, ya acostumbrado a vigilar la retaguardia en mayor medida que el frente, y no divisaba al perseguidor. Pero su sosiego se desvanecía al observar que los guardianes de Rosalinda, la serpiente, el lobo y el águila, nunca se alejaban de ella. Sí, Remedes sintió un dolor en el pecho antes de atacar a la hija predilecta de Los Bosques del Este, y ese dolor fue el preludio del sufrimiento que, estaciones después, cuando nació por segunda vez al mismo tiempo que Pol moría de nuevo, le produjo el amor por ella. El amor engendra gozo en los enamorados, es cierto, pero a veces hiere con la precisión del odio o con la crueldad de la vida y de la muerte. Pol también se detuvo en una orilla del río de Los Bosques del Este. En el río bebió el alazán mientras él se desprendía de una parte de las pieles que lo habían protegido del frío en los territorios helados de Los Bárbaros del Norte. Unas leguas más adelante o más atrás, pues vagaba desorientado, oyó el canto de un hombre, al que descubrió sentado sobre los helechos de aquellos parajes frondosos. El cantor apoyaba la espalda en el tronco de un árbol de florida copa, no era joven, tampoco era viejo, y no interrumpió el canto al ver a Pol ni al levantar la mano con que sujetaba un odre de vino, la mano con que ofreció bebida al extraño. Pol aceptó la invitación sin pronunciar palabra alguna para honrar el arte de aquel hombre; la aceptó con el mismo silencio que había mantenido ante Orlando el flautista, el príncipe de Los Bárbaros del Norte, el esposo de Nirvania la princesa. Los príncipes tuvieron ocho hijos, cuatro varones y cuatro hembras. La primogénita, llamada Bel, fue proclamada reina. La reina Bel aconsejó a todos los enamorados de su patria que se besaran dos veces en cada beso: la vez primera por su amor, y la segunda vez por el amor de quienes no podían besar los labios amados. El pueblo aceptó de buen grado el consejo, y alabó la bondad de su corazón y agradeció a su Dios que viviese en ella. El cantor finalizó el estribillo del canto beodo y al callarse le sonrió a Pol antes de hablarle así: “Estoy alegre porque he concertado la unión de mis dos hijos varones con dos mujeres que impedirán que sus tamaños corporales sean más dispares todavía, pero no quisiera ofenderte con mi alegría pues observo en tus ojos que tu tristeza es tan grande como mi felicidad”. Pol respondió: “No me ofende tu canto, buen hombre. Mi pesar no me exige compañeros de infortunio, sino que, lejos de eso, anhela ser único, no dejar rastro. Soy Pol, y busco a dos rufianes que han matado a mis hermanos después de matarme a mí”. El cantor habló de nuevo con estas palabras: “Yo soy Visen, y he bebido demasiado vino para entender lo que me dices. Disculpa mi embriaguez y bebe conmigo mientras te cuento los motivos de mi alegría para que tú me expliques después los fundamentos de tu pesadumbre. Te diré que mi esposa se llama Andrea, y que no es más alta ni más baja que yo. Parió con grandes dificultades a nuestro primer hijo, llamado Pit, quien no nació menos robusto que el amor con que lo habíamos engendrado. Nuestro segundo hijo se llama Pisón, y la madre apenas sufrió al parirlo porque nació tan escuálido como imaginarte puedas. También tengo una hija, de nombre Rosalinda, pero de ella te hablaré más tarde. Ahora te diré, triste Pol, que mi robusto hijo Pit dejó de crecer en algún año de la infancia, y que mi escuálido hijo Pisón comenzó entonces a desarrollarse un palmo cada estación, de modo que hoy, mientras te narro este portento, paso por ser el padre de un enano y el padre de un gigante. Pit y Pisón, siempre tan unidos por el sentimiento como separados por la estatura, son leñadores. Pisón lleva a Pit hasta los bosques bajo el brazo, o sentado en su hombro. Pisón tala árboles, cuya madera cambiamos por grano a las gentes de Los Valles del Oeste, y luego Pit planta un arbolillo de la misma especie que el árbol caído junto al tocón que deja el hacha del hermano. También te diré, si quieres escucharme, que ambos compartieron el mismo lecho hasta que una noche el corpachón de Pisón aplastó en el sueño el cuerpecillo de Pit. Al amanecer, Pit pertenecía a la muerte, pero entonces Pisón dio tales gritos y tanto zarandeó a Pit que logró arrebatar a la muerte la presa que ya había capturado. Desde esa noche, triste Pol, duermen en lechos distintos, pero aún se toman de la mano antes de dormirse. No quito ni pongo nada que no sea cierto, y la verdad que te cuento no es menos real a pesar del vino que he bebido: fíjate, este odre casi vacío estaba casi lleno cuando salí de la cabaña de los padres de Alba y Blanca, mis futuras nueras. Pero mi alborozo no termina ahí, no termina al saber emparejado a Pit con Alba, que no es mucho más alta que mi bajísimo hijo, y a Pisón con Blanca, que no es mucho más baja que mi altísimo hijo, porque aún no te he contado que, hará unas cinco estaciones, la estatura de Pit empezó a disminuir al tiempo que la estatura de Pisón comenzó a aumentar, de modo que Pit es más pequeño cada madrugada y Pisón es más grande. Una tarde los llevé ante Nerea la bruja, y ella, tras consultar el fabuloso asunto con los duendes del averno, me aseguró que los tamaños de mis hijos únicamente tendrían medidas fijas si hallaban la estabilidad que proporcionan las mujeres a los hombres, unas y otros vulnerables si no nos unimos con la pareja que la naturaleza nos exige. Así que, triste Pol, comprenderás las poderosas razones de mi júbilo, un júbilo que me ha conducido a esta embriaguez en la que soy feliz; feliz e incapaz de llegar a casa para compartir la alegría con mi esposa Andrea, medrosa de que Pit se convierta en nada y de que Pisón alcance las nubes con la cabeza y quiebre el cielo con el cráneo”. Así habló Visen, y luego observó que no disminuía la prestancia de Pol pese a la creciente aflicción que se le plasmaba en el rostro por razones ignotas para él, no para nosotros. Entonces estimó la posibilidad de haber encontrado un yerno. Escuchó y caviló Visen a la vez durante el respetuoso silencio que guardó ante el hombre de Los Valles del Oeste, vestido con las pieles que usaban como abrigo Los Bárbaros del Norte, y cuanto más escuchaba y cavilaba más decidido estaba a procurar la unión entre el apuesto jinete y su agraciada hija: la vitalidad de Rosalinda combatiría la tristeza de Pol, y la cordura de Pol moderaría las andanzas de Rosalinda. Visen no apuró el vino del odre antes de que Pol terminase de narrar los pormenores de su desgracia. Satisfecho el deseo, pasó el dorso de la mano por la boca y dijo: “Tus quejas no son en modo alguno lamentos infundados, y esos bellacos que el destino interpuso en tu vida merecen castigo. Me has hablado de una diosa que prefirió tu amor a su divinidad y en cuya muerte hallaste tu propia muerte, y yo comprendo tus palabras aunque estés vivo ante mí. No dudo en absoluto de cuanto me has contado acerca de los méritos de tu amada: grande es también mi amor por mi hija y ese amor no me obliga a exagerar sus virtudes cuando hablo de ella. Pero ya ves que anochece. Si me ayudas a regresar a casa, podrás comprobar con tus sentidos lo que yo callaré para no condicionar tu juicio”. Pol prestó a Visen la ayuda que el padre de Rosalinda le había pedido y consiguió ponerlo en pie. Visen pasó un brazo por los hombros de Pol y, como el bosque giraba a su alrededor, vaciló un instante antes de indicar la dirección que debían seguir. “¿Está lejos tu casa?”, preguntó Pol. Visen trastabilló una vez más, y una vez más notó que Pol lo sujetaba con fuerza. Apuntó Visen al frente con el dedo, luego lo bajó indeciso y afirmó: “El problema no radica en su lejanía, sino en mi ofuscación”. Reanudó el canto en voz muy alta. Cuando Pol le rogó que ahorrase energías para el camino, respondió: “Como yo no acierto a llegar a casa, mando la voz por delante para que mis hijos me socorran si andan por aquí. Te diré que mis hijos también son hijos del bosque desde pequeños, y que el bosque los protege para corresponder al amor con que ellos lo aman. Jamás un árbol hirió en la agonía a mi pequeño hijo Pit ni a mi enorme hijo Pisón, y a Rosalinda la custodian los animales e incluso se ablanda la dureza de las piedras de los senderos para no dañarle los pies. No quito ni pongo nada que no sea verdad. Tú mismo verás que no exagero. Ya sé cuál es tu afán, y no te lo discuto ni deseo entorpecerlo como acaso cree este caballo tuyo que me golpea en la espalda con el hocico de vez en cuando porque le parece que mi paso es muy lento e inseguro. Sí, triste Pol, me gusta el vino demasiado y no sería la primera vez, ni la segunda, que mis hijos se sirven de mis cantos para localizarme y conducirme junto a mi paciente esposa”. Cantó Visen, y cuando su voz más clamaba, pues la noche borraba ya las trochas, en la garganta se le quebró una estrofa súbitamente. Se detuvo, se tambaleó al separarse de Pol, fijó la mirada en las sombras hasta donde se lo permitía la embriaguez y exclamó: “Resulta, triste Pol, que ahora que no se ve nada veo mi casa ahí delante, y aquélla que viene hacia nosotros no es otra que mi hija”. Rosalinda era la que se acercaba a ellos. La hija predilecta de Los Bosques del Este se llevó la mano a la boca al ver a un desconocido junto al padre, a un desconocido seguido por un caballo. Besó la joven al padre, sin apartar la vista del extraño, y después preguntó al jinete: “¿Dónde están tus nueve acompañantes?”. Pol nada contestó, nada pudo responder; además de no entender la pregunta, oyó la voz de Bel en las palabras de Rosalinda. Visen dio un paso hacia delante, retrocedió otro, y, mientras caminaba sin caminar, habló para decir: “Necesitas marido, hija mía. Éste es Pol, busca a quienes lo han matado y no tiene más compañía que la que cabalga con un hombre solo”. Rosalinda repuso entonces: “Ellos me hablaron de diez perseguidores”. Pol susurró: “Bel, mi Bel”. Visen, que continuaba caminando sin avance ni retroceso, tendió el brazo para hallar estabilidad asido a Rosalinda y luego le preguntó a la hija: “¿A quiénes te refieres?”. Ella respondió: “A dos hombres que vestían pieles como este hombre, a dos hombres que van hacia Los Desiertos”. Visen, mientras Pol proseguía orando la breve plegaria con la cabeza caída sobre el pecho, negó con el gesto antes de hablar así: “Hija mía, olvida lo que antes afirmé: será mejor que no elijas esposo hasta que sepas distinguir a un hombre de un bellaco”. Muy cerca de la vivienda de Visen y Andrea había otra cabaña. Pertenecía a Pit, el enano menguante, y a Pisón, el gigante creciente. Andrea le preguntó al esposo: “¿Concertaste las bodas?”, y Visen le respondió: “¿No ves mi estado? Concertadas están, mujer, y festejadas”. Visen tomó asiento y entonces reparó en la ausencia de Pol. Le pidió a Rosalinda: “Hija, trae a nuestra casa a ese hombre triste de Los Valles del Oeste, que acaso valga por diez aun carcomido por la pesadumbre, y luego llama a tus hermanos”. Obedeció Rosalinda y en medio de la noche encontró a Pol; permanecía en el mismo sitio de antes y aún oraba la monótona plegaria con la cabeza abatida sobre el pecho. Rosalinda tiró del brazo de Pol y, como éste no se movió de donde estaba pese a ello, el alazán le golpeó la espalda con el hocico hasta obligarlo a caminar. Los dos hijos varones de Visen y Andrea se reunieron con la hermana ante el hogar de los padres, y entonces Pol salió del quejumbroso letargo y bajó la mirada para tratar de distinguir las piernas de Pit y después alzó la vista para tratar de localizar el rostro de Pisón en la semipenumbra que formaban la oscuridad de la noche y la claridad proveniente del interior de la vivienda. Visen, cuando sus descendientes varones se situaron a su lado, les habló así: “Emparejados estáis, hijos míos. Ya veis que para celebrarlo he bebido tanto vino que de no ser por este hombre de Los Valles del Oeste habría tenido que dormir a la intemperie. A Los Dioses pido que Nerea la bruja y sus duendes estén en lo cierto y vuestros tamaños se estabilicen con el matrimonio. Tuya será la bajísima Alba, Pit, así que procura su felicidad para ser tú feliz. Tuya será la altísima Blanca, Pisón, y por oído tendrás lo que he dicho a tu hermano”. Pit, que había trepado a una silla, ya acomodado en ella, miró extrañado al hermano, sentado en el suelo de la cabaña para mantener erguida la cabeza sin amenazar con el cráneo la solidez de la techumbre. Pit le habló a Visen para decirle: “Te confundes, padre. Yo amo a Blanca y ella me quiere a mí, y Pisón ama a Alba y ella lo quiere a él”. Visen buscó a la esposa con la vista, arrugó el ceño, se rascó el cogote. Andrea, que atizaba el fogón mientras Rosalinda disponía en la mesa los alimentos destinados al padre y al silencioso huésped, se acercó al marido, agitó el atizador ante él y habló para recriminarle el error con estas palabras: “No sé en qué mundo te hace vivir ese vino que tanto te gusta, Visen, del que tanto abusas. Ni siquiera prestas atención a los sentimientos de tus hijos”. Visen se llevó la mano al mentón, habló así: “Ahora empiezo a comprender las peticiones de mis futuras nueras; la bajísima Alba desea vivir en una cabaña muy grande, y la altísima Blanca desea vivir en una cabaña muy pequeña. Perdonadme, hijos. Algunas cosas de la vida son demasiado complicadas para mí”. Andrea repuso: “Para ti y para los que beben tanto como tú”. El esposo guardó silencio porque mucho había bebido en verdad durante aquella jornada; menos, no obstante, de lo que bebería en las bodas de los hijos. Era alegre la embriaguez del padre de Rosalinda, pero en ocasiones también afloraba la melancolía en sus cantos de beodo feliz. Acaso la vida es igual de complicada, a pesar de su aparente sencillez, para quienes beben que para quienes se ponen a pensar, y además les diré que, por lo común, nuestros sentimientos y nuestros actos no nos sirven para comprender las razones o sinrazones que rigen las conductas de otros. Pit adoraba a Pisón, y desde ese amor fraternal sentía atracción por todo lo que era grande como el hermano, por lo que se enamoró de Blanca. Pisón idolatraba a Pit, y el cariño que le profesaba le inducía a amar todo lo que era pequeño, por lo que se enamoró de Alba. Y lo mismo sucedía con Alba y Blanca. Una tarde se tropezaron en el bosque con los dos leñadores. Blanca, acostumbrada a mirar hacia el suelo al hablar con Alba, prefirió dialogar con Pit, y Alba, habituada a mirar hacia el cielo al hablar con Blanca, se sintió más cómoda charlando con Pisón. El amor no admite explicaciones para su reinado y el hombre que las persiga no será menos necio que la mujer que las pretenda, pero mi necedad halla disculpa en mi vejez. Andrea le ordenó al esposo: “Come”, y Visen empezó a comer. Rosalinda acercó el plato al invitado, que ya le parecía el hombre más apuesto que había visto en su vida, y también le pidió: “Come”. Le sonrió Andrea al marido, y Visen dejó entonces de comer por un instante para admirar la sonrisa con que la esposa le perdonaba la nueva embriaguez. La hija de Andrea también le sonrió a Pol, y éste se atragantó con el bocado al ver en los labios de Rosalinda la sonrisa de Bel. El perseguidor agachó la cabeza, y únicamente siguió comiendo cuando oyó que Bel le rogaba: “Come, que Los Desiertos y Las Ciénagas están muy lejos de aquí”. Poco después, saciado el jinete, la joven salió de casa y se encaminó hacia el establo para alimentar a su caballo. Pol se inquietó cuando oyó los relinchos del alazán, al que debía la vida. Andrea lo tranquilizó con estas palabras: “Cálmate, triste Pol. Tu caballo no se queja, sino que está hablando con mi hija, pues ella conoce el lenguaje de los animales y de las plantas”. Pol no dudó de la afirmación de Andrea al recordar que Tobías y Melina los eternos le habían hablado, como él les habló, sin pronunciar sílaba alguna, sin mover los labios, sin efectuar ningún gesto, cuando le dieron la vida que él no deseaba, un portento similar a la capacidad de Rosalinda. Andrea cruzó el índice sobre los labios al entrar la hija en la cabaña y después señaló con el dedo hacia los lechos ocupados por Visen y Pol, dormidos. Las mujeres apagaron los pábilos que ardían en los cuencos de la cera y tomaron asiento frente al fogón, muy juntas las dos para hablar sin molestar a los durmientes. “¿Reposan ya tus hermanos?”, susurró Andrea. “No, madre, están hablando en su cabaña al calor de la lumbre, como nosotras”, musitó Rosalinda. “¿Crees que ahora dejará Pit de menguar y Pisón dejará de crecer?”, preguntó Andrea. “Sí. Nerea nunca se equivoca”, respondió Rosalinda. “Tu padre ha dicho que Alba desea una cabaña muy grande y que Blanca desea una cabaña muy pequeña, así que tus hermanos deberán construirlas cuanto antes. Mañana saldrás temprano al bosque y hablarás con las plantas para que te digan qué árboles enfermos pueden ser cortados por el hacha de Pisón y qué árboles sanos pueden ser plantados por las manos de Pit”, pidió Andrea. “Sí, madre, descuida”, prometió Rosalinda. “Ese hombre de Los Valles del Oeste proseguirá su camino, hija mía”, opinó Andrea. “Lo sé”, repuso Rosalinda. “Su corazón no le pertenece”, sentenció Andrea. Rosalinda, tras guardar uno de esos silencios mucho más expresivos que la palabra, habló así: “Su caballo morirá en Los Desiertos”. “¿Morirá?”, se interesó Andrea. “Sí, madre”, contestó Rosalinda. “¿Y él?”, preguntó Andrea. “Eso lo ignora el alazán, pues no ve más allá de su propia muerte”, detalló Rosalinda. Vida y muerte, ya me oyen, vida y muerte que caminan tomadas de la mano o se persiguen, poco importa que yo tenga razón o que la verdad estuviese en posesión de Nerea la bruja. Rosalinda despertó al despuntar el nuevo día. Pol ya no estaba en la cabaña. La hija predilecta de Los Bosques del Este se palpó la mejilla humedecida y en sus dedos quedó atrapada una lágrima que ella no había llorado. Entonces imaginó que el perseguidor, antes de partir, se había inclinado ante el lecho y había derramado sobre ella, sobre su rostro dormido, la sangre incolora y salada que mana del sentir herido. Relinchó el caballo de Pol en la distancia, y Rosalinda susurró: “Adiós, adiós”. A veces me duele demasiado este relato, es cierto, pero seguiré contándolo si ustedes me lo permiten. Las palabras con que les agradezco la hospitalidad me producen un gran sufrimiento en ocasiones, sí, pero también airean mis recuerdos y evitan con ello que formen un tumor en mi memoria. Remedes y Almudio el tuerto siguieron la ruta del sol en su viaje hacia el ocaso durante muchas jornadas. En Los Bosques del Este no les faltaron alimentos para saciar el hambre; un día lograban cazar algún animalillo despistado, otros hallaban frutos silvestres. Pero la vegetación fue dejando paso a las rocas y cuando Remedes, después de mirar hacia atrás, miró al frente una madrugada, vio una vasta llanura pétrea que se confundía en la distancia con el horizonte. Almudio, que ya se había recuperado de las heridas y había tapado la cuenca del ojo perdido con una tira de cuero arrollada a la cabeza, observó también la desolación del territorio que se disponían a recorrer en su huida y anunció: “Los Desiertos, Remedes”. Y luego anticipó: “Más allá la piedra será arena y el sol será fuego”. Remedes arrugó el ceño al preguntar: “¿Cómo nos orientaremos?”. Almudio se encogió de hombros y respondió: “En Los Desiertos no hay caminos y estaremos en manos del azar”. Remedes se lamentó así: “Pues no es buena la suerte que nos acompaña. Mírate a ti y mírame a mí. Deberíamos ser ricos y en cambio lo que poseemos nos cabe en los taparrabos”. “Por ahí no”, le indicó Almudio. “¿No decías que no hay caminos por estos parajes?”, se extrañó Remedes. “Y no los hay, pero será mejor que nos perdamos cerca de algún oasis de las rutas que frecuentan los hombres de los camellos. Por ahí llegaríamos a los desiertos de sal, donde nadie ha sobrevivido el tiempo suficiente para atravesarlos”, repuso Almudio con gravedad en la voz, con el gesto severo. Los perseguidos descubrieron unos árboles pequeños, cargados de frutos rojizos, tras vagar leguas y leguas por unos territorios cada vez más inhóspitos. Como ya habían consumido las provisiones que habían reservado para la arriesgada travesía de Los Desiertos, con la que pretendían librarse definitivamente del perseguidor, tantearon el fruto e incluso lamieron la carnosa pulpa, amarga como el fruto carmesí de Los Bárbaros del Norte. Largo tiempo se debatieron entre el deseo y el temor, y en dos ocasiones dejaron atrás los árboles frutales, impulsados por el miedo, para regresar a ellos atraídos por la sed y el hambre. Sentados ante los frutos, en silencio, con la cabeza apoyada en la palma de la mano, se miraron repetidamente el uno al otro hasta que al fin se levantó Almudio, decidido a perecer con la barriga hinchada antes que fallecer de inanición. Comió Almudio el fruto carmesí de aquella parte de Los Desiertos, del que acaso ya se había alimentado sin temor en ocasiones anteriores, cuando vivía del alacrán. Remedes, aunque la sed y el hambre se le acrecentaban según se mitigaban las del cómplice, antes de catar la fruta no sólo esperó hasta que Almudio terminó de comerla, sino que aguardó hasta que el tuerto finalizó la digestión. Almudio eructó, ventoseó y comenzó a quejarse del vientre cuando Remedes tenía ya en la mano el jugoso fruto. Entonces lo arrojó lejos de sí y maldijo en voz tan alta que los propios gritos le impidieron oír las primeras risas que siguieron al fingimiento del tuerto, muy risueño desde que veía el mundo a través del ojo que el águila, la guardiana alada de Rosalinda, respetó. Como el antiguo cazador de alacranes había anticipado, las rocas fueron perdiendo tamaño, de modo que pisaron arena cuando los rayos del sol quemaban como las llamas del fuego. Si el calor de los días incendiaba la piel de los perseguidos, el frío de las noches les helaba los cuerpos, por lo que abrían a manotazos un hoyo en el suelo, se acomodaban en la cavidad y depositaban sobre ellos la arena antes extraída. Remedes, casi enterrado en vida, se consolaba pensando que no serían menores las calamidades que sufriría el perseguidor; tal vez se había internado en los desiertos de sal o tal vez no había hallado el fruto carmesí que a ellos les había permitido alcanzar aquellas dunas de inmensidad parecida a las aguas de El Mar del Sur. Le decía al compañero: “Cuando atravesemos Los Desiertos, Almudio, y luego Las Ciénagas donde has nacido, llegaremos a la costa y entonces cogeremos una barca y navegaremos por El Mar del Sur hasta descubrir qué hay más allá del horizonte”. Almudio se removía bajo la arena sin responder ni preguntar; pensaba que Remedes sólo soñaba despierto para alejarse del presente. Así era en realidad: el hijo de Valior el pescador y Doria la dulce, mientras proyectaba aquel futuro marino, oía la amenazante voz del hermano, quien lo retaba a cumplir los deseos para arrastrarlo con él hasta el fondo de las aguas. Los perseguidos se alborozaron una tarde al descubrir pisadas humanas entre el ardor de las arenas. Después de seguirlas un trecho, averiguaron que eran sus propias huellas. Remedes descargó la frustración en Almudio, y éste repitió que en Los Desiertos no hay caminos. Aseguró que sólo los hombres de los camellos se libraban del azar; aunque las dunas cambiasen de forma y de lugar con cada tempestad de arena, ellos sabían leer en las estrellas la dirección que debían seguir al trasladarse de un oasis a otro. Sedientos y exhaustos, incapaces de dar un paso más, cayeron de rodillas dispuestos a morir allí mismo. Sin embargo, la vida es tan caprichosa como la muerte. Remedes miró hacia atrás de nuevo, como si no tuviese la muerte ante sí, y Almudio miró al frente con una sonrisa en la boca, como si el asesino de Filipo hubiese estado en lo cierto cuando explicó a Rosalinda que el compañero confundía la risa con el llanto en su desventura. Llegó la noche y los perseguidos supieron que vivían al sentir frío. Convencidos de que se estaban acomodando en la tumba que cobijaría sus cadáveres, comenzaron a enterrarse en la arena. Pasado algún tiempo, Almudio exclamó de pronto: “¡Los hombres de los camellos!”. Remedes ni siquiera abrió los ojos; estimó que el compañero deliraba. Él continuó repasando la pesadilla de lo que había sido su vida, una pesadilla en la que aún lamentaba no haber matado a Filipo antes de que el hermano conquistara el amor de Petria. Recordó a Rosalinda, y entonces creyó que el dolor que sentía en una pierna no era más que una prolongación de la desazón que invadía su pecho. Almudio gritó la queja que él se calló, y también oyó Remedes unas voces extrañas: las voces de los duendes del averno que conducirían sus almas hasta algún lugar que no podría ser peor que aquellas arenas. Interrumpieron la marcha nocturna los hombres de los camellos. Almudio ya se había percatado de que se trataba de una partida de ladrones cuando Remedes regresó a la realidad y abrió los ojos al ser pisado de nuevo por la pata de una bestia, de un animal que le pareció, bajo la luz plateada de la luna, un caballo con joroba. Salió Remedes de la tumba, y los ladrones, que ya rodeaban a Almudio, se agruparon también en torno a él con puñales en las manos. “¿Quiénes sois?”, les preguntó un ladrón, su cuerpo no menos cubierto que el de los otros, todos ellos protegidos por una holgada vestidura talar que incluso les tapaba la cabeza y parte del rostro. Almudio miró a Remedes y éste, tras devolverle la mirada, halló la respuesta que el cómplice le suplicaba con el ojo. Así le habló al ladrón: “¿Acaso no ves, pobre mortal, que somos magos?”. Remedes, sorprendido por el vigor con que le salió la voz de la garganta reseca, continuó diciendo: “Podrías herirme con el puñal que sostienes en la mano, podrías matarme, pero yo no moriría: soy inmortal. Mi muerte sólo te mataría a ti. Aquí tienes mi pecho, aquí está mi corazón, pero antes de que mueras al matarme, como otros han perecido ya, te diré que no sólo perderás la vida, sino también una fortuna. El mago Almudio, que ahí está, y yo, Remedes, quien le enseñó cuanto sabe, somos capaces de convertir la arena de Los Desiertos en oro, en perlas y en monedas”. Los diez ladrones, en cuanto oyeron hablar de posibles riquezas, apartaron los puñales de los cuerpos desnudos de aquellos dos hombres, nacidos de la noche y de las arenas, a quienes podrían matar en cualquier otro momento de ser simplemente lo que aparentaban. “Demostradlo”, exigió el cabecilla de los ladrones. Remedes procuró no tambalearse, afirmó: “Os lo demostraremos con el amanecer cumplido, no antes, pues las arenas deben estar candentes para que se manifieste nuestro poder de transmutación. Podréis quedaros con el oro, con las perlas y con las monedas si nos obedecéis en todo a partir de este mismo instante. También debéis avisarnos si divisáis a un hechicero enemigo que monta a caballo, el único ser sobre la tierra que compite con nosotros en poder y en inmortalidad. Y ahora, pobres mortales incrédulos, os acompañaremos para que no dudéis de mis palabras ciertas, para que comprobéis la suerte que habéis tenido al interrumpir nuestro sueño, que duraba años”. Almudio contemplaba a Remedes con el ojo muy abierto, pero su asombro aún sería mayor cuando el cómplice, tras la parla tan prepotente como la de Arquín el sabio, cayó al suelo derribado por la debilidad y rápidamente disfrazó el desfallecimiento revolcándose sobre la arena y hablando al mismo tiempo la lengua de Los Bárbaros del Norte, en la que le pidió que él también simulase una contienda con invisibles espíritus malignos. Obedeció Almudio y alzó los brazos y habló la lengua bárbara como si gritase conjuros contra las fuerzas del mal. Los diez ladrones, más expectantes que atemorizados, les dieron de beber a los magos cuando éstos, por agotamiento, finalizaron la representación. El cabecilla anunció a los suyos que si los hechiceros resultaban ser simples hombres sin juicio sus locuras podrían servir de diversión a las mujeres del oasis y después, perdida la gracia de los bufones, podrían asistir al espectáculo de sus agonías, cuya duración dependería de lo que el sol tardara en calcinarles los cuerpos expuestos bajo él, inmovilizados sobre la arena. Almudio caminaba junto a Remedes y sólo dejaba de comer el pan dulce que le habían dado los ladrones para lamentarse, apenas con un hilo de voz, en el lenguaje de Los Bárbaros del Norte. Preguntaba al cómplice: “¿Cómo lograremos lo que prometiste?”. Remedes respondía con gruñidos, sin dejar de comer pan dulce ni un instante siquiera. “No somos magos. Nos matarán con una muerte peor que la muerte con que mata la vida”, continuaba quejándose Almudio. Llegaron al oasis de los ladrones con los albores del nuevo día, y fueron conducidos a una tienda en la que descansarían hasta que el mediodía calentase las arenas. Remedes sacó del taparrabos la bolsa que contenía sus tesoros y de ella extrajo la perla de Arquín y un doblón. Luego pidió a Almudio que hiciese lo propio y que guardase en la mano el escorpión del sabio y otro doblón. Almudio creyó adivinar entonces el plan de Remedes y lo festejó con gran regocijo. Remedes aceptó los halagos del compañero, pero enseguida habló para decir: “Eres estúpido, Almudio. No ves más allá de lo que ve tu ojo descolocado”. Rio, justificó esa risa: “Antes bizco, tuerto ahora”. Serio, añadió: “Si mi plan se limitase a lo que haremos hoy, sólo estaríamos pagando un alto precio por un día más de vida. Pero mis proyectos no contemplan nuestra muerte ni nuestra ruina. Y no me pidas que comparta contigo cuanto he ideado para el futuro: tu estupidez podría ocasionar mi perdición, que ya has procurado con tu desconocimiento de Los Desiertos a pesar de haber cazado alacranes en ellos durante toda tu miserable existencia. No comprendo cómo conseguías regresar a tu casa, a Las Ciénagas. ¿Quieres decírmelo?”. Almudio agachó la cabeza y confesó en voz baja: “No me importaba regresar o no regresar, y tal vez regresaba por eso”. Cuando el cabecilla de los ladrones entró en la tienda de lona donde reposaban los perseguidos, Remedes se encaró con él y le habló así: “Sé que dudas de nuestros poderes, de la magia que pronto te demostraremos, y habrás de pagar por ello. Enfermarás, o quizá haremos que enferme alguno de tus seres más queridos. Pero es grande nuestra benevolencia y no te causaremos la muerte que mereces, como tampoco llorarás la ausencia de tu esposa ni la desaparición de ese hijo que, al igual que ella, corrió a tu encuentro cuando llegamos a este oasis en el que se levanta tu campamento. Espero que jamás olvides nuestra clemencia, incrédulo”. Los diez ladrones, también las esposas y los hijos, salieron del oasis tras los perseguidos y caminaron sobre el fuego de las arenas incendiadas por el sol hasta que Remedes levantó un brazo y gritó la palabra bárbara que había sonado en sus oídos más amenazadora que ninguna otra cuando aún no era bilingüe. Almudio pidió atención a los presentes, y silencio absoluto: los duendes que habitaban en él y en Remedes abandonarían sus cuerpos para obrar el prodigio de transmutar la arena en tesoros y, al retornar a ellos, podrían errar el camino e introducirse en la boca de cuantos la tuviesen abierta y, desde la boca, proseguir el viaje e instalarse en el origen de los pensamientos, donde provocarían la demencia de cualquier mortal. Ante la complacencia de Almudio, las mujeres y sus hijos no sólo cerraron la boca, sino que la cubrieron, prestas, prestos, con ambas manos. Los ladrones, en cambio, siguieron el ejemplo del cabecilla y, como él, procuraron sonreír después de escuchar la petición del mago albino, desdentado y tuerto. Remedes introdujo la mano en la arena y empezó a dar tales gritos que muchas mujeres se habrían llevado las manos a los oídos si no las hubieran tenido aplicadas al rostro. Cuando a Remedes le falló la voz, sacó la mano de la arena y avanzó hacia el cabecilla de los ladrones. Le mostró la palma abierta, sobre la que brilló el doblón y la perla de Arquín. Se alzó un murmullo de admiración en el corrillo formado en torno al sudoroso Remedes, quien carraspeó antes de decir: “Vuestra es la perla y vuestro es el oro, pero habéis de saber que, si algo malo nos sucede a Almudio o a mí, los tesoros se convertirán de nuevo en arena”. Remedes contempló al auditorio y prosiguió hablando así: “Y habéis de saber también que vuestro jefe ha dudado de nosotros y debe pagar por su falta de fe. Quizá no lo matemos, quizá enferme sin expirar, pero no tendrá esa suerte si hay una próxima vez para esa incredulidad suya. Mañana, si en todo nos obedecéis, en mi mano hallaréis muchos doblones, uno para cada uno de vosotros y uno para cada una de vosotras”. Aunque lo intentó, apenas hubo teatro en la actuación de Almudio. Ni siquiera gritó. El único lamento prolongado que le salió de la garganta no se debió a inspiración alguna, sino a una queja real: se le escapó el alacrán dorado del puño, como si hubiera cobrado vida con el calor, y tardó algún tiempo en recuperarlo. Remedes el perseguido, cuando todos callaron ante su magia y la magia de Almudio, habló para decir: “Y ahora debéis corresponder a nuestros regalos con una mujer para mi discípulo Almudio y con otra mujer para mí. Lo mismo que nuestras bocas reclaman alimento sin cesar, pues dormíamos bajo las arenas un sueño que ya duraba varias estaciones, nuestros duendes nos exigen catar carnes femeninas”. Almudio tragó saliva, las mujeres se aferraron a los brazos de los esposos. El cabecilla de los ladrones, tras permanecer pensativo un instante, repuso esto: “Tendréis mujer, una mujer que vale por dos”. Remedes habló así: “Bien. Veremos si es verdad lo que dices”. El ladrón pidió entonces: “Pero habéis de levantarme el castigo”. Como Almudio asintió de inmediato con la cabeza, Remedes le dio un codazo en el vientre y se enfrentó de nuevo con el ladrón para decirle: “Lo siento, eso no es posible. Nuestro crédito requiere una satisfacción aunque no somos magos tan crueles como el hechicero montado a caballo que nos persigue y que os matará a todos si no nos anunciáis su presencia en cuanto lo diviséis”. Regresaron al oasis y, ya en el interior de la tienda, Almudio interrumpió las demostraciones de gozo con que el cómplice se felicitaba a sí mismo para preguntarle qué sería de ellos cuando agotasen las monedas y cómo iban a causar el mal prometido al más grande y fiero de los diez ladrones. Remedes contestó: “Confía en mí respecto a nuestros futuros, como yo confío en ti para atentar contra la salud de ese cabecilla ignorante”. Almudio replicó: “Ni entre los dos podríamos causarle ningún mal”. Remedes detalló: “Saldrás a cazar un alacrán y no regresarás hasta que hayas conseguido la presa. El alacrán debe emponzoñar con el veneno la pierna de ese hombre. Y ahora cállate de una vez y háblame en lo sucesivo en la lengua que nos enseñó Simbal para que la mujer que nos traigan no entienda lo que digamos”. Fue el propio jefe de los ladrones quien se presentó en la tienda de los magos con una mujer que tenía las manos atadas con una correa, de cuyos extremos tiraba el cabecilla para obligarla a caminar. Remedes se acercó a ella, alzó el velo que le cubría el rostro y, después de haberle visto la cara, preguntó al ladrón: “¿Por qué está pintada de negro?”. El ladrón acaso no pronunció las palabras exactas que voy a reproducir para ustedes, pero quiso decir esto: “No está pintada, mago. La muchacha procede de los oasis del oeste, donde hombres y mujeres nacen con la piel tostada para que no los queme el sol. Allí la hemos capturado hace ya muchas lunas. La muy ingrata, aunque la hayamos alimentado desde entonces, se niega a compartir de buen grado nuestros lechos y son necesarios dos hombres para doblegar su voluntad. Dos sois vosotros, y magos, además, por lo que podréis gozarla sin dificultades excesivas”. El ladrón esquivó las patadas y los rodillazos que le lanzó la mujer mientras la desnudaba y, conseguido al fin el propósito, habló así: “Contemplad sus anchas caderas, sus senos prietos, sus largos muslos, su rostro agraciado”. La mujer logró morder la mano con que el ladrón iba palpándole cada parte del cuerpo. El cabecilla farfulló una amenaza, pero enseguida sonrió a los perseguidos como si ya no sintiese el dolor del mordisco. Almudio babeó ante la mujer desnuda. Remedes, en cambio, estimó en voz alta: “Me parece que sólo nos das algo de lo que deseas desprenderte”. El ladrón volvió a negar con estas palabras: “No, mago. En realidad estoy privando a mis hombres de disfrutar de esta joven que los encela aún más al resistirse, como seguramente ocurrirá con vosotros”. Remedes aceptó la mujer, como Almudio le suplicaba en el lenguaje de Los Bárbaros del Norte, y el ladrón quiso saber entonces los pormenores del castigo antes de salir de la tienda. Remedes le respondió: “Eres fuerte, sobrevivirás a nuestra ira, aunque más te vale aplazar los planes que tengas hechos porque muy pronto yacerás en el lecho con fiebres durante varios días”. El ladrón les dio las gracias y abandonó la tienda al tiempo que chupaba la sangre que aún le manaba del canto de la mano. Remedes miró de reojo a la mujer de piel oscura, reflexionó un instante. El pensamiento lo condujo al pasado. En el primer ayer se vio sin testículos tras forzar a Petria, infecundo y casi impotente desde entonces; en el segundo se vio acosado, sin víveres, tras el intento de violar a Natalí; y se vio en el tercero a punto de ser estrangulado, devorado, tras agredir a Rosalinda. Así que, más prudente que arrepentido, le habló a la muchacha de este modo: “Tranquilízate, mujer. No te tomaremos si tú no lo consientes. Te desataré las manos para que te vistas y compartas con nosotros los alimentos que nos han servido. Mi discípulo y yo apreciamos la belleza, y te aseguro que eres muy hermosa. ¿Me dirás ahora tu nombre?”. La mujer, agradecida, dijo llamarse Cintia con una voz que ya denotaba mucha más docilidad que fiereza. Almudio, como la deseaba, protestó en la lengua bárbara, y Remedes le contestó en ese idioma: “Aún te queda mucho por aprender, Almudio. ¿Acaso no has observado que todos los ladrones muestran arañazos en la cara y mordeduras en las manos? ¿Acaso quieres lo mismo para ti?”. Almudio contempló a Cintia y luego pateó la arena del suelo antes de exclamar: “Lo que quiero es conocer mujer, Remedes. Me prometiste riquezas, y aquí perderemos las pocas que tenemos antes de que también nos quiten la vida”. Remedes sonrió a Cintia, que los miraba muy atenta e interesada por cuanto no entendía, y después respondió a Almudio con gravedad en la voz: “Confía en tu maestro. Esta mujer llega a nosotros procedente del maltrato, y bastarán algunas caricias para que nos ofrezca los encantos que negó a quienes la raptaron”. Almudio fijó el ojo en la faz del cómplice, preguntó: “¿Estás seguro?”. “Lo estoy”, mintió Remedes con tal aplomo que no tuvo la certeza de haber mentido. Los perseguidos aprovecharon la oscuridad de la noche para sacar de las bolsas que guardaban junto al sexo los doblones que debían extraer de la arena por la mañana. Al día siguiente, los ladrones volvieron a maravillarse ante el repetido prodigio de los hechiceros, y también de que su magia les hubiese permitido gozar de Cintia sin ser marcados por ella en el rostro o en las manos y sin que saliese de la tienda de los magos otro sonido que el de las risas y los cantos de la mujer, a la que no habían oído reír ni cantar hasta entonces; ningún ladrón había respetado hasta entonces la voluntad de Cintia, a la que los perseguidos sólo habían acariciado, quizá impotente Remedes, no Almudio, quien hubo de recurrir una y otra vez al remedio de la masturbación, una y otra vez con deseos de orinar semen. Almudio partió a la caza del alacrán y, transcurridas tres jornadas sin que apareciese en el oasis de los ladrones, el cómplice lo dio por muerto o huido. Entonces Cintia, para consolar la pena con que el perseguido manifestaba en realidad puro desamparo, le devolvió las caricias que antes había recibido de él. El mago tuerto regresó al cabo de cinco días y cinco noches, y los ladrones se asombraron de nuevo al ver que Cintia corría al encuentro del hombre desdentado y se abrazaba a él con pasión de enamorada. Esa misma noche vagó Remedes el perseguido por el oasis, simulador de una desorientación que nada tenía de cierta. Los dos escorpiones de Almudio, dirigidos por el cómplice, clavaron el aguijón en los pies del cabecilla de los ladrones, y los magos acudieron a su tienda para salvarle la vida, una vida que no debía perder; cumplido el castigo anunciado, el hombre de frente sudorosa y piernas envenenadas se convertiría en un fiel servidor de esos hechiceros sin duda tan benévolos como reales en su pasmosa estupidez. Almudio, experto en combatir los efectos de la ponzoña de escorpión, sangró los pies del ladrón, y el enfermo recobró la salud cuando el sexo de Remedes había alcanzado bajo el taparrabos unas dimensiones colosales. Como atraía las miradas de las mujeres del oasis, estimó apropiado enterrar en la arena del suelo de la tienda los doblones y doblillas que había ido robando del propio cofre en el que los ladrones guardaban los tesoros; doblones y doblillas que afanaba para alimentar su magia y para enriquecerse, pues cada mañana no entregaba la totalidad de las monedas sustraídas cada noche. Almudio pasaba los días acariciando a Cintia. Remedes, que nada sentía por la mujer de piel oscura, pensaba en Rosalinda al verlos abrazados y felices, y luego, herido en el alma que Arquín el sabio buscaba en corazones y cerebros, se enemistaba con el pensamiento. Se sucedieron las estaciones, que en Los Desiertos son la misma estación, y Remedes comenzó a acompañar a los diez ladrones en las tropelías montado en el camello que le regaló el jefe por haber respetado su vida. Ya era el más hábil de los ladrones cuando el pasado, que raramente olvida lo que se le debe, se interpuso entre él y su futuro para reclamarle las deudas pendientes. Para entonces Almudio era también un ladrón más de Los Desiertos. Ya no le retenían en el oasis las carantoñas de la amante: Cintia se halló grávida una mañana, y ese hijo se negó a nacer y murió con la muerte de la madre. Vida y muerte, ya me oyen. Pol salió de la cabaña de Visen y Andrea con las primeras luces del día y sus ojos, aún acuosos, descubrieron a Pisón detenido junto al establo. El gigante contemplaba el amanecer con la vista posada en el horizonte, donde también había fijado la mirada el pequeño Pit, sentado en el hombro del hermano y, como éste, afectado por el dulce ensimismamiento que embarga los sentidos de los enamorados. Suspiró Pisón, Pit suspiró, y ambos giraron al unísono la cabeza hacia Pol. “¿Ya prosigues tu camino, triste Pol?”, preguntó y afirmó al mismo tiempo Pit desde la altura portentosa de los hombros de Pisón, a quien le bastó un paso para acercarse al hombre de Los Valles del Oeste. Pol asintió con el gesto antes de lamentarse al hablar así: “Tengo que quitar la vida a dos hombres que sirven a la muerte para que nadie más sufra por sus actos lo que yo padezco”. Pit rogó al hermano que lo dejase en el suelo y, cuando Pisón satisfizo la petición, el enano, una copia diminuta del gigante, le respondió al perseguidor: “Aunque homicidas, son nobles tus propósitos, pues causarás la muerte sólo para combatirla. Pero tus perseguidos han tomado la ruta de Los Desiertos, que les indicó nuestra inocente hermana. Habrán estimado, con el tino de los malvados, que tu vida correrá tanto peligro como las suyas en las arenas por las que te internarás en la persecución y que, por tanto, deberás defenderte antes de poder atacarlos”. Aceptó Pol las ropas que le ofrecieron Pit y Pisón, más apropiadas para Los Desiertos que las pieles que vestía, y también tomó las alforjas con alimentos que Rosalinda había dispuesto para él y para el caballo la noche anterior. “Tu alazán ha cubierto a nuestra yegua”, le anunció Pit, y Pisón agregó: “Así lo quiso Rosalinda”. Pol rememoró la sonrisa y la voz de Bel en los labios de Rosalinda y después aseguró: “Es muy bella vuestra hermana, tan hermosa que me ha recordado a la mujer que nunca podré olvidar, a la mujer que sigo amando aunque su muerte me haya matado también a mí”. Pol mostró a Pit y Pisón la piedra estelar que le había dado el rey de Los Bárbaros del Norte y habló así: “Entregad a Rosalinda este trozo de estrella que cayó del cielo una noche. No poseo nada más con lo que corresponder a sus dádivas. Y que Los Dioses os bendigan a vosotros y a vuestras futuras esposas; vuestra generosidad no es menor que la suya”. Así habló Pol antes de despedirse de Pit y Pisón, quienes lo vieron partir al galope hacia la colina de Los Bosques del Este desde la que es suficiente seguir la dirección del sol en su ocaso para alcanzar Los Desiertos. Aún contemplaban cómo el jinete se perdía en la distancia cuando oyeron relinchar al caballo. Levantaron los brazos aunque sabían que el alazán se despedía de la hermana, de Rosalinda. En la pétrea llanura donde finalizan Los Bosques del Este y comienzan Los Desiertos perdió el perseguidor el rastro de los perseguidos. Avanzó luego por los territorios de la sal, por las saladas planicies tan temidas por Almudio, y se percató del rumbo equivocado demasiado tarde. Ya sin provisiones y sin agua, con los labios llagados y ulceraciones en la piel, empezó a retroceder. Para ello siguió las huellas que el caballo había dejado marcadas en la sal, aquella sal que reflejaba los rayos del sol, que le hería los ojos, hasta que el alazán cayó derribado por la sed y lo arrastró a él en la caída. Se incorporó y, con unas fuerzas que no tenía, trató de levantar al caballo, que agonizaba con padecimientos similares a los suyos. Miró a su alrededor, cegado por la luz, y entonces vio un oasis a una distancia imprecisa. Corrió hacia él y únicamente descubrió que era una alucinación cuando agachó la cabeza y bebió en un riachuelo y la boca se le llenó de sal. Regresó junto al caballo para no morir solo. Los ojos del caballo le suplicaron entonces que utilizase el puñal, que le evitara más sufrimientos. Hundió el arma en el corazón del alazán y un chorro de sangre le alcanzó el rostro y se le introdujo en la boca, abierta por otro lamento mudo. Mientras bebía, comprendió que el animal, aun después de muerto, intentaba salvarle la vida nuevamente. El hijo de Arturo, el hijo de Sara, el hijo del hombre proclamado caudillo de Los Valles del Oeste, el hijo de la mujer que al huir encontró su destino, el hijo de sus hermanos y cuñadas, caminó por los desiertos de sal despojado ya de todas las posesiones materiales. Se detuvo cuando se halló otra vez exhausto, sediento, y, como las piernas se negaron a sostenerlo en pie, se tendió sobre la sal para pensar en Bel, para morir recordándola. Cerró los ojos, recordó. Murió hasta que oyó voces suplicantes y gozosas, voces lejanas y cercanas. Luego notó un frescor en la piel tan agradable como los mejores recuerdos que conservaba de la amada. Por miedo a despertar en medio de otra alucinación, mantuvo los párpados cerrados aunque la sed ya no le atormentaba y el sol ya no resplandecía al otro lado de esos párpados cerrados con un fulgor implacable. Sin abrir los ojos, se llevó una mano a los labios y no palpó en ellos las llagas que le habían impedido juntarlos, sino que los halló tersos y húmedos. También habían desaparecido sus barbas, y las ulceraciones en la piel del rostro. De alguna parte llegó hasta él una brisa aromática, y entonces tuvo por cierto que Los Dioses lo habían acogido en los reinos divinos, donde lo esperaría Bel. Pero Pol no se reuniría con ella en los mundos invisibles de esos Dioses en los que Remedes nunca creyó. Era muy blando el lecho donde yacía, y enseguida descubrió por el tacto que reposaba sobre un colchón mullido. Algo se posó en su hombro, y luego advirtió que unos dedos le recorrían la mejilla. Decidió abrir los ojos sin más demora: quizá fuesen los dedos de la diosa Bel. Eran los de un niño. Un niño de piel oscura; un niño de cabellos cortos, rizosos, negros como la piel y los iris de la mirada; un niño que le sonreía, que mostraba al sonreírle unos dientes blancos como el marfil. “¿Te llamas Bel?”, le preguntó el niño. Pol negó con la cabeza, se incorporó y, al moverse, se halló ligero, sin fatiga alguna. “Tenías fiebre, y en sus delirios pronunciabas ese nombre”, le habló de nuevo el chiquillo, que no habría cumplido aún los diez años. “¿Cómo te llamas entonces?”, se interesó el crío. “Me llamo Pol, y busco a quienes han matado a mis cuatro hermanos después de matarme a mí”, respondió el hijo de Sara. “Tú no estás muerto”, volvió a sonreír el niño, que prosiguió razonando: “Mi padre y mi abuelo te salvaron la vida en los desiertos salados. Has tenido suerte. Mi padre y mi abuelo sólo van por allí dos veces al año para traer sal”. Pol miró a su alrededor y comprobó que se encontraba en el interior de una tienda de lona. “¿Quieres saber mi nombre?”, preguntó el crío. “¿Qué lugar es éste?”, preguntó Pol. El niño respondió: “Este lugar es el Oasis de las Esencias. No es un oasis muy grande ni muy pequeño. Mi padre y mi abuelo me llevan con ellos a otros oasis para comerciar con las gentes que los habitan, a los grandes oasis y a oasis más pequeños. ¿Quieres saber ahora mi nombre? ¿Sí? Mi nombre es Zalamías el chico”. Pol no dejó de admirar la voz cantarina del niño, que continuó preguntando y respondiendo de este modo: “¿Quieres saber cómo se llama mi padre? ¿Sí? Mi padre se llama Zalamías el mayor. ¿Quieres saber cómo se llama mi abuelo? ¿Sí? Mi abuelo se llama el abuelo Zalamías”. Y el chiquillo siguió recitando, con gracia tal que incluso bosquejó una sonrisa en los labios tristes del perseguidor, los nombres de familiares y allegados hasta que entró en la tienda una mujer de piel no menos oscura que la del niño, al que verdaderamente no regañó con estas palabras: “Zalamías el chico, eres tan parlanchín como la madre de tu padre”. El chiquillo le habló a la mujer para decirle: “El hombre blanco se llama Pol, madre, y no Bel, como creíamos por los delirios de la fiebre, y afirma que busca a quienes han matado a mucha gente, entre la que él mismo se encuentra. Pero él no está muerto, así que la fiebre debe de haberlo trastornado y sólo el abuelo Zalamías podrá curarlo”. La mujer, llamada Rosaura, pidió al hijo que trajese pan dulce, caldo de serpiente y malvasía para Pol. “Sin derramar nada y en completo silencio”, le advirtió. De lo contrario no iría con el padre y el abuelo al más grande de los oasis; al oasis donde conviven las gentes de piel blanca con las gentes de piel negra. Cuando el niño salió de la tienda, Rosaura, muy alta y esbelta, quiso saber qué hacía Pol en los peligrosos desiertos de sal, y Pol le repitió su triste cantinela. “Mal lugar son Los Desiertos para perseguir a nadie. Seguramente esos dos rufianes que buscas han perecido ya, como tú habrías muerto si la suerte no te hubiera ayudado. Y, aunque no sea así, no darás con ellos si la suerte no te ayuda de nuevo, y tentarla dos veces es pedir demasiado. Mejor será que regreses a Los Valles del Oeste, o que te quedes aquí, con nosotros”, sentenció Rosaura. Como Pol estaba decidido a seguir la búsqueda de inmediato, Zalamías el mayor habló con el padre. El abuelo Zalamías, de canosos y rizados cabellos, condujo a Pol a su tienda y maceró unas hierbas en un mortero y luego las diluyó en agua y pidió a Pol que tomase el bebedizo con el pretexto de que le daría fuerzas para el camino, para la búsqueda. El abuelo Zalamías comprendería estaciones más tarde que aquellas hierbas con las que pretendía proteger la vida del extranjero no habían sido tan útiles para sus propósitos como había pensado: el hombre de Los Valles del Oeste cayó en un dulce letargo y, en cuanto salió de él, tuvo que darle más hierbas diluidas en agua para calmar sus dolores anímicos, y así inició una secuencia que después ya no pudo detener. Bel aparecía en las fantasías de Pol y lo besaba con besos tan apasionados que el perseguidor no tardó en creer que la realidad eran sus sueños y que la cordura que recobraba al desaparecer los efectos de los fármacos eran sus pesadillas. Con la amada paseaba por las praderas de Los Valles del Oeste, y Zalamías el chico hubo de convertirse en su guardián para que no se internase en el desierto mientras recogía flores silvestres para Bel en plena tempestad de arena o en plena noche. El muchacho, que compartía la tienda con Pol, ataba con un cordel el tobillo del hombre blanco al propio pie antes de dormirse. Transcurrieron los años y para entonces Pol ya no hablaba con nadie y a nadie escuchaba; las hierbas del abuelo Zalamías le habían incapacitado ya incluso para soñar. Así es lo que fue, y yo, al igual que Visen, tampoco quito ni pongo nada que no tenga por cierto. El pasado, ya lo dije, no suele olvidar lo que se le adeuda, y Remedes y Almudio aún debían pagar los débitos contraídos con el ayer. Por eso, aunque el perseguidor ya no era tal, pues su espíritu había sido capturado por un prolongado ensueño que lo destruía un poco más cada jornada, fueron ellos, los perseguidos, quienes acudieron al encuentro del hombre que ya no los buscaba para recordarle su anterior porfía. Los ladrones entraron en el Oasis de las Esencias a media noche. Doce sombras salidas de la oscuridad se dispersaron por las tiendas donde dormían los laboriosos comerciantes de especias. Les robarían cuanto poseían, monedas, camellos y honor, después de golpearlos en la cabeza para que siguieran dormidos. Y habrían culminado con éxito la nueva iniquidad si el destino no hubiese conducido a Remedes y Almudio a la tienda donde Pol, con el tobillo atado por un bramante al pie de Zalamías el chico, maceraba en el mortero, sin la ayuda de luz alguna, las hierbas que alimentaban su perdición. Remedes tropezó con Pol y éste, al recular, tensó la cuerda que lo unía al protector, quien despertó de inmediato y enseguida prendió el candil de aceite. Entonces Remedes se vio abrazado al perseguidor y gritó con tanta fuerza que su voz se extendió por todo el oasis e incluso los camellos se inquietaron. El tuerto Almudio fijó el ojo en los ojos muy abiertos de Pol y no tardó en imitar a Remedes, en pedir socorro a gritos al descubrir también una amenaza silenciosa en la mirada, desquiciada en realidad, del hombre de Los Valles del Oeste. Remedes atinó a golpear con la porra la cabeza de Pol y fue así como éste, que hasta entonces sólo trataba de recuperar el mortero caído en la arena del suelo de la tienda, recobró la conciencia y vio ante sí, a través de la sangre que le nublaba la vista por momentos, al hombre de mejillas marcadas y al hombre de cabellos albinos que habían matado a Bel, a los hermanos. Huyeron los perseguidos, y con ellos los otros diez ladrones, y el alba halló a Pol sobre un camello al que precedía el camello que montaba Zalamías el chico, convertido ya en un joven apuesto y conocedor de Los Desiertos. En Los Desiertos no hay caminos, como aseguraba Almudio; la dirección de los perseguidores la marcó el rumbo de los perseguidos, jornada a jornada, hasta que se bifurcaron las huellas de los ladrones. Zalamías el chico, desconcertado, se llevó la mano al mentón y luego anunció a Pol: “Diez ladrones se dirigen hacia algún oasis, pero los otros dos han tomado la ruta de Las Ciénagas”. Como Pol ya se había liberado para entonces del influjo de los fármacos, le habló al muchacho así: “Regresa con los tuyos. Yo he recobrado la cordura y sé lo que debo hacer, sé a quiénes debo perseguir”. El joven de piel negra se resistió a abandonar a Pol, pero éste habló otra vez para decirle: “Zalamías el mayor y el abuelo Zalamías me han salvado la vida y no deseo que mi existencia condicione la tuya por más tiempo. Tú vives realmente, mientras que yo estoy muerto aunque viva. Regresa, te pido, y haz feliz a tus mayores, como hasta ahora, con la rectitud de tus actos”. De nuevo demostró Zalamías el chico la gracia de sus parlamentos, repletos de tino, al replicar a Pol. Éste alzó la mano y le rogó: “No me enredes con tu labia. No serás menos que tu padre y que tu abuelo si me abandonas, pues no se puede abandonar a quien desea la soledad. En Las Ciénagas obraré como debo si estás al lado de los tuyos. En cambio, si estás junto a mí me ocuparé más en defender tu integridad que en atacar a esos dos enemigos de la vida”. Rosaura recibió al hijo con alborozo de madre cuando Zalamías el chico regresó al Oasis de las Esencias sano y salvo. También se alegró al verlo una muchacha que había ganado el corazón del joven; él la besó dos veces y luego le contó que el segundo beso requería una explicación que más tarde le daría. El muchacho se presentó ante Zalamías el mayor y ante el abuelo Zalamías, para rendir cuentas de la encomienda que había aceptado, y habló así: “Pol ha preferido seguir a pie. Los camellos son muy lentos para él y poco apropiados para andar por Las Ciénagas, donde, según parece, lo espera el pasado en vez del futuro. Has de saber, abuelo, que Pol ya se ha recuperado de la influencia de tus hierbas y de nuevo es el hombre que era antes de perderse en los desiertos salados. Y tú, padre, has de saber que diez ladrones tomaron la ruta del sol naciente, y que los otros dos, los rufianes que Pol perseguía, han elegido la ruta del sur para internarse en Las Ciénagas. Hasta allí seguí a Pol sin que me viera, pues antes me había pedido que volviera con los míos”. Remedes y Almudio también abandonaron los camellos que montaban en cuanto divisaron las nubes grises que anunciaban el fin de Los Desiertos y el comienzo de Las Ciénagas. Almudio corrió hacia un arbusto y pronto mascó raíces con las encías y babeó por las comisuras de los labios como la primera vez que Remedes lo descubrió en la ribera del río de Los Valles del Oeste. El hijo de Valior el pescador y Doria la dulce contempló a Almudio y, a pesar de las diferencias físicas, vio masticar raíces a Filipo. Entonces supo con certeza que no sería capaz de navegar por El Mar del Sur en busca del horizonte. En Las Ciénagas llueve con frecuencia. Los perseguidos agradecieron la lluvia al principio, la misma lluvia que maldijeron después, cuando los pies se les hundían cada vez más en el fango de los caminos. Almudio condujo a Remedes hasta el poblado donde había vivido, pero el albino cazador de escorpiones únicamente halló maleza en el lugar donde esperaba encontrar su cabaña. Lo reconoció un anciano, quien exclamó: “¡Almudio, hijo del lodo, mucho has tardado esta vez en regresar de Los Desiertos!”. El viejo, sentado en el soportal de una cabaña, continuó diciendo: “Te has quedado tuerto, según veo, y los magos te cegarán del todo si te pillan; sus pócimas han perdido valor sin el veneno de tus alacranes”. Una mujer salió del interior de la vivienda del viejo y, tras observar a Remedes y Almudio, que permanecían parados bajo la lluvia, mandó entrar en casa al padre. Obedeció el viejo, y por eso no vio que Remedes y Almudio empezaron a correr de pronto por alguna razón que yo no ignoro y que ustedes, sin duda, ya se imaginan. Sí, el perseguidor detrás de ellos, a unos pasos. Los perseguidos tomaron direcciones distintas en algún momento de la atropellada carrera, en la que no pensaron que la unión les facilitaría la defensa si eran atrapados, y no habrían de juntarse más: había llegado el último día para el cazador de alacranes. Pol le dio alcance en un altozano batido por el viento y la lluvia. Esgrimió el puñal ante él, el mismo puñal con que había matado al noble alazán en los desiertos salados. Almudio reculó entonces hasta perder el paso y caer de espaldas sobre la rama muerta de un árbol hendido por el rayo de alguna tormenta, una rama puntiaguda que se le clavó en la espalda y le atravesó el cuerpo y aún le salió por el pecho varios palmos para que el perseguidor y el propio perseguido viesen la punta sangrienta como el curvo aguijón de un alacrán después de haber herido o matado. Almudio confundió por última vez el llanto con la risa, sonrió al susurrar: “Cuánto ha crecido este escorpión desde que me picó cuando yo era pequeño, Cintia”. Y murió con el nombre de la amada en la boca y con el ojo posado en la enfangada llanura. Pol recuperó el aliento, buscó a Remedes con la mirada y bajó la ladera de la colina dispuesto a servirse una vez más de la muerte para combatir a la propia muerte. Remedes, tantas veces condenado a mirar hacia atrás, cruzó Las Ciénagas y aún no se había acostumbrado a la soledad cuando pisó las tierras costeras de El Mar del Sur, por lo que en ocasiones hablaba con Almudio sin advertir que éste ya no le aguantaba el paso a las espaldas. Decía: “Cogeremos una barca, Almudio, y navegaremos con las velas desplegadas. Nadie podrá alcanzarnos, soy un buen navegante. Pescaremos y comeremos sabrosos peces crudos, que calman el hambre y la sed, hasta ver qué hay más allá del horizonte. Tú, Almudio, habrás de ayudarme si mi hermano Filipo saca la mano huesuda de las aguas para arrastrarme con él. Si lo consigue, perecerás conmigo; tú no sabes interpretar el sentido de los vientos ni el reflujo de las corrientes marinas que preceden a las tempestades. ¿Me oyes bien, Almudio? Confía en mí, recuerda cómo burlé a los ladrones. Dicen que hay sirenas, Almudio, hay sirenas tan bellas como tu Cintia y como mi Rosalinda más allá del horizonte, y muchas, muchísimas riquezas. Seremos ricos. Cuando no tengas dónde guardar tantos tesoros, me mirarás satisfecho y tu ojo me dirá que he cumplido lo que te prometí”. Un mediodía, llegó Remedes al poblado de pescadores donde había nacido. Se escondió tras unos matorrales para ver sin ser visto. Poco después descubrió a un anciano sentado en el suelo junto a la cabaña de sus padres y tardó algunos instantes en identificar a Valior el pescador en la figura derrumbada de aquel viejo que contemplaba el mar sin moverse. Remedes continuó escondido entre los matorrales con la vista fija en la cabaña de los padres. También deseaba ver a Doria la dulce aunque no quisiera reconocerlo ante el inexistente Almudio. Pero no salió la madre de la cabaña, sino Petria. La mujer llevaba en brazos a un chiquillo y dijo algo a Valior y el viejo pescador asintió con la cabeza. Se alteró el corazón de Remedes, y también ahora se negó a reconocer que era alegría lo que sentía en el interior. Susurró esto: “¿Qué alacranes cazabas, Almudio, que no mataban al picar? Vive Petria, allí la tienes más hermosa que nunca con un hijo en brazos, ¿la ves? Y aquel hombre que se acerca ahora a ella por el camino debe de ser el esposo: observa cómo el niño corre hacia él torpemente porque aún es muy pequeño. Creo que mi madre ha muerto, Almudio, y que mi padre vive de la caridad de Petria. He cogido frío en Las Ciénagas, ya ves que moquean mis narices y están llorosos mis ojos. Será mejor que nos vayamos de aquí. Nos alejaremos hasta que todos duerman”. Y Remedes se alejó de allí sin entender qué le sucedía, por qué lloraba sin llanto, qué nuevo corazón latía en su pecho, qué era aquello que sentía por Valior el pescador, por Doria la dulce, por Petria. Rosalinda, sí, era ella quien le gobernaba ese corazón nuevo desde Los Bosques del Este. Remedes, que vaga entre sombras, no era un hombre bueno. Raimon, que es polvo en el viento, no era un mal hombre. Transcurre la noche y duerme este perrillo. Ulula el viento y tal vez nieve ya y acaso seamos más infelices que las bestias pues nosotros podemos juzgar y opinar y darnos cuenta de lo que hacemos bien y de lo que hacemos mal y de cuanto sucede a nuestro alrededor sin que alcancemos a entenderlo muchas veces. Rex el poderoso compartía el apodo con Arturo, ya lo saben, ya lo he contado, y explicó las razones de su sobrenombre a Rosalinda tras raptarla con la intención de engendrar un hijo distinto a los setenta y cinco hijos anteriores; un heredero digno de su doctrina absurda, cruel. Arde el pábilo en la cera pero, afuera, la noche no deja de ser oscura por ello. Arquín el sabio maldijo a Nerea la bruja sin lograr asir los pies de la vieja con los brazos. La bajísima Alba sintió los primeros dolores del parto a la vez que la altísima Blanca, y ambas fueron madres al mismo tiempo. Me temo que he perdido de nuevo el hilo de mi narración. Crepita la leña en el fogón y el calor del hogar nos reconforta pero, afuera, el hielo no será por ello menos gélido, al igual que el pábilo encendido combate a la noche sin vencerla. Tememos a la muerte, como tememos a la vida, y sabemos que los años que ya hemos cumplido son más numerosos que los que habremos de cumplir cuando esos miedos nos despiertan algunas noches. No comprendo cómo he podido olvidar mi canto en ese instante en que Remedes regresó al poblado donde había nacido y advirtió que no era dueño de sus sentimientos. Acaso esta historia me dolía tanto que el sufrimiento me pidió salir un instante de la memoria. Apenas un sorbo de licor y retomo el pasado para agradecerles la hospitalidad, que sólo Los Dioses podrán pagarles totalmente. Nadie en la aldea pesquera descubrió a Remedes el perseguido cuando el desconcertado hijo de Valior el pescador y Doria la dulce abandonó el lugar desde el que contempló el escenario de su infancia y juventud sin saber adónde ir en realidad. Fue Pol el perseguidor quien marcó la ruta de su huida al aparecer ante él y cerrarle el paso hacia el río de Los Bosques del Este, hacia las aguas en que se bañaba la hermosa Rosalinda todos los días mientras la protegían la serpiente, el lobo y el águila, guardianes que no lograron impedir que Rex el poderoso la raptase. Así que Remedes torció el rumbo y tomó las sendas que lo conducirían de nuevo a Las Ciénagas. Al cabo de algunas jornadas, los pies se le enfangaron otra vez hasta los tobillos en el lodo mientras recorría los mismos parajes donde Almudio había hallado la muerte a manos del hombre que ahora lo perseguía a él. Lo tenía tan cerca que no podía detenerse a comer raíces, tan cerca que le daba alcance por las noches, cuando lo dominaba el sueño que tanto nos limita. Una mañana, cuando lo despertó esa pesadilla, Remedes no vio a Pol en la distancia, sino a unos pasos de él con un puñal en la mano. Aún intentó huir, impulsado no tanto por la voluntad como por la inercia, hasta que la tierra cedió bajo sus pies y comenzó a hundirse en las arenas movedizas donde había caído. Cuanto más se movía en el fango, que ya lo ceñía por la cintura, más se hundía, y entonces tuvo por cierto que era su hermano Filipo el que tiraba de él hacia las profundidades de aquella fosa llena de barro licuado ante la que se había detenido el perseguidor. Miró Remedes a su alrededor, con esa mirada desesperada que aflora en los ojos de quienes saben que les ha llegado la hora de morir, mientras en vano buscaba con las manos un punto de apoyo. Convencido de la inutilidad de la lucha contra Filipo, el perseguido posó la vista en Pol, que permanecía quieto, de pie bajo la lluvia, con los brazos desmayados a lo largo del cuerpo; la mano del perseguidor había soltado el puñal, y en su rostro no vio Remedes reflejada la satisfacción, sino un cansancio infinito, un desamparo acaso tan atroz como el suyo. Cuando el barro de aquellas arenas le llegaba a la barbilla, le gritó al perseguidor: “¿Vas a consentir que me mate mi hermano y no tú? ¿Para eso me has perseguido durante tantos años?”. Pol no respondió. Remedes, tras escupir el lodo que ya se le introducía en la boca, gritó de nuevo: “¿Qué clase de hombre eres?”. Pol tampoco habló entonces, ni se movió de donde estaba. La cabeza de Remedes emergió del lodo cuando el perseguidor, dándolo por muerto, se disponía a regresar a Los Valles del Oeste. Pol oyó que el perseguido clamaba: “¿Ni siquiera deseas saber por qué lo hicimos?”. Sólo reaccionó tras exclamar Remedes: “No soy más culpable que quien nos pagó para matarte”. El hijo de Arturo, el hijo de Sara, el hijo de sus hermanos y cuñadas, asido a las ramas de un arbusto cuyas hojas cabeceaban bajo la lluvia, introdujo la mano libre en el barro, la misma mano que antes había sujetado el puñal, y logró aferrar a Remedes por los cabellos, extraer su cabeza del lodo. El perseguido respiró codiciosamente, se atragantó, escupió barro. Pol, mientras lo sujetaba por los cabellos, observó su rostro enfangado, desencajado, y le preguntó: “¿Por qué me has matado, quién te pagó para que me mataras?”. “Sácame de aquí si quieres saberlo”, le contestó Remedes asido al brazo de Pol, quien tiró de sus cabellos nuevamente y lo libró de las arenas movedizas. Así habló Remedes: “Sólo te diré lo que quieres oír si juras que respetarás mi vida cuando te lo haya dicho”. Pol replicó: “Debes morir, debo matarte. No deseo que nadie más sufra por tu culpa este dolor que yo padezco”. Remedes descubrió el puñal que Pol había abandonado en el fango, pero no intentó apoderarse de él: intuyó que sus palabras, las palabras que enseguida repetirán mis labios para ustedes, herirían más certeramente a su enemigo que otra arma cualquiera. Dijo Remedes con gravedad en la voz: “Yo no puedo jurarte nada por mi honor, pero respeta mi vida y te seguiré, como tú me has seguido, y comprobarás la sinceridad de mi arrepentimiento”. Remedes sólo empezó a creer en lo que dijo después de haberlo dicho. Tendido en el lodo de Las Ciénagas, Pol de pie ante él, miró otra vez hacia el puñal y calculó las posibilidades que tendría de alcanzarlo antes que el perseguidor. Su disposición anímica, sin embargo, distaba mucho de proyectar un ataque; únicamente planeaba la defensa en caso de ser agredido. “¡Habla ya!”, gritó Pol al tiempo que lo pateaba, y después, sin dejar de patearlo, masculló: “Habla ya, que hace días que te espera entre los duendes del averno el criminal que te acompañaba, el asesino de mi Bel”. “Hablaré, sí”, prometió Remedes mientras se protegía de las patadas incesantes de Pol, y voceó: “No soy más culpable que quien nos pagó para matarte”. “Eso ya lo has dicho”, exclamó Pol. Remedes gateó en el barro, habló para quejarse así: “Ella no debía morir, ella sólo debía presenciar tu muerte. Eso nos ordenó quien nos pagó”. “¡No!”, se lamentó Pol al adivinar el nombre del verdadero autor de su desgracia. “Sí, fue el padre de la muchacha quien nos pagó, el hombre de un solo brazo”, confesó Remedes. “¡No!”, repitió Pol el anterior lamento antes de caer de rodillas frente a Remedes. Éste aseguró: “Sí, sí, fue él”. Y Pol, mientras agonizaba, mientras las manos se le hundían en el fango y los dedos se cerraban sobre la tierra para formar puños que contenían menos lodo que desesperación, vio a Raimon una vez más con los ojos del recuerdo. El mutilado corría tardíamente hacia ellos, y ahora Pol entendía el sentido real de las palabras desgarradas que el padre de Bel repitió en su memoria y que yo reproduciré para ustedes: “¡A ella no, miserables!”. Se incorporó Remedes, cogió el puñal de Pol y, tras un instante de duda, lo arrojó a la fosa de las arenas movedizas y con ese lanzamiento renunció definitivamente al pasado, en el que el odio le había privado del amor. Después observó a Pol y comprendió que el hombre de Los Valles del Oeste había muerto por segunda vez, que la vida lo había matado por segunda vez sin cortarle el aliento ninguna de las dos veces. Remedes, tras limpiar el barro que aún le cubría la boca, habló para decir: “Si aceptas mi ayuda, que no aspira a otro pago que no sea tu perdón, te acompañaré para hacer justicia”. Pol, con la mirada extraviada, farfulló: “Ahora, ahora no quiero sino venganza”. “Pues te acompañaré para que la obtengas”, repuso Remedes, menos decidido que sorprendido: advertía que no mentía al hablar como siempre había mentido hasta entonces. Mintió al afirmar: “Conozco estos caminos, así que levántate y tomaremos la ruta más corta que nos lleve a Los Valles del Oeste”, pero la nueva mentira, como las mentiras posteriores, no albergaron los propósitos de las antiguas mentiras. “¿Dónde está mi puñal?”, preguntó Pol, y se incorporó con las fuerzas que proporciona la ira cuando se mezcla con el desconsuelo. “No necesitaremos más arma que nuestra voluntad para conseguir lo que pretendemos. Sígueme, como muy bien sabes hacerlo, y pronto avistaremos el río de Los Valles del Oeste”, respondió Remedes con el fanatismo del que halla de pronto una nueva causa para afrontar el porvenir cuando el presente se torna baldío. Remedes nunca más miraría hacia atrás con miedo. A partir de entonces se convirtió en el guardián del hombre al que había matado y al que, sin embargo, debía la vida que el hermano, que Filipo, ¿lo recuerdan?, pretendió arrebatarle, justiciero, en la fosa de arenas movedizas de Las Ciénagas, donde tanto llueve, donde llueve todo lo que no llueve en Los Desiertos por algún capricho de las nubes, no menos querenciosas que los animales terrestres. “Por ahí no”, apuntó Remedes, aunque en realidad también desconocía el territorio por el que vagaban. “Por aquí”, aventuró, y observó con satisfacción que Pol atendía el ruego. A la derecha del camino que habían tomado, en la cima de un altozano, el renacido hijo de Valior el pescador y Doria la dulce divisó a Almudio, ensartado en la rama de un árbol fulminado por alguna centella. Al día siguiente, supo que caminaban en círculo cuando, a la derecha del camino, vio nuevamente el árbol seco que mantenía en pie el cadáver del cazador de alacranes mientras los cuervos y los buitres se disputaban sus vísceras. “Por ahí no, por aquí”, pidió entonces a Pol. Remedes recogía bayas y raíces por los senderos y se sentía dichoso, extrañamente dichoso, cuando Pol aceptaba los alimentos que él le ofrecía. Los saludaron unos caminantes, a los que Remedes saludó. Pol no correspondió al saludo, Pol continuó la marcha sin aminorar el paso. Los tres viajeros, ante la pregunta de Remedes, le dijeron que por aquella ruta jamás llegarían al río de Los Valles del Oeste; conducía a un oasis situado en la frontera entre Los Desiertos y Las Ciénagas, del que ellos venían. Le indicaron qué dirección debía tomar. Remedes alcanzó a Pol y le rogó: “Por ahí no, por aquí”. Y Pol aceptó la nueva sugerencia sin percatarse de que habían caminado durante jornadas por los caminos de la doble desorientación de Remedes. Las aguas del río de Los Valles del Oeste bajan lentas y en el cauce abundan los remansos, a diferencia de la corriente del río de Los Bosques del Este, donde se bañaba Rosalinda, que discurre rauda y forma espumas al despeñarse por cataratas o al precipitarse por cañadas de muy acusada pendiente. Los dos ríos nacen en Las Montañas, ya lo dije, y también les conté que las mansas o fieras aguas se unen para ahogarse juntas en El Mar del Sur. Remedes y Pol bebieron en las tranquilas aguas del río de Los Valles del Oeste, y ambos remontaron el cauce por las riberas sinuosas donde crecen finos árboles de hojas delicadas que se conmueven con las caricias de la brisa. Pol, sin detenerse, comía los peces que Remedes capturaba a mano en el río aunque los espejos del agua reflejasen las cicatrices de sus mejillas y su imagen le recordase cada rincón del pasado. Al reconocer la pradera donde había muerto con la muerte de la amada, Pol cayó nuevamente de rodillas, derribado por el desconsuelo, hasta que la ira le obligó a levantarse y emprender una carrera que sólo interrumpiría al llegar ante la cabaña de Raimon. Remedes, desde la distancia que lo separaba del antiguo perseguidor, pues no consiguió aguantar el ritmo frenético de las zancadas de Pol, vio cómo éste, sin reparar en la maleza que rodeaba la cabaña abandonada, pateaba la puerta de la vivienda, y cómo la puerta cedía tras el primer golpe. “¿Dónde te escondes, maldito?”, gritó Pol en el interior de la casa al tiempo que removía los enseres polvorientos y desvencijados. “¡Soy Pol, y vengo a matarte desde la muerte que tú has desatado entre nosotros!”, continuó vociferando para no captar lo que los ojos veían. Al fin salió al exterior y, detenido por el desconcierto en medio de las crecidas malezas que sitiaban la cabaña, recorrió con la mirada los alrededores buscando indicios del paradero de Raimon. Descubrió en la lejanía a un pastor de merinas, y hacía él se encaminó con los cabellos alborotados por el viento y con el rostro desencajado por la furia. El viejo pastor, mientras rebuscaba en la memoria, repitió la pregunta que Pol le hizo. “¿Dónde está Raimon, Raimon el mutilado?”, hubo de preguntarse por segunda vez el anciano antes de que se le iluminasen los ojos súbitamente. “¿Te refieres al padre adoptivo de una mujer muy hermosa que se llamaba Bel, que era hija de Telesforo el impetuoso y de la bella Telma?”, preguntó y recitó el pastor. “A ese miserable me refiero, sí”, asintió Pol con el gesto y con la palabra. El viejo prosiguió recitando: “La hija heredó los dones de la madre, y también la desventura, pues ambas perdieron a los amantes más allá de Las Montañas, en tierras de Los Bárbaros del Norte”. Por desgracia, Pol no prestó atención a cada una de las palabras del viejo pastor. De haberlas escuchado todas, habría comenzado a vivir entonces mismo, y no estaciones más tarde, cuando Gregor, el juglar vagabundo, llegó a Los Bosques del Este y en el poema que dedicó a Rosalinda apareció el nombre de Bel entre los nombres de Perdición y Perfidia, como él llamaba a la mujer responsable de su extravío sin pronunciar nunca el nombre verdadero de esa fémina. “Debo matar a Raimon, pero no está en su cabaña. ¿Dónde está?”, interrumpió Pol al viejo, lo zarandeó para que fuese concreto en la respuesta. “No podrás matar a un muerto”, razonó el anciano. Pol arrugó el entrecejo, preguntó: “¿Ha muerto?”. “Ha muerto, sí. Se lo llevó un miserere, el mismo cólico que me privó de la compañía de mi esposa”, contestó el pastor, se quejó a la vez que respondía. “No es posible”, exclamó Pol. “Has llegado con muchos años de retraso para cumplir tus propósitos. Las madres de las madres de mis ovejas han pastado la hierba que crece sobre la tumba de ese hombre. Está en aquel cerro de allí, junto al árbol que ves combado por el viento primaveral”, detalló el pastor. Pol tampoco oyó lo que el viejo dijo a continuación; ya se había alejado de él cuando el anciano habló así: “La propia hija adoptiva lo enterró, y luego plantó junto a la tumba ese arbolillo, y luego tomó la senda del barranco de los suicidas, donde la esperaba la madre”. Calló el pastor al observar que Pol se encaminaba con premura hacia el cerro donde reposaban los huesos de Raimon. “¡No te servirá esconderte de mí bajo la tierra, miserable!”, gritó Pol al tiempo que pateaba la hierba de la sepultura de Raimon. Bajó del cerro y poco después volvió a subirlo con una azada que halló en la cabaña abandonada, decidido a desenterrar a Raimon para machacar después sus huesos hasta convertirlos en polvo que el viento diseminaría sin concederle un instante de descanso. “¡Aquí estás, aquí!”, vociferó Pol al descubrir los restos de Raimon. Situó el cráneo sobre una laja y lo golpeó con una piedra y continuó golpeándolo hasta reducirlo a nada. Después hizo lo mismo con los demás huesos, y lamentó que al mejor amigo de Telesforo el impetuoso le faltara un brazo cuando se acercó una vez más a la sepultura y en ella no encontró ya hueso alguno. El pastor vio que Remedes llegaba a la altura de Pol, y luego vio que ambos desaparecían por una senda como arrastrados por el mismo aire que se había llevado a Raimon, polvo en el viento desde entonces. Así es lo que fue, pero mi relato aún no les pertenece por completo. Para que sea enteramente de ustedes, proseguiré hablando, si lo tienen a bien, y les contaré que Pol, seguido ahora por Remedes, se dirigió hacia la casa de los padres con esos pasos cansinos que propicia el desconsuelo cuando la ira se disipa. Pol contempló los paisajes de su juventud y le parecieron distintos, retocados por la mano del tiempo. Después comprendió que no habían cambiado los senderos, las praderas, los sembrados, las aldeas, sino que era su forma de ver las cosas la que había cambiado desde que sus ojos miraban a través de un velo, de un filtro sombrío, doloroso. Sí: al contemplar los escenarios de su pasado, se produjo en Pol un efecto similar al que padeció Remedes frente al poblado de pescadores de El Mar del Sur. El hijo de Valior y Doria también era ya otro cuando regresó a la costa y vio al padre y a Petria pero no vio a la dulce madre, cuando su vista empañada por las lágrimas se posó en el horizonte marino hacia el cual no navegaría jamás. A veces Pol oía los pasos de Remedes detrás de él, y en ocasiones se giraba y le preguntaba: “¿Qué quieres? ¿Por qué me sigues?”. Remedes, medroso, se detenía, respondía: “Te sigo porque quiero obtener tu perdón”. “Nunca obtendrás ese perdón, y tendrás más probabilidades de sobrevivir si te alejas de mí que si permaneces a mi lado. Tal vez mañana necesite cobrar lo que me debes para aliviar el sufrimiento que me produce esta muerte en la que vivo”, le contestaba Pol, con más amargura que convencimiento en la respuesta, antes de proseguir caminando hacia un porvenir con pocos alicientes. Remedes, que todavía no entendía sus sentimientos, pues mentía sin mentir y actuaba sin dominar los impulsos, dudaba hasta que Pol se perdía en la distancia. Entonces, para huir del pasado y de la soledad, corría en persecución de su antiguo perseguidor. No atino a contarles este relato de otro modo, con mayor gracia. Les ruego que mi escasa fortuna como narrador no les induzca a cerrar las puertas de su hospitalidad a otros peregrinos que acudan a su hogar en busca de alimento y cobijo en una noche enemiga de vagabundos y caminantes. Sin duda serán más afortunados que yo otros parias que les soliciten auxilio y después hablen ante ustedes para corresponder a su generosidad. Continuaré diciendo que Pol llegó ante la cabaña de los padres y que no la halló en mejor estado que la casa de Raimon. Otro anciano pastor de ovejas le habló de la muerte de Arturo el poderoso, de la muerte del caudillo de Los Valles del Oeste cuando Los Bárbaros del Norte invadieron aquellas tierras, de la muerte del padre que había perdido a todos los hijos más allá de Las Montañas. “Sus restos reposan al lado de su primera esposa, y me temo que la leyenda de ese poder suyo será olvido en cuanto desaparezcamos quienes estimábamos a ese hombre, cabal y valeroso, de breve estirpe”, concluyó el viejo. “¿Y qué fue de mi madre?”, preguntó Pol sin darse cuenta de que el anciano ignoraba su parentesco con la familia rota de Arturo el poderoso. “¿Y qué fue de su segunda esposa?”, hubo de preguntar nuevamente. El pastor se llevó la mano al mentón y al fin le respondió la memoria lo siguiente: “Sara regresó a Los Bosques del Este, de donde procedía, y las esposas de los hijos de Arturo también se marcharon hacia los lugares donde nacieron tras esperar en vano el retorno de los maridos”. Pol visitó la tumba del padre y ante ella oró la plegaria que contenía los sucesos de sus andanzas durante aquellos años. Luego volvió a caminar. Por el rumbo de Pol supo el hijo de Valior que el quinto hijo de Arturo iba ahora en busca de la madre, y entonces Remedes pensó en Doria la dulce y le dolió el corazón como nunca le había dolido. Después, al pensar en Rosalinda, sintió otra punzada en el pecho: las mejillas marcadas y los años que había malgastado no le permitían concebir esperanzas para su amor. Las gentes de las aldeas de Los Valles del Oeste indicaban a Pol las rutas que debía tomar para acercarse a Los Bosques del Este, y se conmovían mucho con su triste historia, que él recitaba añadiendo a la narración de la desgracia detalles nuevos en cada nueva ocasión. Le daban panes recién hechos para el camino, y carnes ahumadas, y vino o leche. Remedes se alimentaba con los restos que Pol dejaba, restos que siempre consistían en la mitad del pan, de la carne y del vino o de la leche. A veces Pol dormía en las casas o en los establos que los campesinos le ofrecían para pasar la noche. Remedes, tendido en algún lugar cercano del exterior, vigilaba el sueño de Pol hasta que lo vencía el propio cansancio, el peso de la confusión en la que se debatían sus sentimientos. En ocasiones, al despertar con el alba, la intención primera de Remedes era huir de Pol: en sueños aún lo perseguía el hombre al que él seguía ahora en silencio. La frondosidad de Los Bosques del Este sólo es comparable a su grandeza, y también les contaré que sus espesuras rezuman nieblas ligeras que se retiran en cuanto nace el día. En ellos cantan sus criaturas con un alborozo que no contamina la pureza de los silencios custodiados por la presencia imponente de árboles milenarios. Allí, en medio de tantos aromas como embriagan los sentidos, las lluvias son frecuentes, pero poco duraderas. Incluso suele llover y lucir el sol al mismo tiempo, y entonces aparecen en el cielo los colores del arco iris con una nitidez que en ningún otro lugar he visto. Pol sabía que Sara había nacido en una cabaña situada en un claro del bosque junto a tres árboles, dos de ellos bajos y de ancha copa, el tercero muy alto y apenas sin ramas. Acertadamente pensaba Pol que la madre habría regresado a ese lugar amado que había abandonado un día, vestida con ropas masculinas y cortados los cabellos como los de un hombre, para huir de Rex. Si en Los Desiertos no hay caminos, en Los Bosques del Este hay tantas sendas y trochas entrecruzadas que un hombre puede extraviarse en algún desvío con igual facilidad que en las dunas móviles de las ardientes arenas, donde todas las estaciones son la misma estación. El hijo de Sara tomó un sendero cualquiera y avanzó por él a buen paso. Entonces Remedes temió perder sus huellas en alguna encrucijada de aquellos parajes de exuberante vegetación y acortó la distancia a la que se había mantenido de Pol hasta ese momento. Remedes oyó cantar a un hombre, aunque en ese canto no reconoció la voz de Visen. Pol, sin embargo, siguió de inmediato la dirección que le indicaba el melodioso sonido. El padre de la agraciada Rosalinda se hallaba sentado en el suelo, recostado en el tronco de un árbol, y sujetaba entre las manos un odre de vino. Las sombras anunciaban ya la llegada de la noche. Pol guardó silencio, de pie ante Visen, hasta que el esposo de Andrea lanzó al aire el último estribillo del canto. Para entonces ya había bebido el hijo de Sara un buen trago del vino que Visen le ofreció sin dejar de cantar. El padre de Pit el enano y Pisón el gigante le habló así: “Estoy alegre porque mis hijos me han dado otras dos nietas, pero no quisiera ofenderte con mi alegría pues observo que tu tristeza es tan grande como mi felicidad”. “No me ofende tu gozo, Visen, como tampoco me ofendió hace años”, respondió Pol. “Diablos, conoces mi nombre, y eso significa que yo debería conocer el tuyo. Disculpa mi olvido. He bebido demasiado durante esta jornada en la que vengo de comunicar la buena nueva que te he dicho a los padres de las esposas de mis hijos”, repuso Visen, y continuó hablando así: “Ni siquiera acierto a regresar a casa y canto para que mis hijos me localicen por la voz, como tú has hecho seguramente. ¿Puedes decirme tu nombre?”. “Soy Pol, y busco a mi madre”, se identificó el hijo de Sara. Visen se golpeó la frente con la palma de la mano antes de exclamar: “Alabados sean Los Dioses. Eres Pol, sí, el hombre de Los Valles del Oeste que buscaba a quienes lo habían matado”. Visen fijó la mirada en los ojos de Pol, observó: “Pero ha cambiado el mensaje de tu lamento. ¿Has hallado a quienes buscabas?”. “Sí”, contestó Pol escuetamente, y luego agachó la cabeza. Como Visen descubrió a Remedes medio escondido tras unas matas, preguntó a Pol: “¿Estás seguro?”. Pol asintió esta vez con el gesto, y Visen habló para decir: “Pues te diré que hay un hombre a tus espaldas que, por su actitud, parece uno de esos bellacos”. “No te preocupes por él. No pretende mi muerte, ya me ha matado, sino mi perdón”, detalló Pol en voz muy baja. “No entiendo lo que me dices, pero no me extraña que así sea porque ni siquiera me obedecen las piernas y pronto verás que incluso se niegan a sostenerme de pie. Ayúdame a levantarme de aquí y trataremos de llegar a mi casa antes de que la noche se una a mi embriaguez para ampliar mi extravío. Mañana, con la luz que nos regale el día, seré yo quien te ayude a buscar a tu madre”. Pol atendió el ruego de Visen y después caminó al paso inconstante e impreciso del beodo feliz. “A ver si por esa senda nos acompaña la suerte”, deseaba Visen cuando debía cambiar el rumbo, y volvía a cantar en voz muy alta. Cuando la noche ya le cegaba los ojos, habló para decir: “Me parece que dormiremos al raso, estimado Pol, así que mejor será que nos acomodemos por aquí cerca sin derrochar más esfuerzos”. Entonces, detrás de él, sonó una voz que decía: “Veo una luz a lo lejos”. Pol miró hacia atrás pero no distinguió a Remedes en medio de la oscuridad. Como Visen creyó que había sido Pol quien había hablado, a él le preguntó: “¿Ves una luz?”. “Sí, al frente”, respondió Remedes. Visen exclamó alborozado: “Alabados sean Los Dioses todos, y bendito El Dios de los borrachos, que tanto me protege”. Rosalinda oyó el lejano canto del padre y corrió hacia él con un candil en la mano. Cuando reconoció a Pol en el hombre que sujetaba a Visen, se llevó la mano libre a la boca, y fue el padre quien habló esto: “Sí, hija mía, es Pol, puedes creerlo”. Rosalinda se acercó aún más a Pol para mostrarle el fragmento de estrella que le colgaba del cuello; sonrió al mostrarle el colgante, dijo: “Conservo tu piedra”. Pol vio la sonrisa de Bel en los labios de Rosalinda, además de escuchar la voz de la amada en la hija de Visen, y se le llenaron los ojos de lágrimas y de nuevo le brotó de la garganta una breve plegaria en cuyo susurro sólo se le oía orar una y otra vez: “Bel, mi Bel”. “Rosalinda, mi Rosalinda”, oró igualmente Remedes en voz baja, y apareció entre las sombras, y la hija de Visen se sobresaltó ante esa presencia del hombre con las mejillas marcadas. Remedes alzó el brazo ante ella y habló así: “No te inquietes, Rosalinda, ya no soy el que te agredió. Ahora sigo a quien maté para obtener su perdón”. La mujer miró a Pol y, como éste no desmintió las palabras de Remedes, se tranquilizó enseguida. Rosalinda, una vez que Visen se apoyó en su hombro, tomó en la suya la mano de Pol para conducirlo a la cabaña de los padres. Andrea, tras alegrarse del regreso de Pol, le preguntó al marido: “¿Has cumplido la encomienda?”. Visen respondió: “¿Acaso no ves mi estado? Cumplida está, mujer, y festejada. Los padres de tus nueras saben que pueden contar con dos nietas más desde ayer a estas horas”. “¡Visen, conseguirás que te aborrezca!”, se enfureció Andrea. “Me gusta el vino demasiado, ya lo sé”, se disculpó Visen, que no pudo seguir hablando porque la esposa se encaró con él y le aclaró: “¡Alba ha parido un varón, como un varón ha parido Blanca!”. “¿Dos varones, dices?”, se asombró Visen. “Sí, Visen, sí”, exclamó Andrea. Se tambaleó el esposo, tomó asiento, pasó la mano por la boca, dijo: “Entonces mañana tendré que partir de nuevo para deshacer la confusión cuanto antes”. “Sí, pero únicamente beberás agua por el camino”, repuso Andrea. “Come”, pidió Rosalinda a Pol. El hijo de Sara permaneció cabizbajo y ausente hasta lamentarse así: “Mi madre vivía en un claro del bosque, en una cabaña junto a tres árboles, uno grande y los otros dos pequeños. Ella es lo único que me queda del pasado”. “Te equivocas”, lo atajó Rosalinda al tiempo que le acercaba más el plato, y luego le pidió otra vez: “Come”. Obedeció Pol y, mientras tragaba el primer bocado, oyó tardíamente, como solía, las palabras que Rosalinda había opuesto a su sentencia. “¿Que me equivoco?”, preguntó. Rosalinda asintió con la cabeza antes de asegurar: “Tu alazán no ha muerto en Los Desiertos”. Pol miró a la mujer, le habló así: “Yo mismo lo maté. Su sangre me permitió vivir hasta que me hallaron dos hombres, de piel oscura, de gran bondad, que viven en un oasis. Ellos me dieron un elixir maravilloso con el que soñé durante años con mi Bel. Aún hoy, a veces, lo echo de menos”. Relinchó un caballo en el establo. Rosalinda sonrió, dijo: “¿No oyes a tu alazán? Tu alazán vive, Pol, vive. Cuando hayas comido, verás con los ojos lo que te resistes a creer”. Pol detuvo la mano con que se alimentaba al oler el perfume que exhalaba el cuerpo de Rosalinda, al aspirar la misma fragancia que emanaba del cuerpo de Bel. La hija de Visen y de la paciente Andrea se levantó de la mesa y dijo: “Termina tu cena mientras doy alimento a ese hombre al que perseguías, a ese hombre que ahora te persigue a ti, pues ya no es un bellaco, sino una víctima de sí mismo”. La mano de Remedes tembló de tal modo al aceptar la comida que le sirvió Rosalinda que el guisado acabó en el suelo. “Traeré más”, intentó tranquilizarlo la mujer, pero él respondió: “No hace falta”, y recogió la carne de la tierra antes de perderse en las sombras. En ocasiones resulta imposible enderezar totalmente el torcido cauce de una vida y a veces me duele este relato con el mismo sufrimiento que padeció Remedes en el pecho al regresar a la oscuridad nocturna con los ojos grises de Rosalinda clavados en el corazón. Visen salió del sueño y con una caricia despertó a la esposa antes de susurrar: “Nuestra hija necesita marido, Andrea”. Ella musitó: “Ni siquiera sabes cuántos nietos tienes, Visen”. El padre de Rosalinda besó a la esposa en la mejilla antes de asegurar: “Pol es apuesto, y fuerte, y muy noble. Sería un buen marido para ella”. “Ama a otra mujer, Visen”, se lamentó Andrea. “A una mujer muerta”, apuntó el esposo, que en media noche de sueño había recobrado la sobriedad. “Eso es lo peor de todo. Muchos son los dones de nuestra hija, pero acaso sean insuficientes para desterrar un sueño de una memoria”, contestó Andrea. Visen repuso: “Podrá quedarse en la antigua cabaña de nuestros varones hasta que encuentre a la madre”. Andrea manifestó entonces la duda que albergaba en el interior al hablar así: “Tal vez fuese mejor que no se quedara con nosotros. Un hombre tan noble y apuesto, con un corazón que no le pertenece, puede ser peligroso para una mujer como Rosalinda”. “¿Como Rosalinda? ¿Qué quieres decir con eso?”, preguntó Visen tras rascarse el cogote. “Duerme, Visen, duerme. Mañana te espera otra larga caminata, por necio”, lo recriminó Andrea. “¿Podré llevar un poco de vino, medio odre de vino al menos, en vez de agua?”, suplicó Visen. “No, mañana beberás agua, y con agua celebrarás lo que se te ocurra festejar”, se mantuvo firme Andrea. “Entonces responde a lo que antes te pregunté”, exigió él. Ella contestó en un susurro como los anteriores: “Nuestra hija tiene tanto amor dentro de sí que sólo la hará feliz alguien como ella, alguien que se entregue a ella con la misma intensidad con que ella se entregará a él. Y no necesitas decirme que no me entiendes porque ya sé que no me entiendes. ¿Cómo habrías de entenderme si confundes hasta el sexo de tus nietos?”. La cabaña de Pisón el gigante y de la bajísima Alba se levantaba junto a la casa de Pit el enano y de la altísima Blanca. Las dos hermanas concebían a la vez, y si una de ellas paría una niña la otra alumbraba al mismo tiempo una niña, y si era un niño el que paría Alba un niño alumbraba Blanca. Por las fechas en que Pol y Remedes llegaron a Los Bosques del Este, las primogénitas de Pit y de Pisón ya acompañaban a la tía hasta el río, y contemplaban multitud de prodigios: el viento se calmaba si hablaba Rosalinda, el sol lucía más que nunca si ella sonreía, las veloces aguas del río formaban remansos en torno a su cuerpo desnudo y los más fieros animales del bosque acudían mansos ante ella para recibir sus caricias. Rex el poderoso consiguió raptar a Rosalinda, ya lo he dicho, ya lo saben. Pero, mientras la retuvo con él, no cesó la furiosa tormenta que se desató en el momento mismo en que fue capturada, una tormenta de centellas tan frecuentes y truenos tan ensordecedores como nadie había sufrido hasta entonces por aquellos lugares. Pol comprobó que su alazán vivía en el caballo que le mostró Rosalinda: vivía en la nobleza, en la inteligencia, en los ojos, en la alzada, en las crines, en cada uno de los relinchos del hijo. La hija predilecta de Los Bosques del Este temió durante muchas jornadas que las sombras de la noche o las primeras luces del amanecer convenciesen a Pol para que prosiguiese la búsqueda de la madre sin aceptar por más tiempo la ayuda que Visen y Andrea y los hermanos y las cuñadas y ella misma le prestaban para encontrarla. En cada rama de los árboles la brisa cobró voz y proclamó que Rosalinda amaba a Pol, y el regocijo de los aires desestimó, por inconcebible, la posibilidad de que Pol no la amase a ella. El hijo de Sara ocupó la cabaña donde habían vivido de solteros Pit y Pisón. Como nunca cerraba la puerta, Remedes entraba en la casa por las noches, para guarecerse del relente, y se tendía a los pies del lecho. Cuando Pol trabajaba ya de leñador con los hermanos de Rosalinda, ésta le pidió: “Perdona a ese hombre, perdona a Remedes para que pueda comenzar a perdonarse a sí mismo”. Esa noche, al salir del establo después de acariciar a su alazán, Pol llamó a Remedes. Éste salió presto de la oscuridad a pesar de la cojera y del cabestrillo que le sostenía el brazo. “¿Qué te ha sucedido?”, se interesó Pol, y Remedes contestó: “Nada, no es nada, un percance sin importancia”. Pol asintió con el gesto y luego se lamentó así: “A mí tampoco se me da bien mi oficio, y para mí tengo que estorbo más que ayudo”. He de contarles ahora, para el buen discurso de esta historia, que Remedes se ofrecía para cualquier tarea que Visen necesitase en cuanto Pol partía con Pit y Pisón hacia el bosque. Ponía la mejor voluntad en cortar leños o en reparar carretas, pero su afán no iba acompañado por la fortuna; si no se cortaba con el hacha, una astilla se le clavaba en el pie o en el brazo o le caía encima el carro que intentaba arreglar. También ejercía de bufón ocasional ante las hijas y los hijos de Alba y Blanca, y para ello volvía a ser el mago que nunca fue y convertía la tierra en monedas que no siempre retornaban a la bolsa que escondía junto al sexo; las nietas y los nietos de Visen y Andrea demostraban gran habilidad para apoderarse de ellas cuando los sentidos de Remedes se alteraban por la presencia imprevista, repentina, de Rosalinda. Exquisito en verdad este licor que alivia el peso de mi vejez, tan cálido en el paladar como el fuego que me calienta los huesos en esta noche enemiga de vagabundos como Gregor, el juglar errante, y de peregrinos como yo, a quienes deseo mejor ventura que la mía en sus recorridos. Sí, han de saber que Pol amaba a Bel, que Rosalinda amaba a Pol, que Remedes amaba a Rosalinda y que, por tanto, ninguno de los tres amores podía ser correspondido. Pero no, no iba por aquí este relato que muy pronto será enteramente de ustedes si así lo desean y si yo atino a finalizarlo con un mínimo de compostura. La vejez es el precio que nos exige la sabiduría, pero yo soy viejo e ignoro incluso lo que sé cuando el escepticismo se instala en la fatiga de mis pensamientos. Les aseguro que no falto a la verdad, a mi verdad, en este canto desordenado que componen mis palabras, pero acaso mi intención se reduce a una simple quimera y tal vez miento al hablar más de lo que me hace mentir la desmemoria aunque no sea ese mi propósito. Habrán de soportar mis divagaciones hasta que retome el hilo de esta historia, que he perdido nuevamente. Ya saben que Pol amaba a Bel, que Rosalinda amaba a Pol, y ahora les contaré que Remedes, como amaba a Rosalinda, como no deseaba alejarse de ella, rechazó el perdón de Pol. Justificó el rechazo de este modo: “Pretendo tu perdón, no el que en tus labios ha puesto la bondad de Rosalinda”. Pol guardó silencio. Pero, desde esa noche, Remedes ya durmió en el pequeño lecho donde Pit el enano había reposado antes de casarse. Y, repuesto del último percance sufrido, partió hacia el bosque con Pol y los dos hermanos de Rosalinda y se ganó el sustento como leñador. En Los Bosques del Este no hay tantas aldeas como en Los Valles del Oeste. En todos los pueblos que visitaban los leñadores en las idas y venidas preguntaba Pol por la madre. Las gentes le hablaban de claros en el bosque con cabañas, y de cabañas en el bosque junto a tres árboles, y de tres árboles en claros del bosque, pero nadie conocía claros en el bosque con una cabaña junto a tres árboles. Gregor atravesó Las Montañas, procedente de las tierras de Los Bárbaros del Norte, y solicitó cobijo ante el hogar del ciego Bastian y la tullida Olivia. Fue la hermosa Bel quien le franqueó la puerta para que el vagabundo cantase después, mientras recorría Los Bosques del Este, los atributos de su belleza. Pol oyó el nombre de la amada entre los nombres de Perfidia y Perdición en el poema que Gregor recitó en honor de la no menos agraciada Rosalinda, y poco más tarde ya galopaba en el alazán redivivo para encontrarse con lo mejor de su pasado. Galopó con tal premura, que no identificó a la madre en la mujer que se orilló en el camino y que en él vio, como varias veces había creído ver en otros apuestos jinetes, al hijo muerto. Me parece que la confusión que a veces impera en mi relato únicamente es comparable al desorden de mis actos pretéritos y, si he de ser sincero, les confesaré que desconozco por dónde proseguir esta narración sin omitir lo imprescindible para que sea de ustedes y sin que lleguen a molestarles en exceso los estribillos de mi canto. Permítanme que esconda el rostro entre las manos mientras busco en la memoria la senda que nos conduzca cuanto antes al sueño plácido que ya disfruta este perrillo que me acompaña, al que en ocasiones acaricio por los caminos de mi peregrinaje agónico al tiempo que le ruego que se aleje de mí. Cuando Rosalinda lloraba las lágrimas que brotaban de la desventura de no ser amada por el hijo de Arturo el poderoso, llovía durante días enteros. Se rebelaba Rosalinda ante su destino, ante la tristeza de Pol, y le recordaba a éste: “¡Bel está muerta, y yo estoy viva!”. Pol, cuando dejaba de tronar, le respondía:  “Bel no morirá mientras su corazón se agite en mi pecho. La veo en los gestos de tu rostro, la oigo en tu voz, y no quiero amarte porque no sería a ti a quien amase en realidad. Tú mereces a alguien que no aprecie la sonrisa de otra mujer en tus labios ni escuche otra voz que no sea la tuya en cada una de tus palabras”. Rosalinda se alejaba de Pol y Remedes la seguía con la mirada y luego agachaba la cabeza con el corazón tan herido como el de la hija predilecta de Los Bosques del Este y como el del hijo de Sara. Visen dejaba de cantar, suspiraba Andrea. Alba pedía al esposo que la bajase del hombro, Blanca depositaba al marido en el suelo y ambas corrían a consolar a Rosalinda. Así es lo que fue, lo que vieron mis ojos y escucharon mis oídos. Aún no había comenzado a levitar Nerea la bruja cuando Rosalinda llamó a la puerta de su cabaña. “Llegas pronto”, le dijo la bruja con su voz atiplada, rio largamente ante el desconcierto de la visitante y prosiguió hablando con estas palabras: “Todavía es pronto para que ocupes mi lugar; yo volaré antes que tú. Vienes a pedirme lo que jamás utilizarías, así que regresa por donde has venido”. Tampoco fue durante aquella jornada cuando Rex el poderoso raptó a Rosalinda. Remedes perseguía el torpe vuelo de la amada, a la que había servido hasta entonces, y, cuando Rosalinda se posó en una rama, se detuvo para tomar aliento. Miró a su alrededor y descubrió que se hallaba en un claro del bosque donde había una cabaña junto a dos árboles pequeños y uno grande. Dudó un instante y luego se acercó a la vivienda de Sara. La puerta de la casa estaba entreabierta, y en el interior no ardía el fogón. Bajo la luz que emitía una candela casi extinta, vio a la madre de Pol; agonizaba tendida en un camastro. “¿Qué puedo hacer por ti, mujer?”, preguntó un Remedes confuso, desbordado por los acontecimientos que se sucedían a velocidad de vértigo; la vida detenida a veces, pero sólo para coger impulso, rauda de pronto otra vez, de nuevo triscadora. Sara le respondió: “Entiérrame bajo los tres árboles que hay cerca de esta casa, buen hombre. Ahí reposan ya mis padres”. “Así lo haré”, prometió Remedes, y pidió perdón a Sara y a su propia madre antes y después de cumplir la promesa. Días más tarde, cuando Remedes llegó a Los Valles del Oeste, Pol quiso saber más detalles sobre la muerte de la madre. Remedes le contó que Sara había fallecido sin dolor y con lágrimas de alegría en los ojos al saber que el hijo vivía, y que era feliz. Vida y muerte, ya me oyen. Vida y muerte tomadas de la mano o persiguiéndose, da lo mismo, en las que sobrenada el amor y el odio, que no distan más entre sí que la bondad y la maldad. Rex el poderoso, sin apartar la vista de la desnuda Rosalinda, emplazó a Los Dioses, lejos de disculparse por sus acciones, para que le diesen explicaciones sobre la brevedad del placer y de la vida. Dos hombres acudieron ante la cabaña de Arquín el sabio. Como el viejo no respondía a la urgencia de las llamadas, ya se disponían a regresar a Los Bosques del Este cuando el anciano les abrió la puerta. Apenas lo cubría un sencillo taparrabos, y su cuerpo sólo era ya un esqueleto con pellejo. Los hombres se miraron el uno al otro, incrédulos de que aún viviese aquel cadáver, y luego habló el más alto de ellos para decir: “Vístete, Arquín. Un nuevo desafío reta desde ayer a tu inteligencia y, como no nos creerás, habrás de acompañarnos hasta Los Bosques del Este”. El sabio negó con la mano, después sentenció: “Estoy vivo, pero estoy muerto”. Y cayó al suelo en cuanto dijo lo anterior. Los dos hombres ya salían de la cabaña cuando oyeron que el aparente finado protestaba de este modo: “Estoy muerto, pero estoy vivo, así que no tengáis tanta prisa y contadme lo que ocurre y yo determinaré, tras escucharos, si merecéis el pago que otras veces os di”. Los hombres se acercaron a Arquín. El sabio yacía, desmadejado y caído de bruces, sobre la tierra del piso de la cabaña y nada hacía por incorporarse, por variar la postura. “¿No vas a levantarte de ahí?”, preguntó el más bajo de los mensajeros. “No puedo levantarme de aquí”, puntualizó Arquín. “Te levantaremos de ahí”, adelantó el hombre más alto. “No quiero levantarme de aquí”, contestó Arquín, y luego pidió: “Hablad de una vez y no os preocupéis por mi estado, sino por el interés de vuestras noticias”. “Verás, Arquín”, comenzó diciendo el más bajo de los mensajeros, y el hombre más alto prosiguió la frase que el compañero había empezado y para ello habló así: “Nerea la bruja está suspendida en el aire, al lado de su cabaña, sin que nada ni nadie la sostenga”. Los huesos del viejo sabio cobraron vida repentina. Cuando el anciano consiguió sentarse en el suelo, preguntó: “¿A qué altura levita esa bruja?”. El hombre bajo respondió: “Yo no puedo alcanzarla con mis brazos”. “A poca altura entonces”, calculó Arquín. “Ni yo tampoco con los míos”, aclaró el hombre alto. “A considerable altura en ese caso”, corrigió Arquín la opinión anterior. El sabio pagó a los mensajeros la información y, como las piernas no lo llevarían a Los Bosques del Este, les ofreció otras tantas monedas si lo transportaban hasta el lugar del prodigio. “¿Truco de bruja experta o portento que anuncia el futuro?”, se preguntaba Arquín desde la parihuela en que era trasladado, y a continuación, con la vista posada en el cielo, se lamentaba así: “Mi cuerpo ya no sirve ni para soportar el peso de mis dudas. Vendrá el futuro y yo estaré muerto. Sí, acaso la muerte me dé cuanto la vida me ha negado, pero ya no podré descubrirlo por mí mismo. Y la búsqueda hace latir el corazón del cerebro, mientras que los conocimientos, una vez obtenidos, enfrían los espíritus”. “¿Qué fue de tu hijo, Arquín?”, preguntó el hombre alto. “No era hijo mío”, respondió el viejo. “Pero era tu hijo”, especuló, imitándolo, el hombre bajo. “La madre me lo arrebató y le dio muerte para que no sufriese el espanto de ser humano y bestia a la vez, como todos nosotros somos en el fondo a pesar de las apariencias”, contestó y sentenció Arquín. “¿De dónde era esa mujer?”, se interesó el hombre alto, pero Arquín ya no respondió ni habló más hasta que estuvo ante Nerea. La bruja rio al verlo. El sabio abandonó la parihuela y, después de levantar inútilmente los brazos, pues no consiguió asir a la vieja por los pies, en vano trató de hallar explicaciones racionales al misterio que la mantenía suspendida en el aire. “Busca, busca. Cuanto más busques, más acusarás el fracaso de tu ciencia frente a mi magia”, se burló de él la bruja con su vocecilla aflautada. “Busco, sí, busco, pero ya es demasiado tarde para que encuentre nada porque mi cuerpo no obedece a mi voluntad”, se lamentó Arquín, y luego, tras caer al suelo derribado por la edad, clamó así: “Si realmente pretendías desafiarme, ¿por qué no levitaste cuando todavía me quedaba tiempo para pensar? Mi derrota será tu triunfo, pero ahora sólo vencerás a un moribundo, Nerea maldita, mientras que antes habrías logrado el respeto de un sabio. En nada creía ya, y ahora debo creer lo que veo. Por ello, mi agonía será más dolorosa, sí, pero breve será el gozo que obtengas con mi dolor: ya huelo tan mal como tú, ya respiro el tufo que despide este cadáver en el que aún vivo”. “Recoged los huesos de ese chivo loco y alejadlos de mí”, pidió la bruja a los dos hombres que habían transportado a Arquín desde Las Montañas, y luego ascendió un palmo más en el aire. El hombre bajo y el hombre alto cargaron con el sabio, lo trasladaron a la morada y lo dejaron a solas con los últimos pensamientos. Ya se habían alejado un buen trecho de la cabaña cuando oyeron una especie de trueno que los obligó a volver la vista atrás. Entonces vieron cómo Arquín ascendía por encima del techo de la vivienda, cómo se mantenía flotando en el aire un instante, breve emulador de Nerea, y cómo se precipitaba después sobre la tierra y los huesos del cuerpo se le separaban en todas las direcciones. Otro rugido extraño rompió la casa en pedazos y varias rocas rodaron colina abajo y taponaron la entrada de la gruta. Otros dos hombres acudieron ante Visen y le preguntaron por Pisón el gigante, el único que podría rescatar a Nerea la bruja antes de que se perdiese definitivamente en el cielo. Mucha gente se había dado cita junto a la cabaña de Nerea la bruja cuando Visen y Andrea y sus descendientes todos, además de Pol y Remedes, llegaron al lugar del acontecimiento. Nerea había juntado las manos y parecía orar. “¿Te atreves a pedir ayuda a Los Dioses después de haber convivido con duendes?”, preguntó una mujer a la anciana. La bruja contestó: “Sólo les pido que envíen toda clase de males a esos hijos vuestros que me apedrean sin cesar”. “¿Deseas que te bajemos de ahí?”, le preguntó Visen. La vieja ascendió en el aire varios palmos más, con lo que, al sobrepasar cumplidamente la altura que marcaba el techo de su vivienda, quedó fuera del alcance de los brazos de Pisón. “Observo que no”, dedujo Visen. La bruja esquivó una pedrada lanzada por un chiquillo, al que maldijo, y luego habló para decir: “Mi casa y mis duendes te esperan, Rosalinda. La puerta de mi cabaña se abrirá en cuanto desees entrar en ella. Serás la bruja más hermosa que nunca haya existido, y también la hechicera de ti misma. El hombre que está a tu derecha no puede amarte como te ama el hombre que está a tu izquierda, pero tú conseguirás ese amor imposible cuando por él hayas renunciado a tu belleza y hayas muerto para vivir en las entrañas de la mujer que hoy es tu rival y que mañana será tu madre”. Nadie comprendió las palabras de Nerea la bruja, y por eso miraron todos a Rosalinda sin saber si debían compadecerla o felicitarla. La multitud se disolvió con la llegada de la noche, una noche sin luna ni estrellas. Remedes hubo de formular tres veces la pregunta antes de obtener respuesta. “¿Estás ahí arriba, bruja?”, repitió en tres ocasiones mientras buscaba en las tinieblas a Nerea, acaso envuelta en el manto protector de sus larguísimos y abundantes cabellos. “Aquí estoy, sí, un poco más arriba de donde me hallaba al oscurecer”, contestó al fin la vieja, que rio y luego habló así: “Al amanecer ya no lograrán alcanzarme los chiquillos con las pedradas”. “¿Qué puedo hacer para que Rosalinda me ame?”, preguntó y suplicó Remedes. “No puedes hacer nada”, le aseguró Nerea. “¿Nada?”, insistió él. “Nada”, recalcó ella, y profetizó a continuación: “Pero abre la ventana de mi cabaña cuando debas abrirla si no quieres que el corazón de Rosalinda sufra lo que tú padeces en esta noche tan oscura”. Algunos, a veces, anhelamos ser lo que no somos, y corregir los desmanes que cometimos. Pero la existencia es impía con nuestros anhelos; jamás nos da más de lo que nos entregó al nacer ni nos libra de un desconsuelo tan grande como nuestro arrepentimiento. Nerea prosiguió la inaudita ascensión y, al cabo de varias jornadas, muchos la dieron por muerta. Las aves también la dieron por muerta. Cuando acudían a picotearle los ojos y las vísceras, la bruja las capturaba con agilidad y las desplumaba rápidamente antes de comérselas. Admito que no crean esto que les cuento. Yo tampoco lo creería de no haberlo visto. También podrían reprocharme ustedes que los muertos no hablan y que en esta historia ya han hablado unos cuantos, pero entonces yo, respetuosamente, les preguntaría: ¿A qué hombre o mujer, de un modo u otro, con palabras o sin ellas, no le han hablado sus muertos en alguna ocasión? Y, de cualquier modo, aunque mi verdad de viejo sea mentira, una verdad menos o una mentira más no alterarán los volubles mundos de las certezas y de las desconfianzas. Las gentes de Los Bosques del Este, debido al desinterés con el que nos envenena la costumbre, fueron dejando de mirar al cielo cada mañana, en busca de Nerea, y por eso nadie supo después, cuando llegó la estación siguiente, si la bruja sirvió finalmente de alimento a las aves que no perecieron entre sus garras o si alcanzó los confines del firmamento y en el regazo de Los Dioses halló redención o condena. “No puedo hacer nada”, se lamentaba Remedes mientras vagaba por la noche de Los Bosques del Este sin decidirse a regresar a la cabaña que compartía con Pol pues ya había experimentado que su mal de amores empeoraba al estar cerca de Rosalinda, al codiciarla con la mirada. Amaneció un nuevo día y sólo entonces, al advertir que no podría vivir lejos de ella aunque mucho fuese en verdad lo que sufría a su lado, tomó la senda que lo conduciría hasta la amada. La tormenta se anunció de pronto: un rayo partió en dos un árbol frente a Remedes y varios truenos seguidos le obligaron a taparse los oídos con las manos. Aceleró el paso al comprobar que no había nubes en el cielo y que, sin embargo, el sol no lucía. El viento, racheado, le impedía avanzar unas veces, y en otras ocasiones le soplaba en la espalda y lo impelía con fuerza hacia delante, de modo que su caminar nunca manifestó mejor la lucha que libraban en su interior la voluntad y la necesidad. Ya en las cercanías del hogar que compartía con Pol, vio la figura descomunal de Pisón. El gigante apareció entre los relámpagos y los truenos con sendas hachas en las manos y con el hermano en el hombro. Los seguía Pol, armado con una lanza más grande que la que blandía el enano. Remedes cayó de rodillas, suplicó: “¡No me matéis, no me matéis! ¡Yo sólo pedí consejo a la bruja!”. Como el presuroso trío pasó a su lado sin prestarle atención, comprendió que no iba a pagar con la vida sus muchas culpas y, cuando se hubo incorporado, una ráfaga de viento lo ayudó a correr y correr hasta alcanzar a los tres leñadores armados. “¿Qué sucede?”, preguntó a Pol, y éste, sin acortar la zancada, cuando los truenos volvieron a permitir por un instante que se oyesen las voces, le respondió: “Rex el poderoso raptó a Rosalinda esta mañana en el río y debemos rescatarla cuanto antes”. Remedes sacó el puñal y apretó las mandíbulas dispuesto a que su existencia cobrase al fin algún sentido. El sol se apagó en el momento mismo en que Rosalinda miró hacia la orilla del río de Los Bosques del Este y la sonrisa desapareció de sus labios al observar que varios hombres rodeaban a las sobrinas. “Sal de las aguas, mujer, si no deseas que mate a estas chiquillas como he matado a mis propios vástagos”, bramó Rex el poderoso a la vez que apuntaba con la espada a la hija de Visen y Andrea. La recia apariencia de Rex el poderoso desmentía los muchos años que ya había cumplido, y el vigor de la voz tampoco había sucumbido ante las imposiciones de la vejez. Sus secuaces dejaron en libertad a las primogénitas de Pit y Pisón cuando Rosalinda aceptó la cautividad a cambio de las vidas de las sobrinas, de las hijas idénticas de Alba y Blanca. Rex el poderoso permitió que Rosalinda se vistiera. Así, cuando llegasen a su fortaleza inexpugnable, el gozo de arrancarle las ropas con las manos ampliaría el placer de poseerla. En Los Desiertos, el cabecilla de los ladrones insinuó a Remedes que el sexo, a falta de amor, pide violencia, como ya les he narrado. Ignoro cuánto hay de cierto en esa opinión, pero la verdad fue que Rex el poderoso rasgó las vestiduras de Rosalinda, a la que había conducido al cuarto más alto de la torre de piedra que dominaba las restantes alturas del fortín, y echó en falta la resistencia de la hija predilecta de Los Bosques del Este. “¿No vas a defender tu honra?”, se asombró ante la sumisa actitud de Rosalinda. “Eres más fuerte que yo, y no perderé mi honra aunque me tomes”, respondió ella. Después, cuando Rex el poderoso le palpó el sexo, habló así: “Me humillarás menos de lo que te humillas a ti mismo”. El hombre retrocedió dos pasos, contempló la desnudez de Rosalinda, exclamó: “Creo que eres la más bella de cuantas mujeres he disfrutado hasta ahora, y también la más singular. Ninguna otra me había dicho semejantes palabras antes o después de haber sido mía”. Un trueno hizo callar a Rex el poderoso. El estruendo duró hasta que Rosalinda replicó: “Yo nunca seré tuya aunque me poseas”. “Suena muy bien lo que dices, pero tendrás un hijo mío y mis hombres gozarán de ti cuando lo hayas parido”, repuso Rex, que prosiguió hablando para decir: “Mis hijos no me amaban, pero me odiaban. Tú concebirás y parirás a mi hijo futuro, aunque ni siquiera lo amamantarás. No cometeré el error de que seas tú quien lo críe, ese error que me ha hecho fracasar tantas veces. Yo mismo le enseñaré a despreciar cualquier sentimiento de amor o de odio, como yo lo desprecio. Vivirá únicamente para el placer, como yo. Yo hago lo que los demás hombres no pueden o no se atreven a hacer, y nunca pido perdón a Los Dioses. Serán Los Dioses, todos Los Dioses, los que tendrán que pedirme perdón a mí por la brevedad del placer y de mi vida”. Así habló Rex el poderoso. Sí, advierto que mi relato de viejo sobrecoge el ánimo en ocasiones, y que a veces ofende más de lo que pretende agradar, pero no acierto a contarlo con más donaire, ni sé otro. De muchos hogares me han echado ya, por fantasioso y grosero, y conmigo ha padecido noches enemigas este perrillo que me acompaña a lo largo de los laberintos de mi peregrinación ciega. Proseguiré narrando lo que respondió Rex el poderoso a la agraciada Rosalinda cuando la hija predilecta de Los Bosques del Este le pidió que abriese la ventana de la estancia circular de paredes de piedra. Así habló el raptor: “Cumpliré tu deseo si tú te resistes al mío. Con tus vanos esfuerzos y con tus gritos me placerás más que si me aceptas como una mujer hastiada se entrega al esposo”. Asintió Rosalinda con el gesto. Rex trató de besar los labios de la cautiva antes de satisfacer su petición, pero se malogró su empeño al recibir en el sexo un rodillazo de la víctima. El raptor, dolorido, se dobló sobre sí mismo, y luego, cuando se recobró, avanzó hacia la tronera cerrada de la torre más alta de la fortaleza. No la abrió hasta que hubo dicho: “¿Esperas acaso que acudan en tu ayuda las bestias que te protegen? El águila no me arrancará los ojos, no me estrangulará la serpiente ni el lobo despedazará mis entrañas. Mi espada ya acabó con sus vidas en el bosque. Y también te equivocas si confías en la astucia de tus extraños hermanos. No conseguirán sacarte de este fortín. Mis hombres tal vez no sean más astutos ni más fuertes que tus hermanos, pero sí más numerosos”. Rio el poderoso Rex, abrió el cuarterón de la tronera y entonces una centella impactó en su velludo pecho y lo lanzó contra la pared del otro extremo del cuarto. El trueno no siguió al rayo que lo mató, al igual que tampoco tronó a continuación de los relámpagos incesantes que cayeron del cielo antes de que la tormenta se calmase súbitamente. Amanecía en pleno ocaso cuando Pit y Pisón, en compañía de Pol y Remedes, llegaron a la colina donde se levantaba la fortaleza de Rex el poderoso. Pit rogó al hermano que lo dejase en el suelo y le concediese unos instantes para planificar la estrategia que debían seguir. La fortaleza contaba con dos portones de acceso, a los que podían acercarse sin ser descubiertos si aprovechaban el camuflaje que les proporcionaría la floresta. “Remedes vendrá conmigo. Nosotros dos, desde el lado izquierdo, distraeremos la atención de los esbirros de Rex. Nada provechoso lograríamos al hacerles frente, pero sin duda nos perseguirán en la huida que emprenderemos. En cuanto los despistemos, tú, Pisón, y tú, Pol, derribaréis el portalón de la derecha y acabaréis con cuantos secuaces os salgan al paso”, determinó Pit. Las hachas de Pisón convirtieron con rapidez dos troncos de árboles caídos en sendos arietes. Llevaron a cabo el plan concebido por Pit, quien huiría en dirección opuesta a la de Remedes para dividir aún más a los enemigos, pero no hallaron resistencia alguna. Cedieron los portones tras la primera embestida de los arietes, y la extrañeza de Pit y Remedes no fue menor que el desconcierto de Pisón y Pol cuando nadie se les enfrentó. Sólo descubrieron cadáveres chamuscados, humeantes, mientras avanzaban hacia la torre del fortín, donde localizaron los restos de Rex el poderoso. “¿Qué ha pasado aquí?”, preguntó Pol desde las honduras del pasmo. “¿Dónde está Rosalinda?”, preguntó Remedes desde las cimas de la hombría reciente. Pit habló para decir: “La tormenta ha librado por nosotros la batalla que nosotros habríamos perdido”. Y Pisón dijo: “Rosalinda ya estará a salvo con su padre el bosque y con su madre la naturaleza”. Pol contempló el cadáver de Rex el poderoso, pensó en los desmanes cometidos por aquel hombre muerto, y hundió su lanza en el pecho abrasado del villano y en él la dejó clavada para que los duendes del averno supiesen que sus fechorías exigían más de una muerte. Tres serpientes, tres lobos y tres águilas custodiaron a Rosalinda desde ese día. Tres serpientes inmovilizaron las piernas de Gregor el vagabundo, a la vez que lo asediaron tres lobos y aletearon por encima de su cabeza tres águilas, hasta que Rosalinda pidió a los protectores que se alejasen del joven de largos cabellos blancos y ojos azules que se había internado en el bosque con un hatillo al hombro y una copla en los labios. “¿Eres uno de Los Bárbaros del Norte?”, le preguntó Rosalinda, y Gregor, como hipnotizado por sus grandes ojos grises, sin apartar la vista de ellos, le respondió: “Más allá de Las Montañas nací, pero sólo soy una simple víctima de Perfidia”. “¿Quién es Perfidia?”, volvió a preguntar Rosalinda con la curiosidad reflejada en el rostro. Suspiró el juglar y al fin declaró: “Una mujer tan bella como tú, a la que también llamo Perdición porque en realidad es una arpía cuyo nombre verdadero jamás pronunciaré”. “¿A dónde te diriges?”, quiso saber ahora Rosalinda. “Lo ignoro. Me guía mi sed de olvido, pero la memoria me confunde”, repuso el vagabundo. “¡También tú!”, protestó Rosalinda, y Gregor contempló su enfado sin entender a qué era debido. “También tú llegas a mí con otro fantasma en el pensamiento”, detalló Rosalinda aún contrariada por las palabras del vagabundo: sus quejas, a pesar del acento extranjero, se parecían demasiado a las de Pol. “¿Son tus hijas?”, se interesó Gregor por las sobrinas de Rosalinda, les sonrió con un dedo en la boca, como hacían ellas. “No, no son mis hijas. ¿Cómo voy a tener hijos si todos los hombres que voy conociendo ya aman a otra mujer?”, gritó Rosalinda. Y tanto enfado mostró que las nueve bestias que la protegían salieron prestas de la espesura y ella hubo de tranquilizarlas para que regresaran al bosque sin dañar a Gregor. “Dios sea alabado. Estas fieras velan por ti como los paladines por mi rey”, se asombró el joven vagabundo, y a continuación habló así: “Tu alma, entonces, debe ser tan hermosa como tu cuerpo”. La ira se apoderó nuevamente de Rosalinda al considerar que demasiados hombres habían cantado ya sus excelencias corporales y espirituales sin poder amarla ninguno por una u otra razón. Ninguno al que ella pudiera amar, pues Remedes sí la amaba, recuerden. Aún hoy la ama Remedes, ese Remedes perseguido por el pasado, deudor de lo que fue; unos débitos que sólo saldará con la muerte, una muerte que borra ya las huellas de su vida desordenada mientras él mira hacia atrás y pide perdón desde el amor, desde la cara luminosa del corazón. Gregor, en la vaguedad de sus pasos errantes, acompañó a Rosalinda hasta la cabaña de Visen y Andrea. A mitad de camino, cesó la música de su laúd y se le quebró una estrofa en la garganta al ver que un enano precedía a un gigante por una senda cercana. El gigante traía en los brazos a un hombre, acaso herido, y otro hombre, cargado con varias hachas, cerraba el descompuesto cortejo. La primogénita de Pit se desprendió de la mano de la tía, al igual que la hija mayor de Pisón, y ambas corrieron al encuentro de los padres. Remedes, maltrecho, dejó de quejarse al descubrir la presencia de Rosalinda y atinó a levantar la mano antes de anunciarle: “Nada, no ha sido nada, un percance sin importancia”. Perdió el conocimiento, y Rosalinda se llevó las manos a la boca al creerlo cadáver. “Taló un árbol que no estaba enfermo en un descuido que tuvimos Pisón y yo, pero su mal no pasará de una o dos costillas rotas”, calmó Pit a la hermana. Remedes, que había sido conducido a la cabaña de Visen y Andrea, aún con los ojos cerrados, preguntó al salir de la inconsciencia: “¿Es la voz de Los Dioses esa musiquilla que oigo?”. “No, Remedes, es un vagabundo de más allá de Las Montañas”, le explicó Rosalinda, y se apartó del lecho del herido para atender al juglar que tañía el laúd en el exterior de la casa. “Pues le das las gracias en mi nombre por haber venido a visitarme desde tan lejos”, rogó Remedes sin terminar de asentarse en la realidad. Esa noche, inspirado en los dones de Rosalinda, Gregor el vagabundo demostró destreza poética hasta que Pol interrumpió su arte poniéndose en pie bruscamente al oír el nombre de Bel entre los nombres de Perfidia y Perdición. “Repite lo que acabas de recitar”, pidió con vehemencia al joven poeta. “Con mucho gusto”, respondió el juglar al tiempo que hacía una reverencia y tañía de nuevo el laúd para dar entrada a los versos. “Prescinde del acompañamiento musical”, se impacientó Pol, y arrebató el laúd al vagabundo. Éste se encogió de hombros antes de satisfacer la exigencia del leñador. “¿Cómo es posible que la hayas visto si está muerta?”, preguntó y exclamó Pol, a quien se le escapó el laúd de las manos. Gregor recogió su instrumento del suelo y luego aseguró a Pol que quince jornadas atrás, ni una más ni una menos, había admirado la hermosura de Bel. Sólo los grandes ojos grises de Rosalinda podían compararse a sus verdes ojos, y la voz y la sonrisa de ambas eran idénticas. “¡No es posible!”, negó Pol con las palabras y el gesto. “No”, se lamentó Rosalinda, y su queja, apenas un susurro, se prolongó hasta que Pol sujetó al vagabundo por los hombros y lo zarandeó preguntándole: “¿Dónde la has visto?”. “En Las Montañas la admiré. Allí habita en una cabaña próxima a la de dos viejos inmortales”, detalló Gregor. Antes de que terminase de hablar, ya salía Pol de la cabaña. El alazán relinchó en la distancia. Rosalinda, con lágrimas en los ojos, murmuró: “Adiós, adiós”. Así es lo que fue, y el resto de lo que me queda por contarles será como les narre sin faltar en nada a la verdad que yo tengo por cierta. Raimon procuró la muerte de Pol, a pesar de no ser un mal hombre, pero no le mintió al afligirse por Bel, pues realmente la consideró muerta. Le arrancó del pecho el puñal de Almudio y posó la única mano sobre la herida de la hija adoptiva para impedir que la sangre huyese de aquel cuerpo perfecto. Pol había partido ya tras los pasos de los agresores cuando Bel, antes de abrir los párpados, pronunció su nombre. “¡Vives, vives!”, gritó Raimon. “¿Dónde está Pol?”, se inquietó Bel. Entonces el mutilado le suplicó que no se moviese y le aclaró que Pol perseguía a quienes los habían atacado. Raimon humedeció en el río de Los Valles del Oeste un trozo de tela de la propia vestimenta y regresó presuroso al lado de la hija adoptiva, tendida en la hierba de la ribera del cauce. Almudio, acaso menos culpable de sus desmanes que el alacrán que lo picó de pequeño sin matarlo, había dividido en dos con el puñal el sonrosado pezón izquierdo de Bel. La mano de Raimon tembló antes de posarse sobre el seno herido de la muchacha, y de su boca salió otro grito cuando la joven perdió de nuevo el conocimiento; en su temor, volvió a ver muerte donde sólo había desmayo. A Raimon, incapaz de tomar en brazos a la hija adoptiva para llevarla de inmediato ante la presencia de un curandero, se le quebró la voz de tanto pedir ayuda inútilmente. Entonces se decidió a ir en busca de socorro aunque para ello debiese dejar sola a Bel, que se desangraba por momentos. “Pol, Pol”, clamaba Bel, desde el lecho de convaleciente, sin comprender la prolongada ausencia del amante. Ignoraba que Pol no perseguía a nadie, sino que huía de sí mismo, de la imagen de la amada muerta. Raimon intentaba tranquilizarla, repetía: “Pronto regresará”, y sus propias palabras rompían el precario sosiego donde él, que no había sido mal hombre, depositaba la esperanza contraria. Encuentros y desencuentros marcan el rumbo de nuestras existencias y alientan en este relato porque hablo de vida y muerte, que se persiguen o caminan tomadas de la mano, de amor y odio, dos caras de un mismo corazón, y de las ramas de un tronco común llamadas bondad y maldad. Los labios de Pol se unieron dos veces a los de Bel en cada beso que se dieron desde el instante en que sus destinos se fundieron en uno nuevamente. Muchos fueron en verdad los besos dobles que se regalaron, y muy apasionados; con su amor se aliaba la certeza de que infinidad de enamorados, separados por la fatalidad como ellos, jamás gozarían de la fortuna que ellos habían tenido, otra vez juntos por simple azar, por los versos de un vagabundo. Bel se restableció con rapidez, pero el gozo de Raimon apenas duró media estación. Al cabo de ese tiempo, fue derribado por los dolores del cólico miserere que lo fulminó en unos días. “Escúchame, Bel, escúchame bien, pues mañana ya no tendré fuerzas para decirte lo que ahora vas a oír”, pidió a la hija adoptiva el antiguo guerrero de Telesforo el impetuoso con las mejillas encendidas por la fiebre y la frente perlada de sudor. Su mano sujetó la mano de Bel y su mirada no halló reposo en los ojos de la joven, idénticos a los de la madre, recuerden. Raimon, que ya no era un mal hombre de nuevo, habló así: “He ofrecido mi vida a cambio de la tuya, y Los Dioses han atendido mi súplica, por lo que soy feliz incluso en mi dolor. Pero no veneres mi memoria; soy indigno de vivir en tus recuerdos. Has de saber que Pol persigue a dos lacayos, cuya voluntad compré para que lo matasen a él sin dañarte a ti. Pero esos dos inútiles hicieron lo contrario. No me confunde la fiebre, Bel, ni el sufrimiento trastorna mis sentidos. Es cierto lo que te digo, tan cierto como el amor que siento por ti, este amor que no quise compartir con Pol. Entiérrame con la piedad de tus actos bondadosos, pero no derrames lágrima alguna por mí”. Bel enterró al padre adoptivo con el duelo que Raimon no deseaba, y junto a la tumba plantó un arbolillo que aún hoy comba el viento. Luego echó a andar y sólo a mitad de camino se percató de que se dirigía al barranco de los suicidas. “Madre, madre”, clamó Bel desde el borde del precipicio. Entonces la voz de Telma salió de entre los muertos para exigirle: “Aléjate de aquí, Bel, y no regreses hasta que seas dichosa para que en tu felicidad encuentre yo algún consuelo”. Caminó y caminó la hermosa Bel. Un día, vio en la distancia una cordillera interminable. “Tobías”, reclamó Melina la eterna la atención del inmortal esposo. Ambos tomaban el sol sentados en el poyo del soportal de su cabaña. “Ya veo a la mujer que deseas mostrarme”, respondió el marido. “Es muy bella”, estimó Melina. Tobías asintió con el gesto y luego, sin apartar la vista de la joven que ascendía por el monte, habló para decir: “Y viene de lejos. Sus pasos delatan su fatiga”. Como la muchacha los saludó sin detenerse al pasar por delante de la cabaña, Tobías le aconsejó: “Aguarda un instante, mujer, reposa tu afán. El descanso te ayudará a recuperar después el tiempo que hayas perdido”. Bel se paró ante la indicación de Tobías, y tomó asiento finalmente entre los dos ancianos. “¿De dónde vienes?”, quiso saber Melina al cabo de un rato en el que los tres guardaron silencio. “De Los Valles del Oeste”, contestó la hija de Telma la suicida. “¿Es largo tu camino?”, preguntó ahora Tobías. “Tan largo como la distancia que me separe de mi amado Pol”, respondió Bel, cuyos cabellos dorados competían en fulgor con los rayos del sol. “¿De Pol has dicho, ese nombre has pronunciado?”, se interesó Tobías. “Sí, Pol es el nombre de quien prefiere perseguir a dos asesinos en vez de ser feliz a mi lado”, reflexionó Bel en voz alta, contrariada y pesarosa. Melina miró a Tobías, le habló sin palabras, y a continuación tomó con las manos la mano de la muchacha, por cuyas mejillas resbalaban lágrimas de amor. “Entonces tú te llamas Bel, y no has muerto como cree Pol”, se alborozó Melina con un regocijo ajeno a la calamitosa eternidad. “Por eso le latía el corazón contra su voluntad”, recordó Tobías. “El futuro ha hablado, esposo mío”, se admiró Melina, y después miró a Bel y le contó, sin pronunciar palabra alguna, lo que ustedes ya saben por mi boca: cómo volvió Pol a la vida tras ingerir el brebaje hechizado de Nerea la bruja, quien había predicho, mediante los poderes de su infalible adivinación, que el joven enamorado sólo volvería a vivir verdaderamente cuando hubiese muerto por segunda vez. “Y sólo vivirá realmente cuando estés junto a él: semejante amor no le consentirá vivir sin ti”, sentenció Tobías. “Debo apresurarme entonces”, anunció Bel, y se puso presta en pie. “No, él te encontrará antes a ti si tú permaneces en un lugar fijo; quien busca a quien persigue a otros se arriesga a seguir buscando aun cuando el perseguidor haya alcanzado a los perseguidos”, opinó Melina desde su experiencia sinfín. “Con nosotros no puedes quedarte. Tu belleza incendiaría el deseo de nuestro criado. No te tocaría, es muy noble, pero necesitaría apagar el fuego diario con mujeres venales y acaso no bastase cuanto poseemos para calmar ese ardor”, razonó Tobías con la mano en el mentón. “Olivia y Bastian no viven lejos de aquí, y les vendría bien la compañía de alguien”, apuntó Melina. “Cierto, cierto”, asintió Tobías, y luego habló así: “Tú decides, hermosa Bel. Si nada te reclama en Los Valles del Oeste, acepta el consejo de mi esposa. En la vivienda del ciego Bastian y de la impedida Olivia obtendrás acomodo y consuelo”. El fiel criado de Tobías y Melina los eternos, no me pregunten el nombre, acompañó a Bel hasta la cabaña de Bastian y Olivia. Pese a la cercanía entre ambas viviendas, partieron al mediodía y llegaron al anochecer; el embeleso que causó en el jorobado la hermosura de Bel originó sus continuos extravíos. El optimismo que emanaba de Bastian y Olivia, de cada una de sus opiniones, de cada uno de sus gestos, de cada una de sus francas sonrisas, fue el mejor bálsamo que Bel podía haber hallado para combatir la tristeza. La alegría que en ellos observaba y las ganas de vivir del matrimonio impidieron que su abatimiento degenerase en amargura con el paso de las estaciones. “No te lamentes del presente, Bel, recuerda los buenos momentos de tu pasado hasta que puedas volver a disfrutarlos en el futuro”, le rogaba Bastian. El ciego cumplía sus labores guiado por los ojos de la esposa, de la que nunca se separaba y a la que llevaba siempre en brazos al caminar con los pasos que ella le indicaba. En ocasiones, tropezaba Bastian y ambos caían al suelo; sobre la tierra se reían del error que alguno de los dos había cometido y se besaban largamente y se regalaban palabras de amor. “Cuanto más confíes en su regreso, menos tardará en regresar”, le aseguraba Olivia a Bel, a la que un atardecer había contado lo que a continuación les narraré si quieren escucharlo. Hablaré por boca de Olivia y les contaré lo que ella relató a Bel durante uno de esos atardeceres lluviosos apropiado para las confidencias. Así habló la esposa de Bastian: “Mis ojos son los ojos de mi marido, como sus piernas son las mías, desde que la desgracia cayó sobre nosotros y, lejos de separarnos, nos unió aún más, al igual que sucederá con Pol y contigo, Bel, no te quepa duda. No voy a decirte que merecimos la desgracia, pero sí que la propiciamos. Nos amábamos con violencia: las vasijas rodaban por el suelo y derribábamos sillas y mesas y astillábamos el lecho al tomarnos el uno al otro en cualquier lugar de la casa. Una noche muy calurosa, tal fue mi deseo, y tal fue el deseo de Bastian, que terminamos derribando la propia vivienda. Las vigas del techo se desplomaron sobre nosotros y una de ellas golpeó a Bastian en la cabeza para cegarlo y otra me golpeó a mí en la espalda para tullirme”. Olivia observó la seriedad con que Bel la escuchaba y entonces rompió a reír y sus carcajadas pronto hallaron eco en las de Bel. La amistad entre Bel y Olivia se fortaleció con los años. Cuando Pol y su amada se trasladaron a la antigua cabaña de Arturo el poderoso, la distancia que hay desde Los Valles del Oeste hasta Las Montañas no consiguió implantar el olvido entre ellas. Si en una estación era Bel quien visitaba a Olivia, ésta visitaba a Bel en la estación siguiente. Entonces Bastian y Pol escuchaban satisfechos las risas de ambas: la alegría desbordante de las esposas les indicaba que ellas eran tan felices como ellos. Duerme el perrillo, y pronto dormiremos nosotros también: mi relato no se extenderá más allá del par de sorbos de licor que aún me quedan en el cuenco. No deseo mentir más de lo que mienta mi verdad, y por eso no les diré que el encuentro entre la hermosa Bel y el apuesto Pol se produjo en el transcurso de una jornada radiante. No fue así. Pol alcanzó Las Montañas un atardecer tan enemigo de viajeros como esta noche en la que el frío cabalga en el viento. El granizo castigaba al jinete y al caballo, y la niebla se había apoderado de todos los horizontes cuando Pol y el alazán se detuvieron ante la cabaña de Bastian y Olivia. “Pol”, acertó a exclamar Bel. El llanto gozoso de Pol apenas le consintió susurrar la breve plegaria que tantas veces había orado. “Bel, mi Bel”, musitó. El granizo no respetó el abrazo entre Bel y Pol, ni tampoco se levantó la niebla mientras se besaban, a diferencia de lo que sucedió la primera vez en que se amaron, cuando el estío prestó días al invierno y la invernada amparó con esos días prestados sus caricias. Reconstruyeron la cabaña de Arturo, y entre las actividades cotidianas escondieron el desconcierto amoroso. Hablaban del pasado con melancolía, y tomados de la mano observaban las llamas del fogón mientras se preguntaban a sí mismos qué les sucedía, por qué no sentían arder en su interior un fuego igual al que contemplaban. Bel no se decidía a contar a Pol la confesión de Raimon, y Pol se callaba también que Raimon era polvo en el viento. Pero un día luminoso, la Bel que entonces era se impuso, ante los ojos de Pol, a la Bel que había sido. Y ese mismo día, ante los ojos de Bel fue desplazado el Pol que había sido por el Pol que era entonces. Desde ese luminoso día, comenzaron a enamorarse de nuevo, y los aromas y los paisajes y las gentes de Los Valles del Oeste recobraron para ellos el encanto habitual. Así es lo que fue. Lo que aún no es para ustedes será como les cuente a continuación. Bel compartió con Pol la confesión de Raimon, y Pol le declaró a Bel lo que había hecho con los huesos del mutilado, pero ninguno de los dos se detuvo en el ayer; el presente les reclamaba besos en lugar de palabras. El cielo de otro día soleado se oscureció súbitamente cuando la puerta de la cabaña de Nerea la bruja se abrió ante Rosalinda y la hija predilecta de Los Bosques del Este entró en aquella casa que camuflaba la entrada de una caverna con tantos pasadizos como la gruta de Arquín el sabio. Con un candil en la mano, exploró Rosalinda los antiguos dominios de Nerea sin saber qué buscaba en realidad. Todo estaba ordenado y limpio en el interior de la vivienda. El aire de la cabaña olía a jazmines y a hierbabuena, sus aromas preferidos. Junto a la ventana entreabierta, crecía en la tierra del piso una amapola, su flor más estimada. Cerca de ella, también al amparo de la luz natural y regadas recientemente, competían en hermosura rosas de varios colores. Dos lágrimas se desprendieron de los grandes ojos grises de Rosalinda mientras afuera, parado ante la puerta, que se había cerrado tras el paso de su amada, Remedes agachaba la cabeza. Rosalinda oyó algo, como una voz de niño, y entonces miró hacia la entrada de la caverna y vio un resplandor rojizo que enseguida se disipó en la oscuridad. Avanzó hasta la gruta y luego caminó por un pasadizo cuya negrura apenas se diluía en la luz del candil. Llegó a una estancia muy amplia, y descubrió en ella enseres diversos; un perol sobre un fogón apagado, una mesa alargada, cuatro sillas, un lecho de hojas secas. Tampoco allí había polvo, y la fragancia a jazmines y a hierbabuena era aún más intensa que en la cabaña. Oyó que alguien exclamaba: “Qué hermosa es”, y después oyó que otra voz infantil pedía: “Dejadme verla”. “¿Quién está ahí?”, preguntó al tiempo que fijaba la vista en un rincón de la estancia tras dirigir la luz del candil hacia el lugar esquinado del que habían provenido las voces. “Escondeos, escondeos”, clamó alguien. Cuando Rosalinda se disponía a retirar la manta bajo la cual algo rebullía, una de las voces infantiles suplicó: “No, Rosalinda, no apartes la manta”. “¿Sois los duendes de Nerea la bruja?”, preguntó ella. “Sí”, le respondieron tres voces de niño a la vez. “¿Por qué os escondéis de mí?”, quiso saber Rosalinda. “Porque somos muy feos”, le contestó una sola voz compungida. “Os creeré más feos todavía si no me mostráis vuestra fealdad”, aseguró Rosalinda a los tres duendes. “Sólo pretendemos ser tus servidores”, le respondió el duende que más hablaba. “Apareced ante mí si es cierto que vais a ser mis servidores”, rogó ella. Uno de los duendes, lentamente, asomó la alargada cabeza de fuego por un extremo de la manta y en sus labios se dibujó la misma sonrisa que apareció en las bocas de los otros dos cuando también atendieron el ruego de la hija de Visen y Andrea. Uno de ellos era mucho más bajo que los compañeros, y la estatura del más alto no superaba la altura de un infante. “Pero si sois graciosísimos”, exclamó Rosalinda. “¿No somos tan feos como Nerea decía?”, preguntó el duende más alto, tras el cual permanecía siempre el más bajo. “Sois feos, sí, tan feos que vuestra fealdad resulta graciosa”, respondió Rosalinda, y alargó el brazo hacia ellos. “No nos toques”, le suplicó el duende más alto, y a continuación le advirtió: “Te quemarías”. “¿Me ayudaréis?”, preguntó ahora Rosalinda, y el duende más alto y más parlanchín le contestó: “Sí. Sólo regresaremos al averno después de haberte servido”. “Ignoro lo que quiero”, se lamentó la hija predilecta de Los Bosques del Este. “Si nos das el colgante que adorna tu pecho, nosotros sabremos lo que tú ignoras”, le aseguró el duende más alto con la vocecilla de niño. Rosalinda tomó en la mano la piedra estelar y entregó su más preciado tesoro al duende, que aferró el trozo de estrella con las manos de fuego y luego sentenció: “Triste condición la de los mortales; halláis vuestro mayor dolor en el mismo sentimiento que más felicidad os proporciona”. Yo no he visto duende alguno, ni bueno ni malo, a lo largo de mi vida, pero mi ceguera espiritual, fruto del desorden de mis actos, no negará lo que ojos más dignos que los míos vieron. Remedes intentó forzar la puerta de la cabaña de Nerea la bruja, pero la puerta no se abrió. Luego trató de entrar en la casa por la ventana entreabierta y en la ventana quedó atrapado con medio cuerpo dentro de la vivienda y medio cuerpo fuera. En esa postura lo descubrió Rosalinda cuando salió de la gruta con el candil en la mano. “¿Sabes distinguir la mandrágora de otras plantas?”, le preguntó Rosalinda. Remedes, que apenas conseguía respirar, negó con la cabeza y luego dijo: “Pero aprenderé lo que no sé si tú quieres que lo sepa”. “Así habrá de ser, pues los duendes de Nerea me han asegurado que sólo se puede salir de esta cabaña encantada una sola vez, como una sola vez se puede entrar en ella”, repuso Rosalinda. “El caso es que no atino a librarme de esta trampa en la que he caído”, se quejó Remedes. “Prueba a salir en lugar de entrar”, le indicó Rosalinda. Remedes atendió la sugerencia de la amada y enseguida se liberó y cayó de espaldas sobre la maleza que asediaba la cabaña de Nerea. Mientras Rosalinda preparaba el bebedizo que los tres duendes le dictaban, un brebaje destinado a actuar en ella misma, Remedes recorría el bosque en busca de las hierbas que la amada le había descrito. “Soy estúpido”, vociferaba por el bosque, y proseguía hablando en voz alta para decirse: “Doblemente estúpido. Estúpido porque no hallo lo que busco y estúpido porque busco lo que no deseo hallar”. “No, Remedes, tampoco es esto lo que preciso”, se impacientaba Rosalinda, le devolvía las hierbas inútiles por la ventana entreabierta. Él regresaba al bosque y se recriminaba de nuevo la torpeza con que afrontaba aquella encomienda que, una vez satisfecha, probablemente lo separaría de la amada para siempre. Por eso, cuando Rosalinda sonrió con la mandrágora de fétidas flores en las manos, él se alegró y se entristeció a un tiempo. “Entra”, le pidió la hija predilecta de Los Bosques del Este. “La puerta no se abre y la ventana se estrecha si pretendo traspasarla”, se lamentó Remedes. Entonces, en cuanto finalizó su queja, se cerró súbitamente la ventana y se abrió la puerta de la vivienda encantada, que se convirtió en una simple cabaña abandonada cuando los tres duendes propiciaron la metamorfosis de Rosalinda y por algún pasadizo retornaron al averno. Rosalinda, tras entrar su servidor en la casa, posó los labios en la mejilla marcada de Remedes. El hijo de Valior el pescador y Doria la dulce se durmió en un rincón de la cabaña con una mano pegada a la cicatriz que la amada había besado; sólo en sueños se transformaría el beso agradecido en un beso amoroso. Y en sueños oyó Remedes la atiplada voz de Nerea la bruja, que le ordenó: “Despierta, mal hijo de tus padres y peor hermano de tu hermano; el alba anuncia el nuevo día. Y abre sin demora la ventana a Rosalinda para que vuele hasta Los Valles del Oeste”. Se incorporó Remedes y vio una paloma y oyó el arrullo con que Rosalinda le suplicaba lo que Nerea le había exigido. Observó en el suelo, bajo las patas de la inquieta paloma, las ropas de la amada y sólo entonces aceptó, con lágrimas en los ojos, lo que se resistía a creer. Abrió la ventana y la paloma emprendió un vuelo que la llevó a estrellarse contra la rama del árbol más cercano a la casa. Varias veces hubo de socorrer Remedes a Rosalinda durante el vuelo que la condujo hasta el hogar donde se amaban Bel y Pol. Y varias veces, mientras la acariciaba, se desprendieron de sus ojos esas lágrimas que lloramos sin llanto, acaso más dolorosas que las vertidas en los sollozos. La maltrecha paloma se precipitó, exhausta, a los pies de Bel, sentada en el mismo poyo desde el que Arturo el poderoso había contemplado el horizonte mientras buscaba en realidad a los hijos en la lejanía. “Una paloma”, exclamó Bel, que se maravillaba de todo en su condición de enamorada reciente. Arrulló la paloma cuando Bel la recogió del suelo y la cobijó en el regazo. Pol observó la ternura que aleteaba en las manos de la esposa: acariciaban a la paloma apenas sin tocarla. Luego oyó la aún lejana voz de Remedes. Éste, corría hacia ellos y gritaba: “¡Es Rosalinda, Pol, la paloma es Rosalinda!”. Y entonces Pol no vio en Remedes al agresor que había perseguido durante años ni al perseguidor que le había suplicado el perdón durante muchas estaciones; vio a un hombre enamorado como él, pero menos dichoso y, sin duda alguna, menos cuerdo que él. Ustedes me han dado alimento y cobijo, al igual que Bel alimentó y cobijó a la paloma que cayó a sus pies, y están en su derecho de juzgar como falso cuanto les narro. Gregor el vagabundo, ¿lo recuerdan?, cuando Remedes ya era un anciano, pasó un día por Los Valles del Oeste tocando el laúd y ante Lindaflor tuvo por cierto que se hallaba de nuevo ante Rosalinda. Para Bel y la hija compuso una oda donde también aparecieron los nombres de Perfidia y Perdición. Con este sorbo de licor que bebo ahora sólo me queda uno en el cuenco, que vaciaré a no tardar, pues esta narración finalizará de aquí a unas cuantas palabras más. La hermosa Bel anunció a Pol que iba a ser padre el mismo día en que la paloma expiró en su regazo. Remedes, que se había quedado en Los Valles del Oeste al servicio de Pol, la enterró sin duelo: sabía que Rosalinda no había muerto, que vivía en el vientre de Bel. La esposa de Pol alumbró una niña de ojos grises y piel atezada. Cuando Remedes contempló a la recién nacida, exclamó alborozado: “¡Es Rosalinda, Pol, la niña es Rosalinda!”. Pol sonrió, sin quitarle la razón al servidor, y besó dos veces a Bel tras besar dos veces a la hija. Pasaron los años, y un día preguntó la chiquilla al padre: “¿Por qué Remedes me llama Rosalinda si mi nombre es Lindaflor?”. Pol admiró la belleza y la gracia de su única hija y después dijo: “Porque en ti ve los atributos de la mujer que amó, porque tanto te quiere que te llama como se llamaba su amada”. “No te entiendo, padre”, reconoció la pequeña. “El amor es puro sentimiento, y no suelen entenderse sentimientos tan puros”, sentenció Pol, y después, ya en cuclillas ante Lindaflor, le preguntó: “¿Sientes que Remedes te quiere al llamarte Rosalinda?”. ” Cuando sale al campo me trae amapolas, hierbabuena y jazmines porque sabe que me gustan las amapolas y los aromas de la hierbabuena y de los jazmines”, respondió la niña. “Pues eso es lo único que debe importarte”, concluyó Pol. La hermosa Bel se llevó las manos a la boca para acallar un grito la tarde en que observó con espanto que a Lindaflor la seguían una pequeña serpiente, un lobezno y un águila de cría. Asió un palo y salió al encuentro de la hija. Entonces Remedes se interpuso en su camino y le habló así: “No te inquietes, Bel. Esos animales sólo pretenden protegerla de todo mal”. Lindaflor, cuando se dirigía al barranco de los suicidas con un ramo de amapolas para la abuela, correspondió al saludo de un jinete y, al igual que la madre, con el mismo gesto que Rosalinda, se tapó la boca con las manos para silenciar un grito al observar que el joven caballero perdía repentinamente el equilibrio y caía sobre las matas de la orilla del camino. El muchacho, aún cegado por la belleza de Lindaflor, la acompañó hasta el barranco de los suicidas y luego hasta la cabaña de Arturo el poderoso, que era ahora la vivienda de Pol, ¿recuerdan? “Son muy hermosos sus alazanes, señor”, repetía el joven cada vez que los visitaba. Sonreía el padre de Lindaflor; sabía lo que el muchacho quería decir en realidad: los ojos de su futuro yerno no admiraban tanto la prestancia de los caballos que él criaba como los dones de la hija, a su vez prendada del apuesto jinete. A la boda de Lindaflor acudió mucha gente. Entre los asistentes se hallaban Bastian y Olivia, quienes transmitieron a los novios las bendiciones de Tobías y Melina los eternos; también destacaré la presencia de Pit el  enano  y  Pisón  el  gigante,  quienes lamentaron tener que anunciar a Pol la muerte de Visen; y habrán de saber que también acudieron Zalamías el chico y la esposa, y el primer hijo varón del príncipe Orlando y la princesa Nirvania, llamado como el padre de la novia, y también habrán de saber que acudieron las cuatro viudas de los hijos congelados de Arturo el poderoso. Remedes, viejo y casi ciego de tanto como había visto, anunció a Pol una mañana la intención de morir donde había nacido. Añadió: “Algún pescador me subirá en su barca y me llevará hasta el caladero en que maté a mi hermano. Allí pediré perdón a mis padres, y a Los Dioses que siempre repudié, y aceptaré el castigo que Filipo quiera imponerme para expirar con una deuda menos a la espalda”. Desde esa mañana vaga Remedes por caminos y trochas en compañía de recuerdos menos piadosos que impíos. También ahora en compañía, ya lo ven, del perrillo que lo siguió al salir de una aldea, de este perrillo al que a veces acaricia y al que en ocasiones pide que se aleje de él. Y así finaliza este relato mío, que ya es de ustedes.

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